Suscríbete

La Provincia - Diario de Las Palmas

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Gáldar

Félix Molina, un siglo de trajines

El galdense cumple cien años narrando una vida de película con una memoria prodigiosa | Desde Gáldar transmitía a La Aldea con un espejo y un bombillo

Félix Molina Moreno, como cada día, en sus 20 fanegas de cultivo atendiendo los matos a sus cien años de edad. | | LP/DLP

El Ayuntamiento de Gáldar, con su alcalde Teodoro Sosa al frente, felicitaba ayer el cien cumpleaños de Félix Molina Moreno, nacido en un molino y con una vitalidad y memoria asombrosa con la que retrata con chispa la dura vida de principios del siglo XX, la de ir caminando de Gáldar a Las Palmas para llegar a las siete en punto al cuartel, la del hambre y el frío sin cuento y de su capacidad para con apenas dos años de escuela ser capaz de dar clases “a los analfabetos” de la época, o de aprenderse el morse en dos semanas para retransmitir con un espejo, una batería y un bombillo desde las atalayas del norte. 

Félix Molina Moreno vino a nacer el mismo año en el que Juan de la Cierva despegó con su alucinante autogiro, es decir, cuando aún ni siquiera el helicóptero habitaba entre nosotros.

Fue alumbrado al mundo hace ayer cien años justos, y llegó al planeta en el lugar de las moliendas, en el molino de La Laja, en Guía, por los amores de Juan Molina Miranda e Ignacia Moreno Jiménez.

Molina Moreno, a pesar de la centuria, aún carga el sacho recto como una vela y su memoria es una lección viva de los que relegan los deberes del cerebro a lo que digan las pantallas.

“Primeramente éramos molineros y luego labradores”, inicia el hombre su relato. Con dos años cumplidos sus dos padres y siete hermanos se mudan a Hoya de Pineda, “tras comprar una finca de trigo, de millo, de papas, de todo, y vacas claro, y ovejas y cabras para mixturar la leche porque así el queso sale mejor”.

En Hoya de Pineda al igual que no habían helicópteros en el mundo, tampoco había escuela. “Tuve que esperar a que se terminaran las obras, y para cuando finalizaron yo tendría diez años, de forma que los que eran más viejos nunca pudieron aprender”.

Molina tuvo una primera maestra, “señorita Carmen”, y luego una segunda, “doña Emilia”, explica antes de irse a ofrecer una retahíla con los nombres de sus compañeros, que también los tiene frescos. A los doce años, como ley general, acababa la escuela, de tal forma que en apenas dos años se empapó de todo lo que hacía falta para prosperar en aquél primer tercio del siglo pasado.

Pero cuando sale de allí el futuro era el que era. “Así que me fui a las cabras y al ganado, a soltarlo y amarrarlo, hasta que, sería a los quince años, nos cogió la guerra, en la que tuvimos que quitar los animales porque había menos gente que los guardara”.

Terminada la contienda, con 21 años, le toca ir al cuartel, “primeramente en Las Palmas, en la Plana Mayor. Entonces yo salía de aquí caminando y en cinco horas me ponía allá”. Tiraba desde Hoya de Pineda, “y veníamos a salir por San Felipe, porque no había carretera, solo estaba la de Arucas, y como tenía que entrar a las siete en punto salía a las diez de la noche yo solo, comido de casa, y a mitad de camino calculaba la hora y me echaba a dormir para llegar a punto al cuartel. No sabe usted el hambre que se pasaba antes”.

No pudo ir a la escuela hasta que terminaron de hacerla..., cuando ya tenía diez años

decoration

Gracias a un primo con el que intercambió destino pasó a un destacamento de Gáldar, y luego a otro de Sardina. “En Sardina estuve primeramente dando clases a los analfabetos, que eran muchos. Pero luego me dieron una hoja con las 28 letras del abecedario en puntos y rayas y dos semanas para eso, para aprendérmelo”.

Ilustra Félix Molina que “en ese tiempo no había teléfonos y transmitíamos desde La Montaña de Gáldar, donde había un puesto de Mando, a Agaete, Sardina o La Aldea. “Durante el día con un espejo en dirección al sol que solo funcionaba si no estaba nublado”, que es el actual quedarse sin cobertura, “y por la noche con una batería y un bombillo”.

“En transmisiones estuve dos años, y mejor que en mi casa. Éramos cinco en la isla”, los que dominaban el Morse desde aquellas atalayas, “y todos los días teníamos que ir al teniente o al capitán a pedir novedades para transmitirlas a Gáldar, esa era la orden que teníamos en la guerra de Alemania”. El sistema era tan eficaz que Félix, apuntando a La Aldea, llegó a solicitar desde allá que viniera un remolcador a Sardina a atender una gabarra. “Tardó un poco el hombre, pero lo comprendió”.

Cuando lo licenciaron volvió a trajines de molinero, “pero al cabo de un año dije que ya no estaba más porque aquello era un escándalo, entonces con un dinero que me prestó mi padre me fui de soltero a Tres Cruces, yendo por Montaña Alta, a una tienda vieja de aceite y vinagre donde nacieron los dos primeros hijos”, de los cuatro que tiene, con sus respectivos seis nietos y cuatro bisnietos. Y es que Félix quedó deslumbrado allí por Carmen Díaz Aguiar, de Buenavista, “que tenía un hermano que salía con mi hermana. Era guapa”, exclama con los ojos echando chispas.

En la tienda aún se despachaba con las cartillas de racionamiento, y cuando no, al trueque. Pero lo que es dinero, no se prodigaba mucho. “Como la gente no pagaba me volví otro año al molino, hasta que me vine con los Roque de Guía a hacer un muro de finca. A acarrear piedra, halar por la soga y las roldanas, era muy duro, pero no había más remedio”. Cuando se acabó con aquella pared, rianga de vuelta al molino.

“Un trabajo enorme, de levantarme a las tres de la mañana para picar la piedra de moler y dejarla en condiciones”.

“Más tarde”, sigue hilando Molina Moreno, “me apareció uno de Lomo del Palo para despachar en la tienda, que pagaba poco más de 30 pesetas. Estuve allí 18 meses, y fuerte frío pasé yo allí”.

Hasta que rumbiando recala en Barrial, que es donde vive hasta hoy, “a lo que apareciera”. Y lo que apareció fue un amigo que le comentó que por qué no compraba un camión. Y dicho y hecho. “Me tuve que sacar el carnet”, y con 50.000 pesetas se hizo con un flamante Ford Thames Trader, matrícula GC-23346. “Lo tuve 17 años, hasta que se rompió de viejo, y me compré un Mercedes, el GC-4228 M, y con ellos iba a donde fuera, hasta Fuerteventura, o a llevar tubos de 75 centímetros de diámetro al Pinar de Ojeda, por encima de Mogán”. Consta que Félix Molina no paraba día y noche, lo mismo a un viaje de bloques que a buscar pinocha a la cumbre, y que la clave de su éxito estribaba que no era solamente el chófer, “sino un peón más que se ponía a cargar y descargar”.

Y fue precisamente a la vuelta de un viaje de pinocha para una finca de fresas que no se le puso la luz trasera que por entonces se colocaba para advertir el exceso de longitud en la carga.

“Bajé por Casa Aguiar y por Botija para que no me viera la Guardia Civil. Allí mismo me pararon. El guardia se dio la vuelta y me preguntó que qué hacía allí. Les dije que huyendo de ustedes por lo del bombillo. Me multaron sí, pero más chica fue la multa”.

Félix es una retahíla de recuerdos y un resorte que aún hoy, recto como una vela, como las cien que sopló ayer su familia, sigue todos los días sacho en mano a darle una vuelta a la finca de 20 fanegas que heredó del padre, “y que ya yo le di a ellos”, finaliza poniéndose de pie como un reguilete, riendo y señalando con orgullo a sus cuatro hijos, Amado, José Luis, Rosi y Lidia. Y que cumpla muchos más.

Compartir el artículo

stats