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El charco de la nostalgia

Cientos de aldeanos emigrantes vuelven a la localidad en septiembre para disfrutar las fiestas a pesar de la cancelación de los grandes actos

Pequeña celebración del Charco en La Aldea La Provincia

Ya no se escucha el sonido de los callaos moverse tras el paso de los aldeanos, ni el chapoteo del agua al tiempo que miles de personas se introducen en el charco de La Aldea. Los actos más multitudinarios de las populares fiestas patronales de la lejana localidad del oeste de Gran Canaria fueron suspendidos por segundo año consecutivo y, sin embargo, todo el mundo ha vuelto este septiembre al municipio. «Es que para un aldeano el año nuevo empieza cuando termina el charco», expresa convencido un vecino para exlicar porque no se pierde la fecha, haya o no fiesta, y añade que es una forma de pensar transmitida por sus padres y sus abuelos.

El charco de la nostalgia

A las doce del mediodía del día grande de El Charco -el 11 de septiembre-, cientos de personas comienzan a llegar hasta el pequeño pueblo costero. La serpenteante carretera que une la costa del municipio de Agaete con la cala aldeana está más transitada que de costumbre e incluso las zonas de aparcamiento cercanas al muelle se encuentran completamente ocupadas. Las terrazas, sin estar abarrotadas, cuentan con numerosos clientes que se toman su cerveza mirando al mar y numerosos bañistas se introducen en las frías aguas de la playa para soportar los casi 30 grados.

El coronavirus no ha impedido que el pueblo cobre vida en la semana de sus fiestas patronales. «Es que nosotros no nos hundimos, nos caracterizamos por nuestra capacidad de adaptación como municipio aislado que siempre fuimos», expresa orgulloso Isidro Medina, presidente del club deportivo Engaliate, cuyos miembros se acercaron hasta el parque Rubén Díaz -situado a escasos metros de la extensa masa de agua adorada por todos los habitantes del municipio-. «Nos hemos venido aquí para pasar el día y hacer algo alternativo al charco», explica señalando a su grupo, que se entretiene jugando a la petanca sin distinciones de edad, jóvenes y mayores juntos.

Las hermanas Nina, Lucía, Marisol y Amalia se acercan por el contrario al gran charco, observando con melancolía el lugar donde han vivido grandes momentos y experiencias. Todas viven ahora junto a sus familias en el Cruce de Arinaga, pero jamás pierden la ocasión de volver al charco. «La sensación que sentimos los minutos antes de que suene el pistoletazo de salida, antes de introducirse en el agua, es indescriptible», añade emocionada Nina, mientras su hermana Lucía lo describe como «mariposas en el estómago».

Apellidadas García, recuerdan acudir todos los años con su familia (un grupo de hasta 30 personas) con camisetas a juego donde podía leerse Los Garcían van pal charco. «Nos poníamos siempre en primera línea, para entrar en el agua antes que nadie; primero los adultos y después volvíamos a por los niños, porque sino si que puede ser un poco peligroso», rememoran emocionadas, destacando también la pesca de las lisas. «Siempre intentamos coger alguna grande, pero nunca hemos conseguido ganar nada», añaden entre risas.

Y es que cada persona afín a La Aldea guarda sus propios recuerdos especiales. Juan Alzola, por ejemplo, es natural del municipio de Telde, pero asiste a la fiesta de El Charco desde que era un niño. De hecho, es conocido por cocinar cada año bajo los árboles una gran paella para más de 100 personas y repartirla de forma altruista a las primeras personas en solicitarla. «Es un poco triste venir y ver el charco vacío, cuando sabes que otros años llegaban a venir unas 20.000 personas», expresa resentido. José Monzón, vecino de Mogán, señala su vinculación a las fiestas como efectivo de protección civil. «Me tocaba todos los años venir, antes de jubilarme», concreta. Ambos afirman la importancia de este evento para la Isla y señalan con aprobación el buen desarrollo que ha tenido con el paso de los años. «La seguridad ha mejorado mucho», concluyen.

El charco de la nostalgia Judith Pulido

De hecho, la mayoría de aldeanos han alabado la gestión municipal con respecto a las fiestas. A pesar de que los actos más populares como la rama, la romería o el propio charco no se previeron este año por la situación del coronavirus, el Ayuntamiento sí que organizó para esta semana diversas actividades para entretener a los ciudadanos. Principalmente conciertos, como el que tuvo lugar ayer a cargo del grupo Taburiente, actividades infantiles y mercadillos. «La situación ahora mismo es un poco amarga, pero tenemos la ilusión de que el próximo año realmente podamos celebrarlo; ese será realmente un charco de mucha participación porque creo que todos los aldeanos tenemos la emoción contenida», declara el alcalde, Tomás Pérez.

Numerosas familias se asentaron a la hora de comer en el parque junto al charco, colocando la comida casera en las mesas de madera repartidas por la zona para disfrutar de un día en familia. Y es que las fiestas son principalmente familiares, según sostienen los aldeanos. «Muchos vecinos se mudan a otros municipios para trabajar, pero siempre vuelven a La Aldea en septiembre; de hecho, muchos se cogen las vacaciones en estos días para asegurarse que van a poder venir a las fiestas», sostiene por su parte Fidel García, que insiste en que es una cuestión de mantener las tradiciones. «Es una oportunidad para reencontrarnos todos y con nuestras raíces», agrega.

En ese sentido, los vecinos señalan la víspera del día del Pino -el 7 de septiembre- como una de las fechas más claves de las fiestas, obviando el chapuzón en el charco. «Ese es el día que volvemos la mayoría de aldeanos que vivimos fuera, unas 2.000 familias; siempre se hace la primera verbena de las fiestas, todos salimos a la plaza y nos reencontramos después de un año sin vernos», explica Isidro Medina. «Es un encuentro que no se señala en el programa de fiestas, pero que es muy importante y emotivo para nosotros», asegura.

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