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Pedro Ramírez: “Vendemos nuestro vino en 24 territorios de Estados Unidos”

El bodeguero Pedro Ramírez, copropietario de Frontón de Oro. | | ANDRÉS CRUZ

El bodeguero Pedro Ramírez, copropietario de Frontón de Oro. | | ANDRÉS CRUZ / M. Pino Pérez

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M. Pino Pérez

san mateo

Pedro Ramírez Peñate (San Mateo, 1967) es copropietario junto a su hermano Antonio de Bodegas Frontón de Oro, que puso en marcha su padre en La Lechuza y ahora exporta a Estados Unidos. El viticultor, que produce a 1.200 metros de altitud, echa en falta la apuesta de los hoteles por los vinos canarios.

Su bodega es la que más produce de San Mateo. ¿Por qué no participa en los concursos que organiza el Cabildo?

Es que a veces los premios te perjudican más que te benefician, a nuestra manera de pensar. Desde 2008 decidimos no participar. Y, en cambio, a las pequeñas bodegas un premio le ayuda mucho en los inicios, porque a nosotros nos pasó cuando empezamos.

¿Y cómo se comporta el mercado ahora, tras la pandemia?

Tras estos dos años de la pandemia lo que hemos hecho es volver a hacer presentaciones. Se sigue vendiendo, pero hemos vuelto a recuperar las promociones en Estados Unidos, y eso supone que nos hemos vuelto a enganchar al tren de funcionamiento.

¿Es fácil conquistar y mantenerse en el mercado de Estados Unidos?

Un poco difícil, pero bueno todo en la vida cuesta y si nosotros hemos podido llegar, otros lo pueden hacer. Ya estamos en 24 estados de Estados Unidos. Empezamos con un exportador de la Península que empezó a optar por este mercado y ofrecer las variedades únicas de Canarias. Muchas de las variedades de Europa desaparecieron con la filoxera y aquí los navegantes fueron dejando esas variedades que se preservaron porque no llegó la plaga. Son 38 variedades, y solo hay algunas de esas variedades están en Chile y en Argentina.

¿Qué les ha resultado más sencillo, colocar el vino en Estados Unidos o en la Península?

Es cuestión de suerte, y encontrar al importador adecuado, y que un mercado sea interesante. A veces es cuestión de muchos factores que están sobre la mesa y hay que elegir. Ahora, en estos momentos estamos organizando una nueva promoción en Bélgica y Holanda, el 27 y 28 de junio, para intentar captar importadores para esa zona.

¿Ha sido muy duro transformar la pequeña bodega que le deja su padre en una de las que más produce en la isla?

Hay mucho sudor y esfuerzo humano detrás del proyecto. Aparte, nosotros cosechamos nuestra propia uva, elaboramos el vino y distribuimos a nivel insular, por lo que controlamos las tres patas del producto.

¿Y cuál es el secreto para lograr crecer y expandirse en este negocio familiar en un sector tan competitivo?

Pues mi hermano Antonio y yo estamos muy coordinados. Hasta aquí lo hemos conseguido, aunque con pequeños inconvenientes a la hora de conseguir finca y levantar el negocio. Lo más importante es la ilusión que tienes por el mundo del vino. Han sido un camino. En 1970 mi padre, que venía de Santa Lucía y se casó con mi madre, que era de una familiar veguera vinculada a la ganadería, ya empieza en una finca de La Lechuza con ese gusanillo, que traía de su zona, de hacer vino, y comenzó así con algunas viñas que había allí. Es en 1995 cuando empezamos a embotellar, y se plantó toda la finca.

¿Cómo surge el nombre de la marca y trabajar con su hermano?

Mi hermano Antonio y yo siempre hemos trabajado juntos y decidimos apostar por la vitivinicultura. La marca tiene una significado porque la finca de La Lechuza, en San Mateo, está registrada con el nombre de El Frontón, y la palabra de oro viene por los rayos de sol. Así surge el nombre de la marca. Mucha gente lo relacionaba con dinero, pero no fue es esa la idea.

¿Cuántos terrenos tienen ahora cultivados?

Pues unas diez hectáreas. Empezamos produciendo unos mil y pico o dos mil litros de vino, y ahora vamos por unas 80.000 o 90.000 botellas, y este año vamos a dar un salto y esperamos llegar a las 130.000 botellas. Hemos plantado más terrenos.

¿Qué es lo que da ese sabor a las uvas con las que elabora sus vinos?

Creo que la altitud a la que están las tierras, el terreno volcánico y la orientación. No le hemos descubierto nosotros, pues en la finca hay parrales de más de 100 años. Lo que hemos hecho es seguir el testigo porque en esa zona de La Lechuza ya se plantaba en bancales o en laderas, donde se mezcla la ceniza con la arcilla volcánica.

¿Y cómo fue la última cosecha y como espera la nueva?

Pues fue buena, pero nos queda el mal sabor de boca porque no se recogió lo que se esperaba en base a la superficie que cultivamos. Estamos en manos del clima. Este año vienen las parras con bastantes racimos y ha cuajado bien la floración, todo va bien y las parcelas a medio rendimiento están al cien por ciento. En total, recogemos unos 80.000 kilos, aunque el pasado año fueron 50.000 kilos, y eso supone el 16% de toda la producción de la Denominación de Origen de Gran Canaria.

¿Cuál es la variedad de uva que más se da?

La principal variedad es el listán negro, pero hay listán prieto, tintilla, vijariego, en lo que es la parte tinta. En la parte blanca están el listán blanco, malvasía volcánica, albillo criollo, y forastera gomera. Dentro de toda la producción hay más tinto, un setenta por ciento es vino tinto, y el resto es blanco.

¿Cuándo empieza en esto ya sabía de algo de vinos ?

No, el mundo de la vitivinicultura me llamaba la atención. Hace como 20 años ya que me formé, hice un máster en enología y marketing y ya fui conociendo más. Y luego es todo el día a día.

¿Resulta complicado para un bodeguero canario competir con los vinos de la Península, tanto por los pequeños terrenos de las Islas como por los costes de transporte?

Un poco sí. Los recursos aquí son limitados, uno es el suelo y otro el agua. Hay muchas zonas en las que no se puede meter maquinaria. Tenemos muchos terrenos en el sur de herencia y no se puede plantar porque es complicado regar y están en una zona donde los animales se comen la producción. Y para mí hay una regla del juego básica: los animales no tienen concepto de titularidad; ellos ven fruta y no saben de quien es; sólo ven comida, y nosotros haríamos lo mismo. Me dicen, ¿y que haces para que los animales no te ataquen? Y respondo pues muy simple, les dejo que coman porque ellos tienen que vivir.

Ahora que acabamos de pasar el Día de Canarias, ¿en los supermercados es fácil que te coloquen el vino en los mejores lineales o no es tan real en la práctica?

En algunos más y en otros menos. Digamos que hay un guiño por estas fechas, en todos los supermercados, pero sí que el consumidor ya busca los vinos de la tierra y tienen que ponerlos. El consumidor cada vez se da más cuenta de que merece la pena pagar por el vino que se hace todo a mano, y cuida mucho todo la uva y todo el paisaje. De hecho, el Cabildo nos ha puesto como ejemplo de mosaico contra los incendios.

¿Los hoteles, cómo llevan lo de poner en las cartas los caldos de las islas?

Muchos más despacio. Los hoteles tienen detrás a sus cadenas y ellos se mueven muchos desde Península por precios. Da rabia, porque hay determinadas cadenas como Paradores Nacionales en donde cuesta que te pongan el vino. En El Parador de Tejeda te encuentras solo con dos vinos de Gran Canaria. Eso no es lógico, y porque la central de compras está en Península. Luchamos por salir, por vender; nos tropezamos con verdaderos monstruos en la distribución y no tenemos capacidad para luchar contra ellos.

¿Por qué se anima tanta gente ahora a plantar uvas, por las ayudas europeas?

No es por las ayudas, porque no compensan lo que cuesta el esfuerzo de mantener un viñedo; lo que compensa es el amor por la viña y que mucha gente quiere hacer su vino. Eso atrae más que las ayudas. Y para lograr las ayudas te vuelves loco porque son papeles y modificaciones en el registro de viñedos Sigpac cada tres meses.

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