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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Medioambiente

La laurisilva del castaño dormido

Las cuadrillas del Plan de Empleo de Transición Ecológica del Cabildo trabajan por primera vez con la propiedad privada descubriendo deliciosos secretos

Vista del pago de San Isidro, en Teror, desde el inicio de su laurisilva en la que destaca las cubiertas a dos aguas de su ermita del siglo XVII. | LP/DLP LP / DLP

El expolio forestal de la isla de Gran Canaria fue desde el momento de la ocupación europea de tal calibre, que tras cinco siglos de talas apenas queda hoy entre un 3 y un 4 por ciento de la superficie original de laurisilva. Pero algo se mueve entre barbuzanos y mocanes. El abandono de la explotación de estos bosques a remolque del boom turístico, está provocando que la naturaleza vaya recuperando desde mitad del siglo pasado el terreno perdido, a veces de manera imperceptible, y otras irrumpiendo con tanta fuerza ahora que se convierten en una suerte de selvas infranqueables.

Como ocurre en el pago de San Isidro, dentro del término municipal de Teror, donde por encima de su ermita del siglo XVII, ha ido caminando la vegetación ocultando durante el lento paso de las décadas senderos, lindes, acequias, bancales, y todo resquicio de su anterior explotación.

El descubrimiento de lo que hasta hoy esconde este intrincado corazón verde ha sido posible gracias al más de centenar de personas que desde comienzos de año trabajan en el Plan de Empleo de Transición Ecológica del Cabildo de Gran Canaria, un despliegue de efectivos y talento, en el que concurren con un mismo objetivo de reordenar los espacios forestales y hacerlos convivir con fincas agrícolas y ganaderas con el fin de evitar el fuego, operarios a pie de tierra con ingenieros agrónomos, ingenieros mecánicos, cartógrafos, geólogos, ambientalistas..., y toda una cadena de disciplinas coordinadas mano a mano, y por primera vez, con la propiedad privada.

Antes del gran incendio de 2019 los titulares de fincas forestales y la administración eran agua y aceite. Los primeros, reacios a proyectar planes de futuro con la segunda por la cadena de restricciones, prohibiciones y límites al desarrollo de sus zonas. La catástrofe ha cambiado la percepción, visto que el fuego no hace distinciones catastrales. Esto, en una isla en el que más del 80 por ciento de la superficie arbolada está en manos de particulares.

El operario Oliver Guerra Díaz, a plena motosierra, en la umbría del monteverde de San Isidro. | | LP/DLP

Dos ovejas pelibuey

Para romper el hielo se requieren de personas de reconocido prestigio en el lugar, para informar, reunirse y animar a los propietarios a llegar acuerdos, como ocurre con el técnico del Cabildo Armando Rodríguez, una suerte de embajador que ha abierto la colaboración en puntos como el citado San Isidro. Ejemplo de esa apertura es el propietario Aurelio Rocco, que posee unas plantaciones de frutales a estribor de la ermita, a la vera del barranco, y que hasta prácticamente antier estaban sepultados por nada menos que seis metros de zarzas.

Las desbrozadoras del Plan de Empleo entraron en el bancal, redescubrieron la cadena de limoneros, y ahora resulta que el fuego se encuentra con una barrera infranqueable y Rocco de nuevo tendrá limones, se está pensando plantar papas en la zona despejada, y si le dejan vallar, hasta pondrá dos ovejas pelibuey, que a efectos prácticos rurales, resulta la Roomba de campo adentro.

Es mediodía, y por encima de los matos ahora liberados se oye el singuío de la motosierra.

Los ingenieros técnico agrícola Antonio Postigo y Beatriz Pernía Bardiola; el arquitecto técnico José Manuel González; y el ingeniero mecánico Samuel Domínguez, comandan una cuadrilla que se encuentra trabajando bajo una impresionante cubierta vegetal situada por encima de la carretera que une Teror con San Mateo.

E invitan a subir. Los cinco, porque Rocco también se apunta, muestran más entusiasmo por lo que hay que enseñar que el número de revoluciones por minuto del cuatro tiempos de la desbrozadora. Suben por un camino con el piso de concreto que se va estrechando. Toman un requiebro y ahora es sendero de tierra.

La laurisilva del castaño dormido | | LP/DLP

A medida que se asciende, tuneras y palmeras dan paso a la umbría, hasta que todo se hace selva. Dentro están los operarios, margullando en un verde que duele. Eliminan zarzas, limpian cañas, cortan ramas y troncos para despejar suelo y los apilan a ambos bordes del camino redescubierto con un trabajo de cartografía previo. Con los maderos más pequeños fijan escalones en la arcilla húmeda y espesa, aún rezumando por la lluvia horizontal de los alisios a pesar de la fin de junio.

A medida que la cuadrilla va subiendo y adentrándose en este Garajonay a pequeña escala, afloran muros centenarios de cantería y paramentos de antiguos tinglados, en una suerte de arqueología forestal.

La siembra de los mirlos

Y enmedio de todo, los abrumadores castaños, que junto con otras especies como el nogal, el olmo o el álamo negro funcionan como precursores de la laurisilva en una curiosa simbiosis, que ejemplifica sobre todo el castaño.

Cuando llega el fin de la primavera y el inicio del verano se cubren de hojas, como especie caducifolia que es.

Esa sombra hace de protección a un sotobosque sembrado por los mirlos y otras aves de viñático, palo blanco, madroño, hija, barbuzano, aderno y follao, aumentando la diversidad del castañar, que se convierte así en un bosque nodriza o bosque pionero. Así prosperan en sombra durante los meses más cálidos y cuando llega el otoño, con la caída de hojas del árbol protector, se abren a la luz esos retoños de laurisilva en una colonización casi perfecta.

La laurisilva del castaño dormido

El trabajo de los ingenieros forestales y sus cuadrillas es el de despejar áreas alrededor de los árboles padre para aprovechar la maravilla, que además, como frutales, son carta de presentación cuando se va a contactar con los propietarios para la repoblación forestal. Este mismo proceso, en el que el bosque de alguna forma recupera lo que hace siglos le perteneció, según explican los ingenieros, «lo vemos en todas las medianías del norte de la isla, en zonas como Teror, Valleseco, Moya, Firgas..., y así hasta Agaete».

Por este motivo, las 130 personas que trabajan en el Plan de Empleo se distribuyen en cuadrillas que, además de en San Isidro, están destacadas en la finca insular de Osorio, en El Galeón de Santa Brígida, en San Fernando, Moya, en barranco de Azuaje, pero también en el despeje del pinar en puntos como Tamadaba, Artenara y Llanos de la Pez, todos ellos en superficie privada, tras acuerdos con los dueños de esas fincas.

Pero el andar lleva su tiempo, y más aún en una Gran Canaria muy tocada por la deforestación, a la que apenas le queda entre el 3 y el 4 por ciento de la laurisilva que algún día prosperó en ella, frente al 80 por ciento que luce hoy en La Gomera; el 70 por ciento en La Palma; o el más del 40 por ciento que atesora Tenerife.

Los expertos calculan que si no medra de por medio un incendio devastador o si el cambio climático no trastoca radicalmente el futuro meteorológico de las islas, Gran Canaria alcanzaría a este paso en las próximas tres décadas -un periodo que consideran crítico-, entre el 20 y el 30 por ciento de la antigua laurisilva que una vez tuvo, convirtiendo esa franja en una barrera natural contra el fuego, «pero en todo caso salvando las distancias con respecto a las islas occidentales, porque sus bosques son permanentes, como ocurre en Anaga o en Garajonay, y que por tanto disfrutan de de una calidad ambiental insuperable».

Antonio, Beatriz, José Manuel, Samuel y Aurelio siguen ascendiendo por el secreto verde de San Isidro, recorriendo el trabajo de semanas realizado en el interior, en el que se aprecian quitamiedos con la madera extraída, más peldaños, y paisajes asombrosos en los clareos, cuando no bellezas diminutas en musgos y flores endémicas, hasta que ya casi en la punta superior del recorrido aparece un gigante acostado, un castañero derribado que se agarró al aliento inventando una nueva raíz del cepellón que quedó al aire.

Un castañero dormido al que en su duermevela le han crecido en vertical ramas que parecen troncos, árboles sobre árbol, y que allí expresa el resilente milagro de las naturalezas que se resisten a la muerte.

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