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En el ojo del dragón

El recién inaugurado mirador de Andén Verde se convierte en una nueva parada obligatoria

Verónica Saavedra y Esther Muñoz posando a 371 metros de altura. | LP/DLP

Verónica Saavedra y Esther Muñoz posando a 371 metros de altura. | LP/DLP

Desde hace un mes la vieja carretera del Andén Verde, en La Aldea de San Nicolás, tiene un nuevo meneo a cuenta de la inauguración de un espectacular mirador concebido para disfrutar del cielo nocturno a través del programa Starlight pero que también ofrece de día un auténtico espectáculo del universo.

El señor Tomás lleva tanto tiempo acudiendo todos los días del mundo a Andén Verde que a lo largo de los últimos 49 años ha ido perdiendo el apellido, para sintetizarse en Tomás, el del mirador.

El del mirador dispone de un surtido chiringo de quita y pon en un privilegiado quiebro de la mítica carretera terminada de construir a bombas y sachazos en 1955, que fue cuando se terminó la vía 85 años después de proyectarse, como tiene por escrito el cronista de La Aldea, Francisco Suárez Moreno, que también narra cómo se construyó con los operarios guindados de la nada hacia el vacío, y con muertos incluidos, dos obreros que explosionaron junto con el túnel que pretendían abrir.

Todo lo que va desde allá abajo donde los invernaderos, por un lado, y el océano Atlántico, por el otro, tan grande allí que si no estuviera Tenerife de por medio asomarían Las Antillas, es ciclópeo.

Lo poco que hay a escala humana son los paquetes de papas, la lumumba y los capuchinos que sirve Tomás en su remolque ultramarino.

Este hombre arribó al que de toda la vida se dijo mirador, a pesar que no era más que un muro puesto allí para que los que bajaban de la capital a La Aldea no terminaran abajo en la marea, con un Seat 124 cargado de golosinas y chucherías en el portabultos. Y desde entonces a antier ha visto el proceso que se genera allí, dividido en dos eras principales.

La que desde el principio de los tiempos, es decir, desde que se creó el muro primigenio a mitad del siglo pasado, y la que se originó hace ahora un mes, cuando la autoridad inauguró una inquietante plataforma forrada de cristal en sus cuatro lados cardinales y que parece flotar del universo, a unos 371 metros de altura sobre el nivel del marisco, “que vino aquí uno con un altímetro”. Es decir, que le quedan solo otros diez metros más para empatar con el Empire State, por poner un referente cinematográfico conocido.

La pequeña plataforma de cemento y vidrio se eleva a 371 metros sobre el marisco

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Desde entonces y a pesar de la pandemia -“ingleses y alemanes, desaparecidos”-, aporta de nuevo Tomás, el llamado Mirador de El Balcón es una novelería para los extranjeros del resto del mapa mundi y gente del país, pero sobre todo, un seguro campanazo en las redes sociales, un instagram engodo de éxito asegurado, como lo respalda la retahíla de imágenes que pueblan el mundo virtual.

Hasta hace unos minutos la plataforma era como un minúsculo patio de recreo entre las nubes, a cuenta de la animada visita de una guagua de colegio en horas del mediodía, pero en cuanto se dispersó la chiquillería torna a pasarela de altos vuelos con Verónica Saavedra, de Arucas, y Esther Muñoz, de Madrid, que llega a La Aldea de la mano de la primera para sacarse un memorable viaje de retratos para no olvidar.

Philippe Ensch y Julien Reiners, de Luxemburgo, con Tomás ' el del mirador', ayer al mediodía. LP/DLP

Si se ponen a la izquierda, alongan los cuatro picos del final de la cola del dragón, el apelativo, que no la toponimia, que ha ido dando nombre al lugar por su semejanza a las mascotas de Daenerys Targaryen desde incluso mucho antes de Juego de Tronos.

Y si Verónica y Esther optan por arrimarse a la derecha, se abre un paisaje con mayor profundidad de campo aún, con término en La Isleta y Las Coloradas, con hitos enmedio como el puerto de Las Nieves en Agaete, la indómita playa de Las Arenas, en Punta Góngora, y que pertenece al cumbrera municipio de Artenara, y parte de los retazos del risco de Faneque, acantilado marítimo de 1.024 metros de altura que lo sitúan entre los mayores gigantes del planeta en su especie.

Y si encima el cielo se ha ido despejando, se tiene a proa el perfil de la isla de enfrente, con lo cual el panorama está servido.

El punto ya figura en las redes sociales como un imprescindible del selfie grancanario

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Lo dice Verónica, Esther, pero también todo el que va llegando. Como el murciano Miguel Ángel Alarcón, que al igual que Verónica, se enteró del mirador por las redes sociales, cuando buscaba éste último “los puntos más interesantes” de una isla que lo tiene sorprendido desde que llegara la pasada semana acompañado de las valencianas Vanesa García y Sandra Esteban y tras visitar imprescindibles como las dunas de Maspalomas, Cruz de Tejeda, y ahora el secreto del Andén Verde.

Otro tanto ocurre con Philippe Ensch y Julien Reiners, ambos de Luxemburgo, que lo califican como uno de los mejores sitios que han visto desde que llegaran al archipiélago hace ayer nueve días, “como el Roque Nublo”, apunta el primero, aumentando de sopetón el listón del lugar.

Pero lo que está por llegar es la noche. Porque esta obra, irresistible de día, se enmarca en el programa de turismo astronómico que diseña el Patronato de Turismo como destino Starlight, para proyectar estructuras que permiten disfrutar del cielo nocturno, y que en La Aldea, junto con el de Andén Verde, se han estrenado otros dos: La Cruz del Siglo, situado en el alto que forman Las Tabladas, y el de La Sabinilla, que se encuentra en el canal de El Parralillo, bajo la montaña de El Viso.

Vista del final de la cola del dragón desde el mirador. LP/DLP

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