El presidente del Gobierno de Canarias, Ángel Víctor Torres, visitó ayer La Aldea, el municipio más castigado del archipiélago por la tormenta tropical Hermine, que dejó daños y precipitaciones históricas durante este fin de semana en todas las islas. «Se pasó mucho miedo, presidente. Media hora más de lluvia y el agua entra en el pueblo porque se desborda el barranco de Tocodomán. Hubiera sido un desastre», revela el alcalde de la localidad, Tomás Pérez, al presidente canario

Ambos se reúnen en el Ayuntamiento con los concejales del gobierno local y recorren las zonas más castigas del municipio, que ayer restableció el suministro de agua a los vecinos, tras dos días sin servicio de abasto por la rotura de las principales tuberías colocadas en los diversos barranquillos.

La crecida de esos cauces, que recogen el agua que viene de las cuencas de Mogán y de Tejeda, fue la que sembró el caos en La Aldea el domingo y el lunes. Ayer, todo seguía patas arriba, con tractores trabajando a pie de carretera o vecinos sacando camiones de lodo con el sacho, la pala y la carretilla. «El pueblo se quedó partido en trozos a medida que los barranquillos se desbordaban y el agua saltaba a la carretera», explica Pedro Álamo García, un sindicalista jubilado que ha seguido con preocupación el desenlace de la tormenta, porque «tengo 60 años y en 12 horas nunca vi nada igual en La Aldea», añade.

Ni en canoa

Durante esas horas del domingo, el agua cayó con fuerza y desbordó el barranquillo de La Plaza, lo que dejó bloqueado el centro de salud con medio metro de lodo a sus puertas. «Sí tenías una emergencia, no llegabas ni en canoa», ironiza Álamo. Por la noche, además, no presta servicio el helicóptero, lo que disparó la angustia entre las personas mayores, con este jubilado a la cabeza.

Más arriba, en La Cardonera, las 200 familias que viven allí se llevaron la peor parte, hasta el punto de convertirse, quizá, en el barrio más castigado por el ciclón. Hasta esa zona se desplazaron el presidente del Gobierno canario y el alcalde del municipio. Les esperaban, en la esquina de la calle Bentejuí, toda una casa llena de barro en su parte más baja, con una familia al completo retirando el fango y las cosas estropeadas por la riada. «Entre ustedes y el seguro me tienen que ayudar», le reclama al presidente Guillermina Trejo Medina, la octogenaria que está al frente de la vivienda junto a sus dos hijos, José y Francisco, quienes, algo más enfadados por las circunstancias, exigen a los políticos la canalización de los barranquillos que desembocan en La Aldea; retenes de emergencias y que no se olviden de los daños.

«Tengo 60 años y en 12 horas nunca vi nada igual en La Aldea», explica un jubilado

Porque en La Cardonera pudo ocurrir una desgracia. Se desbordaron los dos barranquillos que atraviesan el barrio y el agua arrastró todo lo que cogió a su paso: muros de hormigón, coches y hasta dos vecinos que salieron a montar barricadas para defender sus viviendas.

Torres y Pérez tomaron nota de la reivindicación vecinal. Minutos antes, el regidor le había hecho un balance al presidente del estado de la cosa, haciendo hincapié en la necesidad de restablecer los servicios afectados, como las conexiones de agua, o de limpiar y acondicionar las vías y las canalizaciones rotas, porque quedan seis meses hasta el invierno y lo lógico es que vuelva a llover.

También se puso sobre la mesa la urgencia de emprender actuaciones concretas para mejorar la canalización de los tramos más conflictivos del barranco, así como de evaluar los perjuicios causados para elevar los informes al Cabildo y al Gobierno de Canarias, con la finalidad de analizar si proceden o no la concesión de ayudas públicas. Hasta ahora todo el esfuerzo por volver a la normalidad está saliendo de las arcas municipales, de los vecinos y de empresas privadas.

Los mismos barranquillos por los que ha corrido el agua están ahora taponados por el lodo, las piedras y la porquería que ha dejado la riada. De ahí la necesidad de limpiarlos, incluso con maquinaria pesada de la que en estos momentos no dispone La Aldea.

Otra de las áreas más afectadas fue el barrio de Barranco Santo, donde el agua anegó garajes y las plantas bajas de las casas, varios vehículos y fincas. Hasta allí se desplazaron también Torres, Pérez y los concejales.

«Entre ustedes y el seguro nos tienen que ayudar», reclama una vecina al Gobierno

Luego siguieron hacia dos explotaciones ganaderas que siguen casi incomunicadas o, al menos, con grandes dificultades para continuar con el desempeño de la actividad diaria. Hasta estas instalaciones de cabras y de vacas no se puede acceder debido a la gran acumulación de piedras y de barro. Eso impide a los camiones de transporte recoger la leche para su venta posterior, e imposibilita llevar el forraje para darle de comer a los animales.

La visita del presidente y del regidor terminó en el barrio del Tarahalillo, donde la crecida del barranco se llevó la carretera de acceso al mismo.

Todo eso en la parte alta del municipio, porque hasta la playa llegaban los turistas con normalidad. Los restaurantes cerraron el domingo y el lunes, pero ayer, tras retirar el lodo de la pequeña avenida, abrieron todos con normalidad. Eso sí, a pesar del intenso sol, nadie había en el agua, con restos aún marrones de la cantidad de basura que bajó por esos cauces, tanto de material vegetal como de de la reciente fiesta de El Charco, cuya agua se mezcló con la riada y lo dejó todo perdido. «La playa sigue canela, pero el lunes era brutal», asegura Nauzet, uno de los trabajadores de esos restaurantes. La cosa mejora gracias a la limpieza de voluntarios.