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Juan y Pablo salvan La Florida

Las salinas recónditas en un rincón de Vargas no son populares, ni el Gobierno las reconoce, aún teniendo 200 años

Sobreviven gracias a sus cuidadores octogenarios, dos hermanos, Juan y Pablo Melián

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Felicidad. Es lo que desprende Juan Melián cuando se llega a las salinas tan recónditas y desconocidas como La Florida. Tiene 81 años, pero aparenta ser un jovenzuelo cargado de energía mientras, con su sombrero de paja, pantalón corto vaquero y camisa suelta saluda desde lo lejos, arrastrando la sal de escama con su pala desde los tajos al borde. Es sal virgen marina natural, extraída con esmero y mucho amor y eso se nota. Al menos 3.000 kilos mensuales recoge en los 5.350 los metros cuadrados de salinas de barro y callao y que casi todos daban por perdidas. Pero no es así. 

 La Florida es de su familia. Su padre, don Narciso, las compró hace más de 70 años por 125.000 pesetas. Además, es de las más antiguas y de las que aún perduran activas, aunque no la comercializan.

La Florida tiene más de doscientos años. Dos siglos o más que ni sus actuales cuidadores atinan con la fecha exacta. Y ni falta. Pablo, el hermano que acompaña a Juan en las tareas, se había marchado hacía poco de la finca y en ese momento era Juan el que a solas, entre viento y paletazos, trabajaba sin parar. Son de la saga Melián, 14 hermanos de los que sobreviven 12.

"Me dan vida"

«Es mi vida. Mi mujer, Teresa, se enfada conmigo cuando me dice: ¿Otra vez me dejas sola; te vas p’á las salinas?». Pero es lo que le da esperanza e ilusión a Juan tras superar el Covid tras 2 meses en coma. «Pero escapé. Trabajar en las salinas me ha dado la vida tras ver la muerte». No se le va de la cabeza la imagen de los cadáveres cubiertos con mantas en los pasillos del hospital donde estuvo.

Al margen de la dura experiencia, Juan Melián despierta buen rollo y energía. Con su altura, talla, y su planta relata lo que antes fueron tomateros en los aledaños de las salinas, hoy día desaparecidos. «Algo que no ocurrirá con las salinas mientras esté yo vivo». Eso lo asegura.

El nombre de La Florida viene porque así se conocía esa zona de Vargas. Su padre compró la finca de tomateros con el añadido de las salinas. Llegaron desde Valsequillo a buscar mejor vida. Se trata de una parcela dividida entre las salinas y la vieja casona, construida a la antigua usanza a la que la familia ha hecho mejoras. La Florida se encuentra al borde norte de la playa de Vargas, en Agüimes. Solo un cartelito escrito de aquella manera a la entrada del camino de tierra anuncia: Salinas. A secas. 

Tras llegar por un pedregoso camino sorprende ver lo bien cuidadas que están. Al fondo la casona, donde se han cocido recuerdos, acumulado la sal e incluso desgracias naturales. «Una noche, siendo yo chico, tuvimos que huir a unas cuevas en las lomas de allá arriba porque el mar arrasó con todo», rememora Juan. El mar se lo llevó casi todo, pero la estructura de las bicentenarias salinas perduraron y que fueron poco a poco recuperadas por la familia.

Juan, siempre hospitalario, se desenfunda los guantes para invitar a un café en una cocina impoluta, bien pintada, con un ventanuco que da al mar bravo tras los callaos y sin ser una cocina de chef, alegra el día. Paredes en azul cielo de piedra y un nevera llena de frutas, entre tunos, «que son una maravilla», dice, mientras deja asomar el recipiente grande donde los atesora en la nevera. «Es una vergüenza el precio que se pide hoy día por las frutas y verduras. A mí me las regalan, pero no es justo que me regalen un balde lleno de pepinos y vas al super y te cobran más de 1 euro el kilo».

Pasaron años desde que el padre de Juan, don Narciso, compró las salinas de La Florida, que por cierto, presentan una entrada que da idea del abandono al que las tienen sometidas las instancias gubernamentales. Una pequeña tarima de madera sirve para ver un panel que antaño explicaba la historia, quehaceres de los salineros y su ubicación. O eso se intuye. Hoy día presenta una imagen decrépita, quemada por el sol. Como si le hubiera caído un rayo y nadie puede leer. 

Incluso el Gobierno de Canarias, en su web oficial, no destaca estas salinas, sino para objetar que están inactivas y anegadas. Nada más lejos. Con solo acercarse podrían percatarse de la maravilla que los hermanos Melián han conseguido con este rincón que es historia de Canarias.

Las anécdotas de Juan no cabrían en una trilogía, pero este hombre de carácter afable, risueño y bromista, es de los que hacen creer en la vida y en La Florida. Juan aclara entre risas que no sabe si tendrá sucesor: «Sí, algunos sobrinos vienen, pero si hay asadero».

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