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Con mucho geito (14) | Antonio Pérez Armas

La mano que amansa la piedra

Pipote Pérez Armas forma parte de una genial generación de labrantes de Arucas que regalaron su arte al mundo en unas durísimas condiciones de vida

Antono 'Pipote' Pérez Armas.

Antono 'Pipote' Pérez Armas. José Carlos Guerra

Pipote Pérez es una enciclopedia de 88 años con tantas destrezas en su haber como memoria para relatarlas. Vendedor de piensos, hacedor de ruedas de molino, taxista, y hasta maestro cortador de picos de pollos vivos, Pérez es ante todo uno de los grandes emblemas de una generación de labrantes que supieron convertir sus penosas condiciones de la guerra y postguerra en un arte hoy admirado en todo el mundo.

Antonio, Pipote, Pérez Armas tiene 88 años y una cabeza que sin wifi es internet toda ella, capaz de recabar qué comió un sábado de, digamos, hace 30 años, y de representa lo más granado de la fenomenal saga de labrantes nacidos en La Golea de Arucas.

Nació sin padre, «fue desaparecido», y su madre quedó al pairo con cuatro hijos en una «miseria de mucho cuidado, malos del estómago porque no teníamos de comer». Pipote no pierde sonrisa ni hurgando en tragedias, y como una locomotora a pasa a relatar el «cómo empezó la cosa», cuando contaba con ocho años, descalzo, acarreando cestos de piedra para limpiar los riscos en la sorriba de don Ermenegildo Suárez, jefe de Falange, del que recibía cinco pesetas a la semana y los varazos que le propinaba su chófer.

«Luego pasó el tiempo y a los diez años y medio empecé en el estraperlo. Cogíamos papas en Arucas e íbamos caminando al puerto sin zapatos, cargados un montón de muchachos con 30 kilos cada uno. Cuando cumplí once a Francisco Pérez Mendoza, el hombre que más gallinas tuvo en Canarias, nos cogió un guardia. Nos quitaron las papas, nos dieron unos manguerazos en aquél cuartelillo lleno de piojos del año 42, en una época al que mataban a cualquiera por ser pobre, y nos trasquilaron hasta dejarnos al cero como salvajes”, un relato éste que, ahora sí, le quiebra la sonrisa.

Visto los efectos secundarios del estraperlo, Pipote pega a los doce años con la piedra azul, «porque en La Goleta éramos todos labrantes y no había más. Éramos como esclavos, pero también los mejores que vestíamos porque el sastre lo teníamos ahí arriba».

El oficio es una progresión de tipo alpino. «Se aprende acarreando cestas, luego haciendo los estadales de los caminos, después haciendo losas para el piso, hasta que a los 18 logro el carnet de labran oficial de primera, en la que ya ejecutaba cornisas, escalones con molduras, y piezas entalladas». En realidad, joyas en piedra en tres dimensiones que nacen de sus propios dibujos en cartón. «Pero no es que fuera yo”, señala con el dedo, «sino todos los labrantes, que éramos unos 700 y pico en Arucas y que tengo a todos apuntados con sus nombres, apellidos, apodos y si están vivos o ya muertos”.

De sus manos, y las de sus compañeros, salió buena parte del ornamento de la obra pública Canarias, a lo que se suman cientos de casas particulares, como ocurre en Ciudad Jardín, a veces repujadas con cinceles delicados, otras con viajes de marrones de hasta once kilos de peso.

Él, como muchos de la ciudad norteña, también recaló en Tenerife a exportar su arte. Allá marchó con 19 años, a ornamentar el enorme edificio de Correos y Teléfonos. «Ganaba un dineral, 350 pesetas a la semana, pero me jalaba la novia. Oiga, fuerte bobería el enamoramiento», sentencia, para abundar que la bobería continúa con la misma novia hoy, y que desde hace mucho es su mujer, Inmaculada Martín Santana, madre de sus cuatro hijos, Antonio, Inmaculada, Adelaida y Belén. «Siempre me hizo gracia la muchacha ésta», y venga otra vez con la retranca.

De su destreza y la de sus compañeros salió buena parte del ornamento de la obra pública de Canarias

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De labrante estuvo hasta el año 57, y aunque lo siguió siendo y aún lo es ahora, “rayando en el cartón y tallando el dibujo en la piedra”, el caso es que se pasó a la ejecución del no menos difícil trajín de la piedra de molino, un diseño que parece simple pero de mucha matemática, y no menos precio para la época, de hasta 22.000 pesetas cada una.

Su diseño, simple, no más que una circunferencia, esconde el secreto de una mecánica constructiva que puede ser de cinco, siete o nueve «dientes», lo que en el Trivial suponen los ‘quesitos’, todos trincados con un aro de hierro, el zuncho. En Buen Lugar le pegaba fuego al hierro, hasta ponerlo al rojo vivo, y luego entre cuatro y con raspaderas lo poníamos en el redondo de la piedra y le dábamos con un martillo para ajustarlo. A medida que se enfriaba se encogía”, quedando el conjunto listo para moler a toda revolución, pero en un trabajo fino de compensación de pesos para que el orondo tenique no saliera volando.

De la piedra molino, y por arte de birbiriloque, termina en una primera fábrica de piensos en el año 58, Piensos Zeta, a la “que íbamos caminando desde Arucas a Las Palmas Sinforiano Mendoza, Hilario Déniz y Carlos Rodríguez desde las cuatro y media de la mañana. De Piensos Zeta pasó a Piensos Interpiensos, cacofónico recorrido laboral en la que llegó a ser jefe de ventas, despachando hasta 70 toneladas diarias, pero en las que también adoptó una singular habilidad, la de cortar los picos de las gallinas de granja.

«En el año 66 me hice famoso en eso, cobraba por pico, así que me fui con un amigo a dar un paseo a la Península, con un Peugeot GC 38144. Hicimos 13.000 kilómetros en 41 días. Me gustó lo del coche, así que cuando llego dejo Interpiensos y me compro un taxi, pero taxi poco. En el portabultos llevaba la máquina de cortar picos, que es como una radio así cuadrada, con una guillonita, una cadena y al pie. Me van dando las pollitas, meto el dedo el hocico y corto. Mil gallinas por hora».

Así fue, como entre picos y flautas se hizo la casa. Seis pisos tiene. Con una inigualable fachada de cantería azul de Arucas, cómo no, diseñada y ejecutada por él.

Antonio 'Pipote' Pérez Armas. José Carlos Guerra

«La cantería es mi pasión»

Pipote Pérez tiene garbo para múltiples oficios pero confiesa que la cantería es su pasión, desde que raya su dibujo en el cartón, hasta que ejecuta el diseño en piezas esculturales como ‘El Guanche’, que luce en su ciudad, o las filigranas de la fachada de su casa, inspirados en la ‘Puerta del Paraíso’ de Florencia, obra cumbre de Ghiberti. Con una capacidad pasmosa para afinar en los más pequeños detalles, a Pérez no se le escapa nada y de hecho todos los días produce varias páginas de lo que le acontece durante la jornada, lo que come, lo que ve, lo que dijo y le dijeron..., así durante toda su vida con miles de folios totalmente catalogados. En la imagen, Pipote en la plaza de San Juan.

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