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Telde

El encierro de Cristóbal Rodríguez

Un vecino de Jinámar vive enganchado a un respirador en un garaje reformado de Pedro Paso

Cristóbal Rodríguez vive en un garaje reformado en Telde José Carlos Guerra

La soledad puede encontrarse de cualquier forma y en cualquier lugar. Cristóbal Rodríguez, vecino de Jinámar, la ha encontrado con 77 años tras trasladarse a un garaje de Pedro Paso.

A las doce del mediodía el sol incide directamente contra todo lo que alcanzan sus rayos, pareciendo que pudiera partir las piedras en dos e iluminando con insistencia la mayoría de rincones. Es verano, por lo que la sensación de calor es perfecta para mucha gente, sobre todo en unas islas como Canarias, a las que se considera en muchos aspectos el paraíso en la tierra.

Sin embargo, en la humilde vivienda de Cristóbal Rodríguez, una amplia habitación diáfana (con un pequeño cuarto de baño en un espacio anexo) que antes servía como garaje en una vivienda de dos plantas, la luz se entromete sin gracia alguna a través de una pequeña ventana situada al fondo. Las paredes más alejadas quedan un poco sombrías, probablemente por su color grisáceo. La puerta metálica por la que hace unos años se introduciría el vehículo familiar aporta frío y despersonalización al inmueble, en donde el vecino vive completamente solo enganchado a un respirador las 24 horas del día debido a sus problemas de salud.

Su «hogar» se encuentra en el diseminado teldense de Pedro Paso, apenas a dos kilómetros del casco urbano del municipio, pero parece un abismo. Es posible acceder tanto por el barrio de El Calero como por El Caracol, pero recomienda este segundo camino para llegar mucho más directo. Al efectuar un recorrido laberíntico por las vías de esta localidad -que sólo es posible efectuar si se lo han indicado previamente de boquilla, porque ninguna aplicación de geolocalización lo indica correctamente- uno se aleja de la urbanización hasta alcanzar un extenso valle desértico en el que se divisan a lo lejos unas serie de edificaciones. Solo un cartel blanco pegado a un poste indica que esas son las casas de este pago teldense.

Comprar comida o asistir al centro de salud le resulta difícil al carecer la zona de transporte público

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Rodríguez tiene 77 años, pero parece que tenga muchos más. Sentado en una silla de plástico mira pensativo hacia un punto fijo del suelo de madera laminado, pensando quizá cómo ha llegado hasta aquí. Apenas hace unos meses que salió del albergue provisional para personas sin hogar que la administración local adaptó el año pasado en un antiguo centro educativo abandonado de Jinámar; antes había residido durante algunos años en la casa de un vecino del barrio, pero la convivencia no era ideal. «Las trabajadores sociales me recomendaron que saliese de allí, que era preferible que fuese al centro de acogida antes de continuar con él», manifiesta.

El cierre imprevisto de este complejo el pasado abril dejó con muchas preguntas a sus usuarios, que en su mayoría fueron trasladados a residencias de estancia temporal para drogodependientes o personas vulnerables. El Ayuntamiento cedió a Cristóbal su vivienda actual en alquiler para compartirla con otro de los afectados por la rescisión del servicio de atención municipal, con el compromiso de financiarles los tres primeros meses de residencia para que pudiera desarrollar sin dificultades su vida. «Estaba bien, porque después de esas semanas podíamos pagar las cuotas entre este chico y yo», explica con la voz semi ahogada. Sin embargo, su compañero murió hace apenas unas semanas y el anciano se encuentra con la tesitura de que ahora debe pagar la mensualidad por completo, sin tener los medios.

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Cristóbal Rodríguez vive en un garaje reformado José Carlos Guerra

Inquieto, agarrándose la cabeza con la mano temblorosa, se le escapan algunas lágrimas de los ojos. «No puedo; o me alimento o pago la vivienda», afirma con rotundidad. Y no concibe no pagar la habitación porque asegura que «soy un hombre cumplidor. No me gusta deber nada, me pongo muy nervioso», añade realmente apurado. De ahí que lleve las últimas semanas intentando contactar con el área de Servicios Sociales para solicitar un aplazamiento del pago. Cobra la pensión no contributiva, que supone un total de 402 euros al mes; sin embargo, la cuota por la casa alcanza los 370 sin contar con las facturas de la electricidad y el agua.

El vecino espera un aplazamiento del pago del alquiler porque solo cobra 402 euros al mes

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Pero esas no son las únicas inconveniencias. La falta de servicios básicos en el área, como supermercados, farmacias o centros de salud, le obligan a salir del apartamento, a pesar de que sus condiciones de salud impiden que pueda caminar apenas unos pasos sin asfixiarse. «Por aquí no pasa la guagua, así que lo único que puedo hacer es llamar a un taxi si en ese momento tengo dinero», añade, aunque asegura que sus hijos le ayudan en todo lo que pueden. «Ellos tienen también su vida; además es difícil llegar hasta aquí, el otro día me venía uno de mis hijos a traer el agua y no encontró la calle, así que se tuvo que volver», asevera.

La falta de cobertura que tiene en su teléfono móvil también es otra de sus limitaciones. Cada vez que recibe una llamada acaba cortándose a los pocos minutos, lo que le impide tener una comunicación fluida con el exterior y sus días se limitan a ver la televisión, dormir y realizar las tareas diarias de la casa. «Viene una chica tres veces a la semana del servicio de atención a domicilio para limpiar; le digo que no me haga la comida porque eso a mí me entretiene», expresa señalando un saco de papas, pues normalmente almuerza los tubérculos con un poco de atún, aceite y sal.

A pesar de que la vivienda cuenta con todos los requisitos para su habitabilidad -aún sin mencionar que presenta humedades y que un antiguo pozo bajo la superficie ha levantado parte del parqué-, Rodríguez no es feliz. «Lo que realmente quiero es ingresar en un centro de mayores, donde poder estar atendido; me encantaría poder ir al de Taliarte para estar cerca de mis hijos y de mis nietos, que son lo más importante», confiesa. La vida se le antoja demasiado insulsa viviendo completamente solo en el garaje, por lo que no puede evitar pensar en su pasado.

«Yo conducía guaguas antes; estuve un total de 21 años como chófer, pero todo se torció», expresa, recordando que una fuerte depresión impidió que pudiera continuar ejerciendo. «Al final me dediqué a vender ciegos con una señora que me enseñó muchas cosas y a la que realmente estoy muy agradecido, pero como no estaba asegurado a la hora de jubilarme no contemplaron mi trayectoria profesional», relata, mostrando en su mirada fruncida lo injusto que le parecen las cosas. «Lo que están haciendo desde el Gobierno con la gente mayor es un atropello, no estamos para nada protegidos», añade en un impulso.

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