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Opinión

Autoconsumo sí, pero…

Mi cercanía a la cuestión energética debida a mi experiencia profesional en el sector de la electricidad y las renovables me llevan a realizar una serie de reflexiones que me gustaría compartir con ustedes.

Cuando se aborda la cuestión del calentamiento global, hay consenso en la necesidad de impulsar medidas como el autoconsumo energético. En este artículo nos centraremos en el autoconsumo doméstico, pues el empresarial e institucional presentan algunas particularidades.

El autoconsumo actual consiste en la instalación de placas fotovoltaicas (paneles solares), en cantidad suficiente como para alimentar eléctricamente a nuestra vivienda. Esta medida es fundamental, junto con otras, para alcanzar la completa descarbonización de la energía eléctrica, pero presenta una serie de limitaciones y dificultades que quisiera analizar.

La primera dificultad con la que nos encontramos es económica. Hay que disponer de capital suficiente para instalarlas, más de 20.000 euros por vivienda. En la actualidad existen algunas subvenciones para ejecutarlas, con lo que este obstáculo se compensa parcialmente. Considero que dichas líneas de ayudas son insuficientes y deben incrementarse, para incentivar masivamente la inversión de los particulares.

Pero el principal hándicap de estas instalaciones es que no está al alcance de todos, pues se debe disponer de 40 metros cuadrados por vivienda para el consumo medio de una familia. En mi caso particular, estudié la viabilidad de realizar esta inversión en el edificio donde vivo, pero el mismo dispone de 14 viviendas en total, repartidas en cuatro plantas, por lo que, para alimentar eléctricamente todas las viviendas, se necesitaría una superficie libre en cubierta de 560 metros²(equivalente a un campo de futbol), muy por encima de lo que dispone la azotea de mi comunidad. Si extrapolamos este cálculo a los inmuebles de más plantas y más viviendas, donde vive una parte importante de la población de nuestra isla, las cifras son más elocuentes. Sin embargo, una familia que resida en una vivienda unifamiliar y que cuenta de bastante espacio en la cubierta para instalar estas placas, puede obtener todos los beneficios del autoconsumo, no solo en el ahorro de la factura de la luz, sino además puede obtener rentabilidad en su inversión al vender el excedente de energía producida, con lo cual, a las diferencias sociales ya existentes, se le añadiría la desigualdad energética con este enfoque del autoconsumo.

Otro aspecto a tener en cuenta en el funcionamiento de las placas fotovoltaicas, es que se necesita que la luz solar incida directamente sobre las mismas, durante casi todo el día, por lo que se puede dar el caso de tener capital para invertir y superficie suficiente, pero no ser viable porque hay otras construcciones o accidentes geográficos que dan sombra a la cubierta durante varias horas al día. Además de ello, mientras más alto es el edificio, por una cuestión de ángulo de incidencia, menos horas de luz recibirá durante el día la cubierta.

Por otro lado, junto con las placas solares aparecen las baterías electroquímicas, que son muy útiles para guardar el exceso de energía producida en las horas de más luz para poder aprovecharla durante la noche, ya que el mayor consumo se produce a estas horas, justo cuando las placas no producen nada. Pero su uso para el “autoalmacenamiento” conlleva una serie de consecuencias que merecen la pena conocer.

La consecuencia más directa de las baterías afecta a nuestro bolsillo, ya que suponen más del 40% del precio de la instalación. Si hiciéramos un ejercicio de comparación con un proyecto de almacenamiento masivo como el de la prevista central hidroeléctrica de bombeo reversible de Chira-Soria, para alcanzar la capacidad de almacenamiento de ésta, se necesitarían comprar unas 232.000 baterías de las utilizadas para el autoconsumo. Ello implicaría un gasto para la población de más de 1.800 millones de euros. Pero aquí no termina el problema, porque estas baterías tienen una vida útil de 10 años, por lo que, al compararlo con los más de 70 años que tendrá de vida Chira-Soria, necesitaríamos gastar en baterías más de 12.000 millones de euros para disponer de la misma capacidad, durante el mismo tiempo.

A su vez, al usar las baterías electroquímicas, aquí en nuestras viviendas y vehículos, no deberíamos olvidar las numerosas muertes que causan las guerras en países como Bolivia, Chile y Colombia por la obtención de los materiales necesarios para fabricarlas (litio, cobalto, etc…) y el enorme coste ecológico que supone esta extracción y el tratamiento de sus numerosos residuos, dada su corta vida útil, ya que esos componentes son altamente contaminantes.

Sobre este último punto, llama especialmente la atención el absoluto silencio de determinados sectores del ecologismo canario sobre el reciente descubrimiento de yacimientos de estos materiales, en el subsuelo de las costas canarias y la intención de la Unión Europea de extraerlos, suponiendo un impacto irreversible en la vida marina de nuestros mares. Me gustaría que no esperaran para oponerse a estos planes a que empiecen a llegar peces y cetáceos muertos a nuestras playas.

En resumen, no debemos limitar el autoconsumo, pero sí enfocar su implantación para eliminar su coste medioambiental y para que no se convierta en otro elemento generador de desigualdad social.

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