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Teror | La Casa de Los Alvarado (2ª parte)

La importancia de la Casa en la capital y Teror

La familia influyó tanto en la historia de Las Palmas como en la de la villa mariana v La calle Perojo y el colegio de la Soledad se eirigieron sobre los terrenos de la saga

Imagen del bar Americano, en la plaza del Pino, en sus mejores momentos. |

“Las dos primeras décadas del siglo y los últimos años del precedente, representan para la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria la aparición de las primeras señas de una cultura de características urbanas, que modernizan el estado del pensamiento local(ista)…Será en el puerto donde encontremos el principal motor del desarrollo económico de la isla y de expansión urbanístico de la ciudad. El aumento poblacional y la consecución de una capa burguesa, enriquecida por el comercio, abre los caminos de inquietudes renovadoras del espacio social y cultural, transformando las principales partes y trazados de la Ciudad…”

Así se expresaba José Luis Gago Vaquero cuando en el año 1989 comisarió la exposición La ciudad de Las Palmas y la cultura modernista, que organizada por el Cabildo en el Centro Insular de Cultura pretendía dar un argumentario social y cultural al enorme crecimiento que Las Palmas experimentó desde fines del XIX a mediados del siglo XX.

Esta novedosa forma de planificar el futuro urbano tenía su origen en la percepción generalizada de su necesidad y se plasmó en el Proyecto de Ley General para la Reforma, Saneamiento, Ensanche y otras Mejoras de las Poblaciones que José Posada, Ministro de Gobernación presentó en 1861, aunque no fue aprobada hasta 1864. Cuestiones que hoy nos parecen normales como que los propietarios de suelo a urbanizar debían ceder los viales o la forzosa edificación de los solares en plazos determinados partieron de esta normativas legislativas y reglamentarias.

Y tal como he dicho, ahí estaban los terrenos y las inquietudes económicas y empresariales de la familia Alvarado.

Su finca de miles de metros lindaba con terrenos de Enrique Wiot, José María Hernández, herederos de Juan Paulino de la Coba y la actual calle Pedro de Vera.

Desde inicios del siglo pasado los hermanos Antonino, Pino y Luisa Alvarado fueron vendiendo parcelas de la finca de sus padres y sobre las mismas se construyeron edificaciones que hoy son Bienes de Interés Cultural -como la calle Perojo-, otras de índole social y deportiva -los inicios del Marino y otras que merecen más destacado y profundo estudio como el inmenso y moderno colegio de Nuestra Señora de la Soledad.

El presbítero terorense Santiago Sánchez Yánez fue uno de los primeros en adquirir solares en terrenos de la finca para planificar el traslado del colegio de Nuestra Señora de la Soledad del que era director, desde su anterior ubicación en la calle Domingo J. Navarro hasta la urbanización de Los Perules o el Ensanche.

En 1912 trató con Antonino y Luisa la compra. La relación con su parentela -el sacerdote era hijo de Dolores Yánez Melián, prima hermana de Sebastián Alvarado Melián- dio buen fruto y les compró un inmenso solar de 3.500 metros cuadrados, para el que ya en julio de ese año tenía elaborados los planos y solicitaba la aprobación municipal.

Se le concedió la misma, pero el Ayuntamiento capitalino acordó asimismo requerir a los Alvarado para que presentaran un plano de urbanización de la finca, no autorizándose allí ninguna otra edificación que no cumpliera con ese requisito.

Santiago Sánchez pasó muchos años visitando centros educativos de toda Europa que ofrecieran lo que él quería para su tierra, un signo de “potencialidad cultural que contrastara notoriamente con el abandono del Estado, más propicio al fomento de la ignorancia y de la incultura de nuestra juventud, que al generoso afán de cultivar su actividad en la moderna orientación que buscaba en el número de escuelas y de centros educacionales el índice del poderío y de la grandeza de los pueblos”.

Para coger ejemplo y aplicarlo en su nuevo colegio de la calle Canalejas, visitó las Escuelas del Ave María al aire libre; así como los colegios del Padre Manjón en Granada; el de los Jesuitas de Chamartín de la Rosa; el de La Salle en Tournai; San Gervasio de Lieja; y el de los Jesuitas de Bruselas; entre otras sedes.

Con esas ideas planteó una edificación que ocuparía 1.100 metros cuadrados de superficie construida con cuatro fachadas, destinándose el resto a jardines, donde el contacto con la naturaleza sería un primordial elemento educador; pero no por ello faltarían en el mismo un internado con dormitorios y baños; salas de descanso; museo escolar; aparatos de proyecciones y cinematógrafo para la enseñanza; sala con gramófono parlante para la enseñanza de idiomas extranjeros; clases rústicas para la segunda enseñanza y estanque de natación, una piscina que asustó a muchas madres y que el propio sacerdote rellenó con tierra de un solar de Ciudad Jardín.

Las clases comenzaron a fines de 1915 y poco tiempo después el sacerdote lo ofrecía conjuntamente con Antonio Mesa y López por el colegio de San Agustín, para instalar el instituto que por entonces se planificaba. Ambas ofertas fueron desestimadas, una por grande y otra por chico, lo que no fue óbice para que en 1923 el Cabildo Insular adquiriera el edificio.

El posterior periplo del edificio de la calle Canalejas desde entonces hasta el actual Instituto Politécnico es suficientemente conocido. Baste aquí especificar que el primer centro educativo que se construyó en los solares de los Alvarado fue durante unos años uno de los más avanzados de Canarias en aplicación de metodologías que aún hoy nos parecen sorprendentes en el archipiélago de hace más de un siglo.

En arriendo

Al fallecimiento de Sebastián y Luisa, se procedió al reparto de la herencia de los mismos, quedando la casa de la plaza de Teror en propiedad de Pino, con lo que la familia García Alvarado pasaron a ser los siguientes propietarios.

La amplia planta baja dividida en distintas habitaciones con apropiada ubicación y acceso desde la misma plaza y donde ya se ubicaban desde fines del siglo XIX distintos comercios de los de aceite y vinagre.

La planta alta siguió utilizándose para los mismos fines de veraneo y solaz de los hijos de Pino y del notario Salvador García y para sus primos, hijos de Antonino. Fueron junto a los Doreste, Valle, Bello, Parada, Sagaseta, los niños que vivían en Teror tres meses al año y traían novedades para asombrar a los amigos de la villa y a cambio éstos les enseñaban los vericuetos de los barrancos, dónde estaba la Casa de las Pulgas,…

Mari, la pequeña de los hijos del notario fue la primera niña que ante el asombro y la admiración recorrió las calles terorenses en bicicleta. El siguiente veraneante que trajo el artilugio por las plazas y calles de la villa fue Lorenzo Olarte.

Mediando los años 20, la casa fue alquilada por un tiempo a Isaac Domínguez Macías que por aquella época accedía por primera vez a la alcaldía (de junio de 1925 a octubre de 1928) y se dedicaba a renovar mucho de lo que Teror estaba necesitando; quedando La Alameda como una de sus máximas obras en este sentido y la razón de que una persona como Miguel Martín Fernández de la Torre recalara en Teror con su diseño.

También estuvo don Isaac empeñado en aquellos años en la fabricación de galletas de tal manera que consiguieron una crónica de Domingo Doreste, Fray Lesco, que el 24 de septiembre de 1926 se refería al alcalde y sus empeños en los términos siguientes: “este pueblo, de saneadísimo presupuesto municipal, parece que no ha tenido ayuntamiento ni alcaldes... En tal estado de abandono lo ha encontrado su actual alcalde, don Isaac Domínguez, hombre seriamente reformista. Para dar idea de él tengo que hablar de su fábrica de galletas. Hace años se propuso don Isaac hacer galletas. Instaló su homo, se proveyó de materias primas y de utensilios; de entusiasmo estaba ya suficientemente provisto. Todo iba bien. Sólo un leve inconveniente impedía el desarrollo de la industria: D. Isaac no sabía hacer las galletas. No le daba resultado en la práctica los más famosos recetarios. Echó por la borda todas las fórmulas y se dedicó a inventar; y tras una serie de tanteos afortunados logró su propósito. Don Isaac es, pues, el inventor de sus galletas. Después tuvo que luchar (hasta con el ridículo), para abrirse un mercado, y también lo logró; y hoy cuenta con una clientela que consume y prefiere sus productos. D. Isaac ha ganado, en suma, una pequeña batalla nada menos que a Inglaterra, la clásica productora del biscuit. Tal es el hombre”

Isaac Domínguez volvió a ocupar la alcaldía desde el 1 de agosto de 1936 hasta su muerte el 27 de diciembre de 1938. Falleció en el cargo.

Y además por si su mucha preocupación por el día a día de sus conciudadanos fuese poco, recuperó durante su segundo mandato la tradición desaparecida durante más de un siglo de las Bajadas de la Virgen del Pino a la ciudad de Las Palmas. Sería asimismo su arrendador y amigo Salvador García el notario al que le cupo el honor de -cumpliendo tradición y costumbre- dejar protocolo de entrega de la imagen.

Sólo un hecho anecdótico aparece en medio de estas gratas relaciones del vecindario de Teror y los que aquí veraneaban. En la tarde del lunes 12 de septiembre de 1932, el sermón de la Novena del Pino estaba a cargo del padre redentorista de San Pablo Vicente Sordo García, y en el mismo éste se encargó de denunciar públicamente determinadas actuaciones de la colonia veraniega, contrarias según su opinión a la moral, la decencia y el dogma católicos; y que iban desde lo poco apropiado de las vestimentas con que acudían las mujeres a la iglesia o su costumbre de merendar en los bares del pueblo, hasta las burlas que realizaban algunos jóvenes dentro del templo y en las inmediaciones o el piropeo constante con que asediaban a todas las que entraban y salían de la basílica. Al término de la misa el escándalo fue mayúsculo; se juntaron varios de los agraviados, destacando Emilio Delisau Oller, Jacinto Doreste Falcón y el notario Salvador García, quienes prestamente denunciaron aquella noche al gobernador civil lo ocurrido. A resultas de ello, Antonio Socorro y el responsable del sermón, mientras se aclaraba el tema, quedaron detenidos en Las Palmas hasta el día siguiente y posteriormente fueron multados con 500 pesetas el cura y 1.000 el redentorista, que fueron pagadas con una colecta entre todos los veraneantes, incluidos los denunciantes. Y así acabó aquel suceso.

La casa del médico

Los siguientes inquilinos que además marcaron muchísimo la impronta de la casa terorense fueron el matrimonio formado por el médico ubriqueño Eduardo Vallejo Bohórquez, su esposa Soledad Cabrera Socorro y sus hijos Eduardo y José Luis.

A don Eduardo le había sido expedido su título el 10 de noviembre de 1921 y se había anotado en la Subdelegación de Canarias el 3 de septiembre de 1923.

Como médico de la Marina Mercante (su hermano Luis sería capitán de la Compañía Trasmediterránea) y como médico de familia transcurrió su carrera profesional que lo llevó de Bañaderos a Tejeda, Santa Brígida, Haría para llegar destinado a Teror el 2 de diciembre de 1946.

Pocos días después, el 22 de diciembre del mismo año fallecía el decano del Colegio Notarial de Las Palmas Salvador García Pérez dejando un abatimiento familiar absoluto que decidió a su viuda Pino Alvarado alquilar al médico y su familia toda la planta alta de su casa en Teror.

Y los Vallejo Cabrera, que habían contraído matrimonio en Las Palmas el año 1926 empezaron su vida en la villa donde ya fueron considerados como una familia terorense y la casa comenzó a ser conocida, pese a estar en arriendo, como de Solita Vallejo.

Su implicación en temas como las directivas del Casino Juventud Unida, las fiestas, y tantas cosas de la villa, pueden centrarse en un hecho que no por conocido deja de ser menos singular.

El 7 de septiembre de 1952 en la primera Romería del Pino desde las añejas ventanas de la casona se pudo escuchar el estreno del Ay, Teror, que lindo eres de Néstor Álamo, cantada por primera vez en ese lugar por Carmina Estévez y José Luis Vallejo Cabrera, hijo -con Eduardo Cristóbal- del médico gaditano.

Éste fallecería el 3 de julio de 1974 y su viuda quedó ocupando la casa que ya era propiedad municipal desde una década antes, hasta su fallecimiento el año 2003.

Mercerías, tiendas y bares

Mientras la planta alta de la edificación se había destinado a lugar de vivienda; la planta baja corrió otros derroteros.

Desde fines del XIX y tras heredar de su padres, Pino Alvarado utilizó las distintas habitaciones, separadas, con puertas a la plaza, bien ubicadas, para sacar rentabilidad a través de sus alquileres.

Su familia continuó viviendo en la calle Pérez Galdós y no necesitaba la edificación completa. Distintos comercios, todos de aceite y vinagre, atendían las necesidades no sólo de los terorenses sino de los cientos de personas que acudían a ver a la Virgen y al mercadillo dominical de la villa. Y en ese entorno, la Casa Alvarado no fue diferente al resto de construcciones que circundan al templo y que durante siglos han vivido de esos devotos que vienen a rezar, a pagar promesas, a ver a la Virgen y luego compraban. Tiendas ya del recuerdo como la mercería que Miguel Peña y su esposa María del Pino Pérez instalaron en los años 40; el comercio de Juan Ortega Pulido y luego de Virgilio Navarro, la platería de los Quintana, la de los Guevara, el bar Nuevo, el de Pepe Guerra, la tienda de Mariquita López, el bar Cruz Verde, el comercio de Santiago Rivero y otros muchos que por su interés merecen estudio aparte.

Hoy aquí me detendré al bar más definitorio de la plaza durante décadas y que sirvió para resaltar en la casa que nos ocupa esta dedicación comercial y festiva de la villa mariana y su progresiva transformación a lo largo del siglo XX: el bar Americano.

El rey de la vueltas

Juan y Pedro Suárez Álvarez nacieron en la Cuesta Falcón en los años 1892 y 1903 respectivamente y eran hijos de Juan Casimiro Suárez Suárez natural de Matanzas en Cuba y de la terorense Rosa Álvarez Falcón.

Con raíces en Cuba, Guía y Teror; en la segunda década del pasado siglo fueron para allá y volvieron a los pocos años para aquí trabajar y hacer su futuro con los ahorros que trajeron, que no fueron fortuna que los retirara, pero sí les sirvieron para darles un empujón en los inicios de sus negocios.

Y ese negocio fue hace justamente cien años cuando retornaron a Teror, coger la habitación esquinera de la casa, alquilarla a Pino Alvarado para cambiar la tienda de fruta y verdura que allí estaba por el primer bar que se instaló allí. Y como buenos indianos, hijos y nietos de indianos y cubanos lo bautizaron como lo que sentían y como se les conocía.

Y así, hace un siglo, apareció el bar Americano de la plaza de Teror.

Con toques de modernidad y elegancia en las maderas y el mobiliario y el justo espacio para apoyarse en su barra, asistir en primera fila a todo lo que ocurría en los alrededores del Pino o jugar al billar; el Americano se convirtió a lo largo de los años 20 en el lugar de moda de la villa mariana. Los hermanos diversificaban sus labores y cuando no se dedicaban a atenderlo, tenían tierras que cultivar o la ocupación que como cartero tuvo Pedro algunos años.

Tenían también una profunda conciencia del desequilibrio social que existía a su alrededor, lo que les llevó a formar parte de la Comisión Gestora que a propuesta del Gobernador Civil se formó en el ayuntamiento el 19 de marzo de 1936. Juan como segundo teniente de alcalde y Pedro como síndico primero comenzaron a trabajar en aquellos conmocionados últimos meses de la Segunda República por su pueblo tal como ellos entendían que había que hacerlo para acabar con tanta injusticia que veían día a día. Esa decisión fue la que acabó con el Bar Americano. Los meses siguientes fueron de incesantes cambios; en los nombres de las calles, en las propuestas para paliar el paro obrero, las escuelas de niñas o la petición del Palacio Episcopal para disfrute del pueblo.

En ausencia de Antonio Sarmiento y ocupando accidentalmente la alcaldía, el 12 de mayo se procedió en aplicación de la ley vigente al respecto incautar el cementerio de titularidad parroquial, algo que Socorro Lantigua y otros no les perdonaron nunca.

El inicio de la guerra acabó con los hermanos Suárez Álvarez, el alcalde Sarmiento y más en la cárcel y con sentencia de muerte. Fueron pasando por La Isleta y la cárcel para terminar en Gando, donde pasaron los siguientes cuatro años. Conmutada la pena volvieron a la vida con otras ocupaciones. Juan vendió tierras y otras propiedades que había comprado con las ganancias cubanas; Pedro fue pasando por una pequeña tiendecita que su hermano Francisco y su sobrino Jesús Ojeda Suárez (hijo de su hermana María) le ofrecieron en un cuartito de la propia casa de Alvarado.

Tras pasar por otras ocupaciones como llevar el quiosco de La Alameda, Pedro pidió un préstamo, hizo una inversión y acabó en ¡Los Perules!, donde montó un negoció que a mediados del pasado siglo se anunciaba en “Perojo 45, esquina a Murga. Allí, lectora y lector, existió, desde hace años, un comercio de comestibles. Pero hoy aquello está remozado, magníficamente surtido. Su dueño don Pedro Suárez Álvarez, es ducho en estas lides. Ha tenido industria en Teror, su tierra ,y es hombre que conoce las exigencias del público. Además, es amable, servicial. No tiene confusión. Comestibles y Bodegón de Pedro Suárez Álvarez”

Juan y Jesús Ojeda Suárez pasaron a llevar el Americano, bautizado como ‘Nacional’ en la contienda y como ‘América’ en la posguerra. Sus vueltas de carne y churros de pescado dignos de venir de cualquier sitio a comerlos a Teror. Suso fue conocido como el Americano el resto de su vida, que acabó en el 2018, tras comprobar como su labor y su familia eran reconocidas por todos.

El 5 de marzo de 2011, la calle que atraviesa el lugar donde nacieron en la Cuesta Falcón, fue nominada por decisión municipal como ‘Concejales Juan y Pedro Suárez Álvarez’.

Quizá ya sea hora de recordarles a ellos y a sus sobrinos también como gestores del bar más novelero y conocido de la plaza de Teror.

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