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San Bartolomé de Tirajana

Las lavanderas de Tunte

Mari Herrera y Juana Suárez realizan la colada en El Rosal para sorpresa de los visitantes

Lavaderos de Tunte La Provincia

El uso de los lavaderos públicos casi se ha perdido, pero en Tunte todavía hay vecinas que mantienen una tradición por amor al arte y como una actividad que les funciona como terapia antiestrés.

Un cepillo, una pastilla de jabón, un desengrasante y la herramienta más preciada: sus dos manos. Mari Herrera y Juana Suárez, vecinas de Tunte, en San Bartolomé de Tirajana, son dos mujeres de un reducido grupo de apenas siete tirajaneras que en pleno 2021 continúan lavando a mano su ropa y la de su familia. Y lo hacen por placer y por tradición para sorpresa de los turistas y visitantes locales que cada día pasan frente a los lavaderos El Rosal y se muestran atraídos por la energía que ambas le ponen a esta actividad. Y es que esta estampa es cada día más difícil de ver, ya que aunque existen lavaderos en otros municipios, muchos se encuentran en desuso y han quedado relegados a ser un atractivo turístico de lo que antaño fue un punto de reuniones sociales. Sin embargo, en Tunte, aunque son pocas las mujeres que continúan desarrollando esta tarea, los lavaderos están a pleno rendimiento casi a diario gracias a estas dos mujeres.

Mari y Juana tienen en sus casas lavadoras del siglo XXI pero todavía prefieren lavar sus prendas más preciadas en una estructura construida a mitad del siglo pasado que durante décadas permitió a locales y foráneos refrescarse con sus aguas, procedentes del naciente de Juana Pérez. Conformado por 24 piletas, este lavadero público, propiedad del Ayuntamiento de San Bartolomé de Tirajana, cuenta con una acequia con 12 pilas a cada lado y un porche con tejado diseñado a dos aguas para proteger a las usuarias del sol. El agua es propiedad de la Heredad El Rosal.

Mari Herrera, natural de Tunte pero residente en Risco Blanco, apenas tiene 50 años y va día si y día también a los lavaderos El Rosal para hacer la colada a mano. «Me crié con esto, desde pequeña, con cuatro o cinco años, mi madre me traía y me daba una pastilla de jabón y un paño de cocina y venga a sobar», recuerda, mientras restriega las prendas y también las salpea para quitarles la suciedad.

El lavadero se levantó a mitad del siglo XX y el Ayuntamiento lo rehabilitó a finales de los 90 y puso un porche

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Antiguamente, su familia lavaba allí las mantas, las cortinas o las sábanas, pero para ella eso es «muy pesado» y prefiere usar la lavadora y dejar para el lavado a mano «las playeras de deporte, los paños de cocina, la ropa de salir, las blusas y los pantalones vaqueros». «Para mi no es un sacrificio y no se me hace pesado porque me gusta», relata Mari. De hecho, es la más pequeña de sus hermanas y la única que desarrolla esta labor.

Mari va a diario, de 08.15 a 09.00 horas al lavadero porque además es una actividad que le aporta «paz y tranquilidad». «Al escuchar el ruido del agua me relajo y desconecto de todos mis problemas», cuenta. Y también libera el estrés con cada rebencazo que le da a la vestimenta para sacudirle el agua después de retorcerla. «En la temporada de verano el lavadero es lo mejor que hay porque estoy en un lugar bastante fresco y se soporta mejor el calor», añade, «para mi esto es calidad de vida».

Abandono

Ella no solo ha creado una rutina que mantiene la tradición del uso de los lavaderos públicos y además funciona como terapia antiestrés, sino que lo hace también, dice, porque tarda menos tiempo que en la propia lavadora. «La máquina es más trabajosa y hay que separar la ropa según el tipo y el color, y aquí va todo junto», y eso, cuenta, le supone un considerable ahorro en el suministro eléctrico, sobre todo ahora que el coste de la electricidad ha disparado la factura de la luz. «Es una actividad recreativa, esto es mi vida». Tan recreativa, que el confinamiento supuso para ella un mazazo al no poder distraerse en el lavadero.

Mari ha sido testigo de cómo el paso de los años ha reducido el número de personas que acude a El Rosal. «Lavar a mano es una actividad que se ha abandonado, aquí ya no viene nadie, siempre somos las mismas», lamenta, «pero entiendo que para venir te tiene gustar, como a mi». Por eso anima a la gente a ir porque «esto no solo es lavar, aquí se puede socializar, dialogar, conocer gente». De hecho, con el Año Santo Jacobeo se acercan a estas mujeres muchas de las personas que hacen el Camino de Santiago interesadas por esta actividad.

Junto a Mari acude al lavadero varias veces en semana Juana Suárez, de 67 años. «Mire usted cómo me encuentro de activa, esto es mejor que un gimnasio», relata Juana con humor. Y no es para menos porque ella traslada la ropa de un lado a otro en dos baldes que carga al peso, ya que su casa se encuentra en una zona a la cual no tiene acceso con el vehículo.

Juana, natural de Tejeda pero residente en Tunte desde muy pequeña, le pone pasión al lavado a mano. «Vengo aquí desde que tengo uso de razón, recuerdo que me daban calcetines y el jabón y me ponía a lavar». En la lavadora solo echa la ropa «gorda», pero la que «tiendo más a gusto es la que llevo desde aquí lavada a mano, es mi propia tradición», revela.

Ella acude a la acequia tres veces en semana. «Siento el agua igual que si estuviese en la playa y me ayuda a evadirme de mis problemas», relata, «el mundo se puede estar cayendo en pedazos que yo vengo al lavadero y me relajo».

Juana recuerda cómo hace décadas las mujeres del pueblo hacían cola durante horas para poder lavar su ropa mientras se ponían al día de la crónica social del pueblo. «Mucha gente tenía que irse de la cantidad de personas que había; aquí vivimos muchas cosas, la vida social se hacía alrededor del lavadero». «Ahora los peregrinos de Santiago pasan y me preguntan si todavía aquí se lava. ¿Sabe qué les respondo? Claro, ¡todavía tenemos que vestirnos!», cuenta con la evidente alegría de una mujer que desarrolla su actividad favorita. Pero le apena que se haya perdido esta tradición y manda un mensaje. «Las instituciones públicas deberían inculcar esta labor para que no desaparezca del todo».

A finales de los años 90 el Ayuntamiento rehabilitó esta estructura e incorporó el porche actual. Años después, en el 2011, la decisión de la Heredad El Rosal de canalizar aguas no potables por edad acequia provocó el rechazo de los vecinos, quienes ya no podían consumir el agua del naciente. Hoy, los lavaderos son testigos del abandono de una actividad que ya solo realiza menos de una decena de mujeres y por la cual Mari y Juana seguirán luchando y practicando hasta que sus brazos aguanten.

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