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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Esta isla es un cuento

Una quincena de artistas retrata Gran Canaria a golpe de relatos cortos, fotos e ilustraciones

Vista de la villa de Moya desde el barranco del mismo nombre. | | Nacho González Oramas

El Cabildo de Gran Canaria acaba de sacar del horno editorial el volumen Una isla contada, una deliciosa ruta de norte a sur y del mar a cumbre donde se funde la literatura con las imágenes.

«Mi madre acabó en San Nicolás por pura nostalgia: leyó ‘callejón de la acequia’ en un mapa y quiso imaginar burros remontando la cuesta cargados con forraje o papas o pencas. Se soñó de nuevo con los pies metidos en el agua verdosa, las ranas embaucando a las libélulas, las cabras ramoneando entre pitas y tabaibas, el cencerreo apacible de las ovejas a ras de la hierba seca, los murciélagos danzando como marionetas en un cielo que se entinta lentamente tras un ocaso de fuego. Cuando ella llegó, recién casada, a la calle Álamo, los riscos ya estaban perdiendo su aire agrícola. Fue testigo ultrajado de cómo se despojaban de las tuneras y las lánguidas sombras de las palmeras lentamente, mientras ganaban en hormigón y aluminio lo que perdían en foresta».

La periodista Angie Jurado, con su texto Cicatriz, en el que dibuja una infancia en El Risco de San Nicolás, forma parte del elenco de doce autores que le dan la vuelta a Gran Canaria en el volumen editado por el Cabildo y titulado Una isla contada, que también cuenta con la fotografía de Nacho González Oramas y las ilustraciones de Augusto Vives.

En la cumbre mora un hombre de nombre Ambrosio con un perro llamado Capullo II, en recuerdo de Capullo I

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Una prosa y una imagen con personalidades y rutas muy definidas que son solo el pretexto para humanizarlas con una sucesión de relatos cortos con sus completas tramas argumentales. Así, el escritor Carlos Álvarez con Un picnic en Los Nidillos retrata el paisaje y paisanaje entre el puerto y Las Canteras en el muy entretenido devenir de Carmita y su novio.

Emilio González Déniz, en su Salvarse del maremoto, pasea por el barrio de Arenales de la mano de su abuela Genoveva, una señora «que sabía el día y la hora en que iba a morir».

Paula I. Nogales Romero cubre la isla que abarca desde Vegueta a Triana. Yo era la niña más alegre del mundo, titula un texto en el que además de contenta se confiesa con desparpajo como «la más payasa» y que pasa revista, entre otros muchos, a emblemas capitales como la iglesia de Santo Domingo, la catedral de Santa Ana, el Museo Canario, y la imaginería de la Semana Santa.

Barrio de San Juan con gallo acechando el objetivo del fotógrafo Nacho González Oramas. | | NACHO GONZÁLEZ ORAMAS

Desde lo alto, titula Eduvigis Hernández Cabrera, su itinerario por la ciudad alta y Escaleritas, con una mirada a la metrópolis litoral, donde «refulge la bahía con brillo plácido» y donde, durante el mediodía, escribe, «parece que todo se detiene, se amortiguan los sonidos y el aire circula limpio».

La salida de la capital la inicia Santiago Gil, de Bañaderos a La Aldea de San Nicolás, con su relato Guayedra, en el que se mete en la piel de un escritor australiano cuya vida dio un giro al traspasar Bañaderos y toparse con la cola del dragón que dibuja en el horizonte la orografía del risco marítimo que nace en Agaete y muere en La Aldea, Guayedra mediante.

Las medianías del sur son ‘propiedad’ de Pepa Aurora, que con El Guayadeque legendario invita a adentrarse en la mística de las «viviendas trepadoras» ocupadas desde el siglo II por unos antepasados que, ante la falta de mayores evidencias, «por ahora son solo espectros que llenan de fantasía las mentes soñadoras».

El volumen «es una isla vivida por artistas que la pueblan y la relatan», sentencia la consejera Guacimara Medina

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Alicia Llarena, Con acento en la í, ejerce de cicerone en la vertiente sur, de la villa a la playa de Mogán, con Caín, al que conoció en una cita a ciegas en First Dates, y al que le explica la diferencia entre Mogán pueblo y playa de Mogán, entre Arguineguín y Argüinegüin, pero a cuyo lado «aprendí a recorrer y a mirar el terruño de un modo distinto».

De vuelta al norte toca merodear por sus medianías, de Teror a Valleseco, de la mano de Ángel Sánchez, sin perder la vista la Moya alfombrada por la Selva de Doramas, reducto del caudillo del mismo nombre, «que murió defendiendo la libertad de su pueblo». En el ático grancanario, de San Mateo al Roque Nublo, en lo que el isleño llama Cumbre, Antolín Dávila ofrece en Un coqueto mar de nubes, las divagaciones de un hombre llamado Ambrosio y su perro, bautizado Capullo II, como homenaje a su perro primigenio, el de su infancia, el inolvidable Capullo I, compañero de tropelías en el hurto de nísperos y membrillos.

Esta isla es un cuento

Cierra el volumen un audiolibro con su título genérico, Una isla contada, con Luifer Rodríguez y Mari Carmen Sánchez en la narración, y las voces incidentales del alumnado de interpretación, doblaje y locución del instituto del Cine Canarias, con música a cargo de Jonay Armas.

Guacimara Medina, consejera de Cultura del Cabildo, asevera en su presentación que la obra «es una isla vivida, vivida por artistas que la pueblan y la relatan, que parpadean en sus cicatrices y se amontonan en su nubes, que coquetean con sus mares y escalan sus barrancos y laderas».

Y lleva razón, como también la tiene Alexis Ravelo en su prólogo, en el que sentencia que «Gran Canaria es algo más que una urbanización turística, una piscina, una playa de arena rubia. Es una isla que crece hacia dentro en sus riscos y barrancos, que alterna feraces costas volcánicas y plácidas umbrías, cavernas recónditas, ciudades que se orienta hacia la luz», y que obliga a «atisbar lo que hay más allá de la apariencia».

La obra tiene una tirada de 4.500 ejemplares, que incluyen mil en inglés, y otros tantos en alemán.

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