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Artenara | Estudio sobre la vida y tradiciones en la Cumbre

La alfarería del pueblo más pobre

Juan Zamora recupera la historia del centro locero de Lugarejos, en Artenara | El retrato social, cultural y económico refleja las penurias de vivir en el pinar de Tamadaba

La artesana María Manuela Santana Cabrera, ya fallecida. LP/DLP

Es el gran desconocido de los ocho grandes centros loceros. El investigador Juan Zamora acaba de publicar ‘La alfarería tradicional de Lugarejos (Artenara, Gran Canaria)’, en el que realizada un estudio histórico y etnográfico de este oficio, que pervivió poco más de un siglo (1860-1972). En el fondo, el autor hace un retrato social, cultural y económico de uno de los pagos más recónditos, donde vivían «los más pobres».

Lugarejos se encuentra en Artenara, en el borde del pinar de Tamadaba, a 900 metros de altitud. Y su nombre viene por ser un lugar apartado. «Esto antiguamente, aquí abajo le decían el Lomo las Eras y arriba antes era la joyeta y después se volvió todo Lugarejo de Arriba y Lugarejo de Abajo», según el relato del octogenario José Cubas, recogido en el libro. «Este es uno de los poblados más apartados y recónditos de Gran Canaria», añadió Trapero y Santana. 

En ese pago habían 30 cuevas en la última década del siglo XIX, y 9 en Las Eras, que era el hábitat natural de sus pobladores, con una población de 26 y 149 personas, con un total 175 habitantes entre ambos. Y las comunicaciones eran pésimas hasta la Cumbre, cuanto más a esos rincones apartados. «Sin carreteras, sin telégrafo y sin teléfono», decía la prensa en 1927.

«Los más pobres estaban siempre en Lugarejos». Así califica el fallecido vecino de la zona Miguel González, las condiciones económicas de los habitantes de este pago del interior durante el siglo pasado. La mayoría de vecinos sobrevivía de los recursos que ofrecía el Pinar de Tamadaba (carboneros, leña, pinocha o ‘paja pino’, ganadería, agricultura y la actividad locera).

En la vida de los lugareños sobresale entre finales del siglo XIX y principios del XX la memoria del hierbero Matías ‘Matiítas’ Vega Alemán, ya que los médicos más cercanos residían en Arucas y Valleseco, y los caminos eran casi imposibles. También se hace mención a las parteras Zaragoza Cabrera, Petronila Suárez y María Guía, y del partero de animales Agustín Suárez. Los muertos se enterraban en el cementerio de Artenara. Y al ser pobres usaban la llamada caja de ánimas (comunitaria).

De Gáldar y Guía

Esa marginalidad es precisamente la que marca las diferencias con otros centros de producción artesanal, y en el que se desenvuelve el libro del investigador Juan Zamora sobre el centro locero de Lugarejos, uno de los ocho históricos de Gran Canaria. «Es un oficio marginal, que se compaginaba con otras actividades. Es un trabajo sucio y mal visto, por lo que las mujeres, que eran mayoría, desde que podían se salían», señala el autor. 

El origen de la actividad en la zona «se basa en informaciones dispares». Existen indicios de su relación con Hoya de Pineda (Guía y Gáldar), que ha sido junto a La Atalaya de Santa Brígida los grandes núcleos de este arte manual. Y la figura clave es José Suárez, que fue locero y tejero, y que nació en Tejeda en 1830. Y por sus matrimonio con Gerónima Díaz (originaria de Guía), con la que se casó en 1853. El autor detalla que en 1860 esta persona compró en 1860 un terreno en Lomito de Las Eras de Lugarejos. Su mujer muere allí en 1867.

Pero sería con su segundo matrimonio con Josefa Molina (Maninidra, Gáldar) la que le permite abrir su teoría, porque ella sí era locera. Se casaron en 1869. «Cha Pepa Molina era locera de las primeras, como su marido José Suárez», según José Cubas.

José Suárez falleció «de enfermedad natural» en Artenara en 1913, según el parte de defunción.

Una de las hijas del matrimonio, Teresa Suárez, conocida por la Cieguita o la Ciega, porque era invidente, fue una de las loceras más emblemáticas de Lugarejos, donde nació. Perdió la vista en un ojo por una enfermedad que llamaban punta clavo. Luego le pasó lo mismo al otro, y se quedó «ciega total». 

El libro recoge una relación histórica de las loceras, con sus vínculos familiares. Y sus diferencias con el centro locero de Hoya Pineda. En este caso, existía una «mayor organización y especialización». Y aparece la figura del «guisadero», que controlaba la cocción. Además, en el pago galdense se podría contratar a compañeros de forma temporal para dar salida a encargos especiales. «Todas estas diferencias «puede responder a la marginalidad de ese dentro locero -Lugarejos- y el relativo corto periodo productivo que tuvo». A esto se suma que había menos técnicas de trabajo. Tal vez, dice el autor, porque en Lugarejos solo había un grupo familiar que dominaba la única técnica empleada, como es el de las propias manos para lisar. 

Guisadero de la zona. LP/DLP

La actividad en este núcleo rural de Artenara desaparece en 1972, cuando el locero Justo Cubas se va a vivir a Telde. Por tanto, estuvo poco más de un siglo, si bien venía agonizando desde mediados del siglo pasado. «En la actualidad la locera María Isabel León mantiene, como el apoyo institucional, el reflejo del recuerdo de la loza de Lugarejos».

Uno de los capítulos lo dedica a la materia prima empleada. El barro se obtenía del Pinar de Tamadaba (en barrenas). Según la tradición oral, el mejor se localizaba en la zona de solana, orientadas hacia Lugarejos y Agaete. Se solía extraer en verano. Y se guardaba dentro de las cuevas por ser un lugar seco. La arena de barranco se usaba como «desangrante» para dar consistencia y secado. Lo buscaban en el barranco de las Hoyas, entre cañas, lo que llevaba a enfrentamientos con los dueños de cañaverales, que lo usaban para comida del ganado. Y el almagre, que se usaba como colorante rojo se cogía en Coruña. 

Singularidades que distinguen

El estudio detalla el proceso de preparación del barro, que incluye el pisado con pies descalzos; la elaboración de la loza, y el proceso de guisado. En este último apartado es donde «existen diferencias claras con los otros centros loceros de Gran Canaria». Y lo detalla en que emplean el sistema de calles. «Este horno sin cubierta aprovechaba para su elaboración en su cabecera una pared rocosa de la cual partían las distintas calles (cuatro o cinco) elaboradas en piedra muerta». En otros sitios se empleaban «hornos cubiertos, de una sola cámara sile y tiraje por la puerta, donde la combustión y las piezas a guisar comparten el mismo espacio».

El autor aporta la teoría de que es se adaptaron a la forma de elaboración del carbón. Por otro lado, al no tener la figura laboral del guisadero ellas hacían estas tareas. 

Dedica un apartado a la venta y lugares de distribución; la tipología de la loza y hace mención a que a principios del siglo XX también pudieron hacer tejas. Juan Zamora señala que la principal singularidad de Lugarejos es el proceso de guisado con el sistema de calles, y la ausencia del guisadero. 

La actividad fue cayendo a medida que sus expertos fueron abandonando el pago a mediados del siglo pasado por la búsqueda de nuevos empleos estables, sobre todo en los tomateros del Sur y La Aldea. 

Y señala que la mayoría de los testimonios de esa época son orales, y que la mayor parte ha fallecido, junto a la prensa y documentación oficial. No en vano, su trabajo de entrevistas se desarrolló entre los años 90 y comienzos de este siglo, aunque no ha sido hasta ahora cuando se ha recogido en un libro que ha editado la Fedac.

Reconoce que Lugarejos dista mucho de la calidad locera de La Atalaya de Santa Brígida, donde se sitúa el empuje contemporáneo de este oficio, aunque se habla de Telde en el siglo XVII. Pero cree que hay que mantener viva esta herencia de Artenara. Y sobre todo, remarca su estrecha ligazón con Hoya Pineda, la otra zona de referencia. De estas zonas salieron las familias hacia los otros centros loceros de Gran Canaria que surgieron en Tunte (San Bartolomé), Santa Lucía, Moya y la Aldea. 

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