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Francisco Torres, el orfebre del naife

Francisco Torres mantiene vivo el hipnótico arte de los cuchilleros grancanarios | Con 44 años de oficio es Medalla de Oro de Guía

El orfebre del naife

El orfebre del naife

Francisco Torres Rodríguez lleva 44 años haciendo cuchillos. Y así le salen. Pura orfebrería naife.

El hombre vino a caer en este mundo en la capital grancanaria un 3 de marzo de 1960, hijo, nieto, biznieto y quizá tataranieto de herreros.

A los 17 años mudó para Santa María de Guía con toda la familia, a vivir con sus padres a la casa de un tío que también perteneció a tres generaciones de la misma saga. Y allí sigue él, con su taller de herramienta antigua, festoneado en uno de los paramentos por certificados, premios, diplomas y recortes de prensa en los que sale él en una foto enorme de un día en el que lo retrataron en una feria de artesanía de Pinolere.

En otro flanco se encuentra una vitrina de cristal, que luce con luz propia por rebotar allí el brillo del sol que entra por la generosa ventana que da a la calle José Samsó. Dentro de la gran gaveta transparente hay dos estantes. El de abajo con cuchillos de rebanar racimos de plátanos, con los diseños clásicos de toda la vida, los que desde el siglo XIX han distinguido como caballeros a quién se los colgaba de la cintura, y en la de encima, otra fila de naifes con unos preciosos cabos más del siglo XXI, algunos de ellos con los colores de bolas de billar americano.

Verdes, azules, ocres, tan bien puestos, tan acicalados que sería más propio de ellos cogerlos con el guante blanco con el que los subastadores de Sotheby’s levantan un objeto antes de empezar sus millonarias pujas.

Para conocer el cómo el niño Torres comenzó a hacer cuchillos hay que remontarse a cuando tenía doce años, que es cuando su padre, que ya en la herrería de su tío viendo el geito que se gastaba en pulir y arreglar naifes fue destinado a crear una joyas de firma propia, Rafael Torres Osorio, hoy todo un referente por sus obras de arte, le invita de pequeño a conocer sus secretos. Fue un intento en balde. “Lo que yo quería era estar con los amigos”.

Fue cuando se muda a Guía, a sus 17 años, cuando le empezó coger el gusto al asunto, “cortando piezas, redondeándolas a mano, aplicando incrustaciones, haciendo prácticas en fin”. Su primer ‘proyecto’, un minicuchillo a modo de colgante para una chiquilla que tenía mirada, pero que al final “me lo quedé yo”. Y por allí lo tiene, según señala, en algún lugar inconcreto de su atelier de acero y cuerno de macho.

“Ahí empecé de lleno”, asevera, creando como ya hiciera su padre todo un nombre que figura entre los mejores artesanos de la cuchillería de Gran Canaria, isla por otra parte de la que es originaria una filigrana que se remonta, al menos, a la segunda mitad del siglo XIX. Francisco ha ido readaptando el diseño a nuevos útiles, como las cucharas, los tenedores, las palas de tarta, o llaveros, bolígrafos y plumas, entre otros objetos, que en los que figuran también los intrincados dibujos de los naifes.

Incluso en bastones. Como el de madera de ébano, con un cabo de cuchillo de trece piezas de cuerno y metal, rematado por una flor incrustada, que ganó un primer premio de la Consejería de Industria del Gobierno de Canarias.

Aunque para premio, el que lleva con más orgullo, el de la Medalla de Oro de la Ciudad de Guía que le otorgó el municipio en 2012.

Torres se hace cargo de todo el proceso. Y menos las vainas de cuero duro con la que entrega algunos ejemplares, todo de cabo a rabo es obra suya, lo que inicia con el tratamiento de la hoja en la forja y el posterior ensamblado de las decenas, si no cientos de piezas microscópicas de latón, de cobre, plata, oro, asta de carnero o de vaca y toro que forman cada una de las obras.

Dependiendo de su complejidad puede elaborar de media dos días por cuchillo, si bien es algo relativo porque muchas de las piezas las hace a la vez, pero hay algunos de ellos muy especiales a los que dedica todo su esfuerzo durante al menos dos semanas.

En este último nivel fuera de serie se encuentran los dos naifes más caros que ha vendido en su vida. El último, justo en concreto en la feria de artesanía de Moya celebrada el fin de semana pasado, y que para Torres tienen un valor añadido extra. El modelo fue solicitado por un gran coleccionista que buscaba precisamente un ejemplar que había diseñado y ejecutado su padre Rafael, pero al que no encontrarlo le encargó reproducirlo a Francisco, del que hizo dos ejemplares.

Describirlo es imposible, con la belleza de un sinfín de detalles que completan un alucinante conjunto. “Lo terminé el viernes y hacerlo fue todo un reto. La hoja es de acero inoxidable y el mango tiene los dos casquillos de oro con incrustaciones en plata, que dibujan seis dameros finitos, dos dameros triples finos, otros dos gruesos con incrustaciones formando una equis y que se remata con cinco piezas bastantes trabajadas con flores y filigranas, todas en plata. Un cacao”, ríe, “con un viaje de colores, rojos, amarillos, celestes azules, blancos y verdes. Cuando lo vio el cliente”, afirma el artista, “se lo puso a la cintura y se lo llevó puesto”.

La gama que ofrece Torres arranca a partir de poco más de cien euros, pero estos dos en concreto ascendieron a cantidades de no llevar suelto en el bolsillo. Y para muchos, ni de llevarla toda junta y amarrada en una tarjeta.

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