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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Gáldar

Sardina, puerto kayak

Los antiguos bergantines y goletas que mercadeaban desde el puerto norteño a Santa Cruz de Tenerife han sido sustituidos por una moderna flota casi invisible

Aridane Ruiz Jiménez limpia en el varadero de Sardina, ayer, tres bicúas recién pescadas a bordo de su kayak. | | ANDRÉS CRUZ

Cuenta el cronista aldeano Francisco Suárez Moreno en su delicioso trabajo La mar en el oeste de Gran Canaria que lo que hoy es Sardina de Gáldar fue desde el origen de la ocupación europea en las islas un puerto natural, que junto con el muy colindante barranco de El Juncal, daba salida y entrada a los primeros productos fruto de los cultivos y de la incipiente industria.

Ruiz Jiménez con Alejandro Tomás atendiendo su embarcación. | | ANDRÉS CRUZ

Eran puntos de fondeo en los que se hacía difícil el embarque y desembarque, lo que obligaba, afirma, a la utilización de intrincados pescantes, «poleas, sogas y fajines», que se elevaban hasta la cubierta del barco.

Sardina, puerto kayak

«Una operación», relata Suárez Moreno, que requería rapidez por el riesgo que corrían los animales de hundirse, dado el peso del agua que le iba entrando en el cuerpo a través del ano».

Sardina, puerto kayak

Muy rápido Sardina se convertía en Puerto de Primera Tierra, con la isla de Tenerife al fondo del horizonte, a apenas 34,8 millas de distancia de la capital santacrucera, ó 64,45 kilómetros, «que cubría un velero», ya fuera bergantín o goleta, «en unas cuatro o cinco horas manteniendo un rumbo base de 305 grados en la ida y 125,6 grados en la vuelta, sin necesidad de largas bordadas y siempre con el puerto de destino a la vista».

Sardina, puerto kayak

A finales del siglo XVIII y principios del XIX el trajín requería de dos veleros, a dos viajes por semana cada uno, según recoge el cronista de la estadística de Escolar y Serrano, con doce marineros por barco y a lo que se añadía una falúa y seis marineros para la pesca de bajura. Y es que Sardina vivió la época dorada del cabotaje tras la implantación de los Puertos Francos en 1852, con viajes desde allí hasta La Aldea y Mogán, sin olvidar a la vecina Santa Cruz de Tenerife hasta principios del XX, por lo que Juan León y Castillo redacta el proyecto de muelle en 1864, terminando su construcción mucho después, en 1898, y que se añadía así al rutilante Faro de Sardina, que dio su primera luz en 1891.

El norte en esos principios del siglo XX tenía su bullicio, con trasiego de mercancías y unas «exportaciones azucareras y agrícolas» que requerían de nuevas instalaciones, como los almacenes de empaquetado de Fyffes, Yeowar o Duum, firmas que enlazaban luego con las capitales canarias para poner proa a los puertos continentales, para lo que añadieron un nuevo dique privado que se terminó en 1905.

Declive y ocurrencias

Paradójicamente, subraya Suárez, el declive de Sardina del Norte como enclave portuario comenzó «cuando la carretera y su tráfico rodado con los vehículos a motor enlazaron definitivamente a la comarca del noroeste con el Puerto de la Luz y su floreciente ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, según avanzaba la tercera década del siglo».

En la segunda mitad de siglo se sucedían las ideas para revitalizar la zona, como la de crear un punto de atraque para el celebérrimo jet foil, que a remolque de una pretendida urbanización turística en Costa Botija, donde ayer se seguía allanando terrenos para nuevos invernaderos, daría una supuesta vida a la zona con vistas a un campo de golf de 18 hoyos y a las pagodas, tipis y templos exóticos que iban a aliñar un proyecto que naufragó en sus aguas, como también lo hizo parte del primer muelle tras un devastador temporal, convirtiendo así en Sardina en uno de los pocos lugares que de puerto volvió a playa.

Y cuya flota a la vista a día de hoy está compuesta por las pocas chalanas que descansan a la vera del gran edificio del fondo donde se ubicara el celebérrimo restaurante La Fragata, marisco vivito y coleando, y que allí están de apoyo a otras embarcaciones fondeadas en su coqueta bahía, o simplemente como minúscula plataforma para la pesca litoral.

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Playa de Sardina de Gáldar Andrés Cruz

Un prodigio flotante

El guiense Aridane Ruiz Jiménez, de 34 años, es parte de una segunda flota, esta sí realmente grande, de unas cien embarcaciones que trasiegan por los embarcaderos de Sardina y que suponen una elegante y funcional reinterpretación del kayak de toda la vida.

No se ven todas juntas, porque son de quita y pon, y es suficiente con tener una buena baca en el coche para acomodarlas en el astillero particular de cada capitán.

La de Aridane Ruiz Jiménez, que salió a las diez de la mañana a la Cueva de Las Palomas sin poder doblar por el Faro de Sardina visto el alisio que soplaba ayer, regresa al mediodía con tres bicúas pescadas desde su prodigio de la marca de Hobie, que es el constructor.

Es un modelo Mirage Revolution 13, con el casco de polietileno rotomoldeado, y a efectos de tecnología está a la altura del jet foil, pero a ras de agua.

Tres tambuchos estancos, un sistema de pedales que son lo que les dé macho para alcanzar hasta casi cinco nudos de velocidad con la caña de pescar en la mano y, a bordo, un sonar GPS con el que monitorea el fondo, los metros y si es rocoso o arenoso. Detrás, dos porta cañas justo tras el asiento modulable con refuerzo lumbar, a lo que se suma una pala de dos piezas, un timón abatible y un soporte para vela. También lleva estabilizadores en ambos flancos y un sistema de ‘aterrizaje’ con dos ruedas también abatibles.

Con el artefacto ha llegado Ruiz Jiménez a perder la noción del tiempo en la mar durante ocho horas, como cuando salió en El Hierro de Playa de Tacorón y llegó al Faro de La Orchilla, «mi novia estuvo a punto de llamar al helicóptero», se disculpa, por un entretenimiento, «que además incluye deporte, tranquilidad y una pesca sostenible”, ilustra mientras él limpia el pescado, una turba de cangrejos merodea en la rampa a ver si les cae algo y se posa una gaviota de una sola pata que ya es conocida en Sardina por su equilibrio, y quejarse amargamente, según se desprende de sus singuíos.

Ruiz es amigo de Alejandro Tomás, de 35 años, que de alguna manera representa el antiguo arte de pescar en embarcaciones de algo más de eslora y francobordo, en la Diva II, una de las pocas que quedan ya en fondeo en las aguas de puerto, herencia de su padre. Al igual que los buceadores que forman parte del paisaje de la espectacular playa destaca el abigarrado mundo que esconde la lámina de agua. Tanto en superficie como en fondo, con sus depredadores acechando desde arriba, como el sierra, la bicúa, el pejerrey o los jureles, que no quitan ojo a lo que hay debajo, el gallo, el sargo, la sama o el lebrancho.

Pero también cazones, «a veces del tamaño de la chalana», señala Alejandro, y hasta «chuchos que suben por lo seco», todo ello visto desde un nuevo paseo y una nueva disposición de varaderos: un primer muelle para barcos sin motor, una segunda rampa para los buceadores, y un tercer embarcadero para los barcos de motor.

Para los buceadores Marcos González y su amigo Pedro, a punto de meterse en el agua a retratar sus fondos, Sardina es una de sus playas imprescindibles, a la que intentan acudir al menos una vez por semana a lo largo de todo el año, «y cada inmersión es distinta», con su explosión de mantelinas, angelotes y rayas, y que hacen del buceo nocturno, «un auténtico espectáculo».

Pero también con su flora, como un grupo de gorgonia «que también está prosperando», de tal forma y manera que entre los dos metros y los 18 metros de profundidad, «lo tienes de todo».

Un mundo subacuático lleno de vida, y que también ofrece aguas muy seguras, y por lo tanto que atrae a escuelas de buceo de toda la isla, pero que también tienen su particular queja por los cierres de acceso, limitados a las doce del mediodía y por la falta de espacio para cambiarse, por lo que a veces, muchas, se ven como pez fuera del agua bajando o subiendo el paseo equipados con unos 30 kilos de equipo entre chaques, botellas, gafas, aletas y cámaras caminando un largo tramo por la que, por otra parte es, hoy en día, una de las playas mejor adecentadas ya no solo del norte, sino de buena parte del archipiélago.

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