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CRÓNICA HISTÓRICA

Sesenta años de moderna expansión

Agua de Firgas inauguraba hace 60 años su planta de embotellado «soñada por el público canario» | En 1961 la empresa producía 20 millones de botellas al año

Una imagen de la inauguración de la planta de embotellado de Agua de Firgas que ponía en marcha en 1961. LP/DLP

«La carretera que enlaza el pueblo de Firgas con las Madres en Gran Canaria tiene varios kilómetros de longitud. Cuelga casi toda ella en la pronunciada vertiente del naciente del tramo del angosto barranco que lleva ese nombre y proporciona a quienes buscan el magno espectáculo del paisaje canario las estampas más contrastadas y bellas. Frente por frente, corre parejo el sistema sobre el que serpentea, entre grandes penachos de eucaliptos, la carretera de Fontanales; por encima, asomando tímidamente, las llamativas torres de la iglesia de la villa de Moya; abajo queda la garganta, la humedad, los berros y el croar de las ranas, y a un lado y otro, las casitas campesinas penden de manera tan inverosímil como peligrosa en cualquier saliente formado a capricho en las paredes de basalto. Pero con ser extraordinaria la agreste belleza de este paisaje siempre renovado y nuevo, por los cambiantes tonos que surgen a cada minuto, según la inclinación del sol y la montaña está justamente donde nace el manantial ‘La Ideal’ que nos proporciona la exquisita agua de mesa que ha servido para señorear el nombre de Firgas y el de Canarias lo mismo en el mantel del pudiente como en el del pobre, en el del gran hotel como en el de la pensión modesta, restaurante o bar, y porque es maravilloso que agua de la calidad de la de Firgas pueda estar tan al alcance de todos los labios».

Así comenzaba la crónica de aquel 24 de noviembre de 1961, cuando la empresa constituida en 1930 experimentaba un significativo avance con la inauguración de sus nuevas instalaciones en el recóndito barranco de Las Madres, cara a plasmar lo que desde hacía mucho tiempo proyectaba el consejo directivo: «convertir el manantial ‘La Ideal’ en la instalación no sólo soñada por ellos sino por el público canario», tal como expresaran sus responsables en aquel momento, a través de un complejo industrial que representaba un extraordinario avance en el desarrollo industrial y sanitario de España.

El jesuita Juan María Ponce González bendiciendo las flamantes instalaciones. LP/DLP

Aquel viernes, una comitiva protocolaria formada por el presidente y vicepresidente del Cabildo, Federico Díaz Bertrana y Prudencio Guzmán González; el alcalde de Las Palmas, José Ramírez Bethencourt; el delegado de Hacienda, Fernando Morales Cambreleng; el presidente de la Audiencia Provincial, Luis Vallejo Quero; el Fiscal-Jefe, Juan Antonio Altés Salafranca; el delegado provincial de Trabajo, Salvador García Alvarado; el jefe provincial de Sanidad, Dr. Beato; el jefe de Sanidad Exterior, Martín Yumar; el presidente del Colegio de Médicos, Juan Bosch Millares; el ingeniero jefe de Obras Públicas, Caballero de Rodas; los alcaldes de Arucas y Firgas, José Henríquez Pitti y Julián Marrero Pérez; así como directores de bancos, arquitectos, médicos, representantes del mundo industrial, comercial y periodístico de Canarias, junto a los dueños de la empresa, personal y muchos curiosos llenaron el barranco de Las Madres de Firgas.

Imagen exterior de la planta en el barranco de las Madres. LP/DLP

Las nuevas instalaciones de Agua de Firgas fueron bendecidas a las cinco de la tarde de hace sesenta años por el jesuita Juan María Ponce González, rector de la congregación de San Ignacio de Loyola y persona de gran estima en la villa.

Tras la bendición se procedió a la puesta en marcha de la maquinaria donde las botellas se deslizaban por la cinta transportadora a la planta baja y se mostró a todos los visitantes los avances en el proceso de lavado, llenado y salida de las botellas. Pudieron comprobar cómo el agua que afloraba a 21 grados de temperatura pasaba por el refrigerador de la nueva instalación y se envasaba a cuatro grados; cómo, después de dejar atrás la lavadora, pasaban ante una pantalla en la que un empleado vigilaba una a una las botellas para quitar de la circulación aquellas que no estuviesen en condiciones, así como el proceso que se llevaba a cabo para el embotellado y capsulado, tras el que volvían a la cinta sinfin que las transportaba hasta el almacén donde volvían a las cajas y directamente a los camiones que iniciaban nuevamente el proceso. El admirado recorrido de los visitantes de la nueva fábrica, les llevó a la planta eléctrica, la caldera, o a comprobar cómo cuando se producía algún accidente la cinta se detenía y unas luces señalaban electrónicamente el lugar exacto donde se había producido. Las paredes cubiertas de azulejos hasta más de dos metros de altura terminaban por completar una sensación de higiene y limpieza que, unido a la eficacia de toda la organización del complejo, fue algo que todos los asistentes destacaron. Los periodistas presentes destacaron la impresión que produjo «la solidez y configuración del edificio y la distribución conseguida dentro del mismo para convertir el importante trabajo que se realiza junto al famoso manantial ‘La Ideal’ en una labor tan sencilla como simple, presidida por las normas de higiene que dictan las grandes conquistas conseguidas en esta materia por el progreso».

El recorrido permitió comprobar a sus visitantes cómo cuando se producía algún accidente unas luces señalaban electrónicamente el lugar exacto

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La comparación con las antiguas dependencias de la fuente ya sin funcionamiento, pero integradas al enorme edificio; dejaban claro el interés de los propietarios por hacer bien lo que estaban haciendo.

Domingo González Arencibia y Antonio Arencibia Rodríguez supieron dar con mucho acierto aquel paso en el que se metían hace hoy seis décadas.

Se construyeron asimismo nuevas instalaciones destinada al personal de la empresa que iban desde cuartos de baño, cuarto de vestuario con cuarenta roperos empotrados, cocina dotada del menaje correspondiente y comedor también para cuarenta plazas.

Aquello fue un magnífico broche para el trabajo que llevaba realizándose desde el día 7 de agosto del año 1930, que fue el momento en el que se constituyó la sociedad empresarial Aguas Minerales de Firgas, con la unión de ‘Del Río y Compañía’ y ‘Arencibia y González’, en base a dos tercios de esta última y un tercio de la primera.

La primera, nacida de la intervención de Jerónimo del Río y Falcón (presidente y gestor de la empresa) con María Dolores Wood Melián, Atilio Ley Arata, Rafael González Hernández, Rafael González Díaz y Benito Pérez Armas. Jerónimo del Río, con poderes de familias terorenses, intentó asimismo quedarse con las aguas de la Fuente Agria de Teror ocasionando con su intervención la famosa Manifestación de 1914 en defensa de la propiedad pública del manantial terorense.

La declaración de Utilidad Pública concedida previamente por Real Orden de 25 de enero de 1929 ensanchó los horizontes primeros y movieron a esta unión de las dos empresas. Atrás quedarían muchos acontecimientos previos que llevarían a ello y que quedan ahí para una profundización mayor, como, por ejemplo, lo afirmado en la Real Orden del Ministro de la Gobernación de 20 de noviembre de 1909 para «vender y exportar embotelladas las aguas minero medicinales que emergen en el barranco de Azuaje en términos de Firgas, en la Isla de Gran Canaria, en solicitud de que se prohiba la venta de aguas que con carácter de medicinal se expenden en la Isla sin la oportuna autorización de este Ministerio y en particular las que emergen a 90 metros del manantial de su propiedad en terrenos de don Laureano Pérez, vecino de Firgas».

La fusión llevada a cabo en 1930 fue por ello y mucho más, el momento tal como destacara González Guerra en 1983, en el que la comercialización del agua de Firgas tomó impulso y su expansión fue ya una constante fija para mejorar en lo técnico e ir a una gran planta embotelladora de agua mineral, que fue la realidad que se puede contemplar en el barranco de la Montaña desde hace seis décadas. Allí donde se encontraba el primitivo manantial de La Ideal se fueron incorporando después, fruto de las gestiones de sus propietarios, los manantiales Ideal 1 e Ideal 2, en El Caiderillo del Lance y en El Rapador.

Todos esos avances iban parejos a la transformación de la modesta iniciativa inicial en Sociedad Limitada en 1930 y en Sociedad Anónima en 1982.

Y si en 1930 comenzaban con cuatro empleados; veinte años más tarde tenían 82 trabajadores con una producción anual de 2.241.000 botellas; producción que alcanzaba al inicio de los sesenta las 12.403.916 botellas con 102 empleados, que ascendían más de 20 millones de unidades después de las obras realizadas en 1961, con 157 asalariados tan sólo cuatro años más tarde de la inauguración que celebramos.

El aumento de la flota de camiones; la ampliación de las instalaciones con las de El Rincón; la modernización de las técnicas comerciales y de presencia en el mercado hicieron que la empresa avanzara muchísimo en los años siguientes a la nueva edificación.

En estas décadas transcurridas, Aguas de Firgas ha seguido siendo lo que fue en un primer momento: una empresa familiar ligada fuertemente al lugar donde apareció, con una presencia siempre activa por Firgas y sus intereses. Quede ahí su colaboración en la hechura del retablo de la iglesia parroquial de San Roque como uno de los ejemplos.

Y condecoraciones merecidas, valoraciones de su magnífica actividad profesional más todo lo que ha venido para la villa del agua por la presencia de esta empresa, es la constatación de que la familia González sigue siendo porque así lo han querido unos firguenses más, unidos a todos los aconteceres que trae consigo el futuro de cualquier comunidad social.

Domingo González Arencibia falleció el 30 de enero de 1987 y pese a la temprana desaparición de otros miembros de la familia, queda hoy la presencia de su hijo, Domingo González Guerra, como la muestra de su buen hacer y su cariño a la tierra.

Como cariño le tienen también a su tierra todos los hombres y mujeres de Firgas, fuertes como la piedra de sus barrancos y suaves en el trato como la delicadeza de su agua agria.

Ya lo dijo René Verneau cuando afirmó que Firgas era «uno de los pueblos más encantadores de la isla» y que allí brotaba «el agua gaseosa conocida con el nombre de agua agria..., un agua excelente, que sale de una roca muy dura».

* José Luis Yánez Rodríguez es Cronista Oficial de Teror

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