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Con mucho geito

Jennyfer Cabrera Guerra: Matemática de un telar

Mantiene vivo el arte de la tejeduría en Artenara | Su escuela forma a nuevas generaciones en el oficio

Matemática de un telar

Jennyfer Cabrera reconoce que el mundo ha ido cambiando, y con él han desaparecido ante sus ojos oficios como el del hojalatero, el de la elaboración del junco, que ya ve sin relevo, el de la cestería, que está a punto de serlo, o el ya extinto de albardero, «porque estamos en el siglo XXI y ya no utilizamos burros», pero ahora bien, «también es un poco culpa de nosotros, como pueblo, al no valorar en su justa medida nuestra artesanía y creo que en este sentido, como demuestra la Unesco con la declaración de Risco Caído como Patrimonio de la Humanidad, que se nos valora más desde fuera que lo que nos valoramos a nosotros mismos».

A Jennyfer Cabrera Guerra le brotó el campo que llevaba en la genética. Nacida en 1969 en la capital grancanaria, ya de estudiante se abstraía de las clases de latín para devorar libros de horticultura. Ella lo achaca, quizá, a unos abuelos que por vía materna eran de San Mateo, y a lo mejor por unos paternos que proceden de distintos sitios de Lanzarote, pero el caso es que tras finalizar el bachillerato y dedicarse a distintos oficios, inmobiliaria incluida, «en el año 1986 aprendí a tejer».

«No sé porqué motivo pero me llamaba la atención así que contacté con una artesana, Paula Monzón, de la calle Canalejas, y ahí arranqué para seguir de forma autodidacta. Compré un telar que aún sigue conmigo y comencé a ir a las ferias de artesanía». Y a recibir encargos, que sobre todo provienen de personas de la cumbre, «de gente de Tejeda».

El círculo se redondea cuando «me enamoré de un hombre de campo», Miguel Ángel Medina, quién también domina el no menos exquisito arte de la piedra como maestro pedrero, y con él se va a vivir a la algo remota Acusa Seca en un momento en el que solo vivían allí dos familias. Así se ve, con 26 años, disfrutando de la trasierra, “feliz con las cabras, lo que plantábamos y el telar. Era todo un poco utópico, pero nos gustaba vivir así».

Era una época en la que también se generaba muchísima artesanía en Artenara, con la elaboración de cañizos, escobas, esteras de palma, calados, ganchillo o la loza en la vecina Lugarejos, tantos «que decidimos formar una asociación que ofrecía, donde hoy se encuentra el museo de Risco Caído, toda aquella producción en lo que se convirtió en el Centro de Recuperación Artesanal de la Cumbre». Esto, hasta que por falta de un relevo generacional «se difuminó todo».

Casi todo. Porque Jennyfer se ha convertido, con el tiempo, en la memoria viva de un arte y una maña que hasta hace no mucho animaba con el sonido del traqueteo del telar casi todos los rincones de una Artenara poblada de oficio, que tiraban de una materia prima que llegaba de los ganados de ovejas de zonas como Montaña de Cabrera, Las Lajas, La Majada, Juncalillo o el Lomo El Palo.

De forma que, en casi todos los barrios, desde Juncalillo, que pertenece a Gáldar, hasta el mismo pueblo de Artenara, existían tejedoras. «En Las Cuevas, tengo datadas tres casas. En Acusa Seca, una. En Chajunco había dos», e incluso ahora mismo tiene una alumna cuya madre tenía un telar.

Y es que Cabrera Guerra ha hecho de su oficio magisterio impartiendo clases todos los jueves en un gran sala salpimentada de telares, en la que es la Escuela de Tejeduría del barrio de Las Arbejas.

El telar, explica, fue siempre un complemento, nunca un sustento completo, de la economía familiar, y de propina una de las grandes palancas del reciclaje antes incluso de que existiera el palabro. Como por ejemplo, ocurre con la trapera y el curioso secreto de la maximización de recursos que esconde.

«Antiguamente se aprovechaban los restos de las telas de las familia. Cogían un traje, una camisa, los manteles, y se cortaban hasta hacer tiras. Con ellas ponían a los niños a hacer una gran bola de tejidos, un ovillo que cuando cogían un peso de unos tres kilos se los llevaban a una tejededora que ponía un hilo en la urdimbre, que solía ser de cáñamo, el hilo carreto de toda la vida, o también de lana o de rafia. A partir de ahí le seguían esos hilos de ropa provenientes del ovillo, y cuando el lienzo estaba terminado tenías una trapera de siete metros. Se cortaba y se dividía entres paños, de dos metros y pico cada uno, y luego se unía a mano hasta formar una manta, que se culminaba cosiéndole un ribete alrededor o un pedazo de tela para esconder los remates».

El colorido reflejaba de alguna manera el ánimo, el retrato de cada familia o entorno. De ahí las traperas negras, como eran conocidas algunas obras de Artenara, reflejo de años de luto y tristeza.

La tejedora afirma que el arte del telar no es un hobby, «sino un oficio», quizá menos llamativo que el de la loza, pero absolutamente embebedor, de máxima concentración y que lleva detrás «unos cálculos matemáticos, con formulas muy precisas, para saber que urdimbre se necesita para lograr el ancho y el largo que se precisa», lo que implica meter en la ecuación el número de hilos, saber cuántos según el tipo de tejido, según sea lana o algodón, a lo que se añade una representación con gráficos de los patrones de dibujo que tendrá la obra al final.

Por todos esos factores, «cuanto te metes en el telar», sentencia, «entras en una abstracción desde el mismo momento de enhebrar que te obliga constantemente a contar los hilos, el orden en el que los colocas y sin perder de vista el agujero del peine y la cadencia con la que pisas los pedales. Tienes que estar en lo que estás haciendo hasta que ocurre la magia del tejido: la satisfacción del cómo la trama va formando el dibujo».

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