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El enigmático cirujano del siglo XIX

El asturiano Alejandro Gómez González llegó sólo a Ingenio en 1884, murió de forma repentina dos años después y tiene una calle a su nombre en El Ejido

El enigmático cirujano del siglo XIX | M. Á. M.

El enigmático cirujano del siglo XIX | M. Á. M.

“Aparece en Ingenio, casi por sorpresa y quizás por la necesidad de un sanitario, Alejandro Gómez González, quien es natural de Asturias y que vino solo a principios de 1884, de unos 40 años de edad. Era rubio, alto, bien parecido, delgado, con semblante serio y severo, musculatura desarrollada y afectado de ataques asmáticos. Sus piernas balanceantes casi tocaban el suelo cuando se desplazaba en la burra para atender a los pacientes”. Así explica el farmacéutico Bartolomé Domínguez Del Río Boada a este peculiar hombre, que llegó como sanitario y pasó a ser un cirujano propio de la época y que, además, era muy necesitado en esa sociedad caciquil, rural y agraria de finales del siglo XIX, y con carencias, necesidades y con unas comunicaciones inexistentes o muy precarias.

Sobre él no se había publicado nada antes. Uno de los pocos recuerdos de su paso y estancia durante unos dos años en la villa es una corta calle con el nombre de Cirujano Gómez, entre las vías Los Palmeros, y León y Castillo, haciendo esquina con el parque Las Mimosas, en el barrio de El Ejido.

Alejandro Gómez González se construyó una casa cerca de la vía que en la actualidad tiene su nombre y también fue el propietario de una finca en la zona de la montaña de Marfú, también en la villa de Ingenio. Abrió la consulta en la casa que pertenecía a Francisco Rodríguez, sacristán de la época. Este inmueble aún existe, no ha tenido muchos cambios y se encuentra frente a la plazoleta de San Blas y a la iglesia de la Candelaria, en el centro histórico de Ingenio. Fue la conocida tienda de Antonio Rodríguez. Como tuvo aciertos con las dolencias y las curas, pronto ganó popularidad y bastante éxito, tanto que no sólo atendía a pacientes de Ingenio, sino que iban a su consulta otros de distintas partes de la Isla.

El enigmático cirujano del siglo XIX

Este sanitario “se desplazaba en una burra, a la que tenía con una lona envuelta en una estera de palma y una cincha que fijaba el abdomen. Esa era su montura. No tenía silla. Así se desplazaba para atender a pacientes en sus casas, y con el macuto en la espaldas”, cuenta el farmacéutico.

“Hay aspectos o datos que se desconocen sobre él, como por ejemplo cómo y donde se formó como sanitario. Tampoco sabemos por qué razón exacta vino solo a Gran Canaria, tan alejado de la metrópoli”, admite Bartolomé Domínguez, quien, sin embargo, está seguro de la veracidad de los datos con los que sí cuenta sobre Alejandro Gómez González.

Respecto al trabajo que realizaba Gómez González ya instalado en la villa, Bartolomé Domínguez comenta que el asturiano “hacía las tareas propias del cirujano barbero de esos tiempos, como atender las heridas y los diviesos, realizar las curas de infecciones y entablillar huesos. Atendía todo tipo de infecciones y calenturas”.

En relación a sus medios de trabajo para atender a sus pacientes, Bartolomé Domínguez destaca que “está claro que Alejandro Gómez aplicaba la medicación, tenía botiquín, pero también empleaba la terapéutica tradicional a base de hierbas, vinagre y miel”.

“Está constatado que aplicaba las sanguijuelas para las infecciones glandulares, como figura en las notas que hallamos en los archivos de mi abuelo. Este tipo de profesionales hacía mucha falta en la sociedad de esa época para resolver ese tipo de necesidades sanitarias”, agrega.

Este farmacéutico y su tío médico Agustín Boada Juárez realizan en la actualidad una investigación sobre cómo era la sanidad en Ingenio y en la comarca del Sureste en los siglos pasados. Ambos descubrieron unas notas en el archivo del abuelo de Bartolomé Domínguez, el médico, el doctor Vicente Boada. En estos escritos se confirma, por ejemplo, que era oriundo de Asturias.

“En estos documentos queda bien claro que Alejandro Gómez González falleció en 1886 de forma repentina, aunque no se confirma el motivo de su fallecimiento”, declara el farmacéutico, quien agregó que “a partir de ahí podemos entrar en las suposiciones, como que haya tenido relación el asma que sufría en su fallecimiento, pero es una suposición”.

Lo que sí queda asegurado es que este sanitario que trabajaba como cirujano tenía una estrecha relación con la Iglesia, la cual “era muy paternalista y la administración política era muy incipiente”. El cirujano Gómez había dejado como herencia a la iglesia de la Candelaria su casa de El Ejido y su finca en la montaña de Marfú. Sus restos mortales fueron sepultados en el antiguo cementerio de Ingenio, en Los Molinillos.

Por ora parte, hay que tener en cuenta cuáles eran los recursos sanitarios y médicos que existían en la década de los años 80 del siglo XIX en Gran Canaria. La mortalidad infantil y la de adultos era bastante alta. Los cuidados de los enfermos, en la mayoría de los casos, se hacían en las propias casas, y estaban a cargo de las madres o de las mujeres en general. Sólo había tres hospitales en la Isla, aparte de las casas hospicios: el Hospital de la Curación, en San Juan de Telde; en Las Palmas de Gran Canaria, el Hospital de San Martín, en Vegueta, y el Hospital de San Lorenzo, con un edificio junto al Castillo de Mata y otras dependencias en los arenales de Santa Catalina. No existían en la medicina de esa época los inyectables, al tiempo que el número de médicos que trabajaban en esos años en la Isla no eran más de veinte.

La población de Gran Canaria en 1850 contaba con unos 60.000 habitantes, de los cuales 10.000 eran de la capital. Según el censo Olive, en Canarias trabajaban 83.895 hombres en 1860, de los que 71.500 se dedicaban a la agricultura; unos 1.200, marineros, 1.400, comerciantes; y 430, profesionales como abogados, médicos, curas o maestros.

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