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El hombre que reinó en la cumbre

El ingeniero Juan Nogales lideró los inicios y desarrollo de la reforestación de Gran Canaria v Con su aportación se ha cuadruplicado la superficie verde de la Isla

Juan Nogales Hernández. | | LP/DLP

Juan Nogales Hernández. | | LP/DLP

Cuando el ingeniero de Montes Juan Nogales llegó con 32 años al muelle del puerto de La Luz y de Las Palmas un enero de 1949 y pisó la isla, supo que aquí se quedaba. Nacido en Valencia en 1915 arribó a Gran Canaria con un encargo que hoy es uno de los mejores regalos, aún inconcluso, que se puede ofrecer a isleños y visitantes, la plantación de los miles de pinos que hoy prosperan en lo que él mismo definió como un erial cuando llegó.

Iba para cura, pero con 18 años se enrola en la Guerra Civil, a vivir lo que él creía una aventura menos aburrida que la del convento, y en la que participa salvando vidas como enfermero.

Alumno de la Escuela Superior de Ingenieros de Montes en la capital de España, único centro que impartía esa formación en la época, termina sus estudios tras finalizar la contienda, aunque a punto estuvo de perder la vida durante su proyecto de fin de estudios en Castellón, en la mira de los maquis que aún rondaban en la zona.

Justo a mitad del siglo pasado, con el título rutilando bajo el brazo le llega el gran encargo de su vida. El de sustituir al también ingeniero José Hidalgo en la tarea de devolver a Gran Canaria lo que durante cinco siglos fue expoliado para la producción de la pez, el carbón vegetal, el combustible para los ingenios de azúcar y la madera para la armazón de casas y navíos, arruinando la masa forestal de tal forma que el propio Nogales tuvo que recurrir a testigos excepcionales para conocer de dónde a dónde residió de antiguo el bosque grancanario.

Fue el caso del pino de 3.150 años de antigüedad encontrado en Montañón Negro. Un asombro natural “que tiene todo el aspecto de no haber crecido aislado”, escribe en Evolución del paisaje vegetal en la cumbre central de Gran Canaria (1960-1992), y que fue hallado en perfecta vertical, conservado en su propia mermelada de savia tras quedar sepultado por el vómito de fuego del volcán. Nogales se preguntaba qué habría sido de sus coetáneos, pero sobre todo, apuntaba así con precisión las lindes de lo robado a la naturaleza, una labor que es el inicio de la plantación, vocablo que prefería por su precisión al de reforestación. Porque Nogales, además de ingeniero, era un exquisito escritor e irrefrenable lector, de los de tres libros a la vez.

La mayoría de las repoblaciones se realizaron en unas condiciones realmente penosas

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Y justo solo tres libros eran los que existían sobre la materia cuando arribó al archipiélago, lo que también ilustra el erial cultural sobre el medio ambiente isleño en aquellos años en los que, para muchos, el desbroce era símbolo de progreso. En agosto de 1995, y con motivo del prólogo de la citada obra de Agustín Naranjo Ciégala, Evolución del paisaje vegetal…, confiesa: “si yo os dijera que al final de los años cuarenta, cuando me encontré enfrentado a conocer la flora de estas islas, apenas había, que yo recuerde tres publicaciones”, de forma que para “aprenderme las plantas (…) me tuve que valer de los conocimientos de mis amigos Ceballos, Ortuño y Sventenius”, con el que colabora en la creación del Jardín Canario. Esto tuvo efecto colaterales, porque de tan antigua que eran sus referencias, como algunas de Viera y Clavijo, que cuando él clasificaba un ejemplar como Pentandria monoginia, Ceballos y Ortuño “me daban tratamiento dieciochesco de vuesa merced”.

La bióloga Isabel Nogales, la mayor de sus cuatro hijos de una familia con apellido forestal, -y realengo forestal, no en balde el padre de Juan también fue ingeniero de Montes-, también siente una irrefrenable pasión por el medioambiente, coordinando la replantación de cedro en Guguy, entre otras. Isabel lo recuerda como un apasionado absoluto de su trabajo, “todo el día en el campo, y agotando a los guardas con sus caminatas cuando hacía los polígonos de reforestación obligatoria”, una tarea en el inicio de la gran empresa con los que da con sus huesos en el cuartelillo, apunta su hija sin disimular la retranca.

La anécdota dice mucho de aquél hombre que se llegó a la isla para crear la Brigada de Las Palmas del Patrimonio Forestal del Estado y que hizo suya la devoción por Gran Canaria desde el minuto uno, pero también de su tenacidad.

En la defensa de los linderos de monte público, que en una buena parte se habían ido modificando desde la Conquista por particulares con el tramposo movimiento de los mojones durante la noche, termina en la comisaría de Arguineguín donde llega a pasar una noche con el guarda mayor Manuel Reyes. No conforme con la tropelía se embarca en una avión a Madrid al día siguiente. Su hijo Manuel, también biólogo, hasta hace muy poco director del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, del que sigue siendo consejero delegado, explica que su padre conocía de marineros de la Armada la existencia de documentos de los bosques propiedad de la Corona de Castilla. Y los encuentra, logrando con ello rescatar una buena parte de la zona pública de Arguineguín.

Tras participar en la Guerra Civil y licenciarse llega a la Isla para el gran encargo de su vida

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No menos difícil fue aplicar la ley de Perímetros Obligatorios de Repoblación en una isla plagada de minifundios y los hocicones de los que vivían en unos territorios transformados en pastos.

Las imágenes de aquellos años de siroco son demoledoras. Y el reto, inabarcable. Nogales describía la extensión de los pinares en aquellos momentos, como “probablemente la más reducida de su historia”, terminada de arruinar en la postguerra, cuando “las penurias sociales y económicas (…) obligaron a los vecinos a buscar su fuente de supervivencia en los montes. Los aprovechamientos forestales fueron abusivos, a menudo especulativos, y ajenos a cualquier tipo de planificación”. Un panorama, en suma, “desalentador”, como él describe, y que da pie a una odisea de esfuerzo y sacrificio colectivo en la que todo “estaba por hacer”.

Es así como en solo tres años, desde 1950 a 1953, se crean los viveros de Tafira, Tamadaba, Inagua, Ñameritas y Bailadero de Las Brujas, mientras el Cabildo compra de fincas. En 1953, el Estado decreta la plantación de las primeras miles de hectáreas y con ello, padecimientos sin límites. “La mayoría de estas repoblaciones se realizaron en unas condiciones realmente penosas, en terrenos de orografía escarpada y bajo un clima extremo”, deja por escrito. “Durante el verano, seco y caluroso, se abrían los hoyos a mano, con herramientas rudimentarias, en suelos esqueléticos y pedregosos. ¡Hasta 70 hoyos era capaz de abrir un obrero en una jornada de trabajo! Así permanecían hasta la llegada de los días lluviosos de invierno, en los que llevaban a cabo las plantaciones. Tan penoso resultaba trabajar bajo el sol inclemente del verano, como envuelto en la pertinaz niebla, cuando no llovizna helada del invierno”.

Su hijo Manuel lo dibuja como “una persona con una capacidad de servicio público a prueba de bomba, que sin ser líder ejercía como tal con la palabra y su ejemplo, y que nos ha dejado una gran estela de seriedad y honradez. Un hombre íntegro, recto y encantador con pequeños y mayores”, y que hoy asume como hijo, de costa a cumbre, la isla de Gran Canaria, cuatro veces más verde que cuando lo acogió.

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