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Rosa Martín Cabrera, maestra y madre de Playa de Arguineguín

El colegio público del barrio incorpora el nombre de la docente y reconoce sus cuatro décadas comprometida con la educación.

Rosa Martín Cabrera junto a su hija Rosi Lorenzo Martín.

Rosa Martín Cabrera junto a su hija Rosi Lorenzo Martín. / LP/DLP

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Cuando en 1975 llegó a Arguineguín, la primera decisión que tomó fue hacer una batida por las casas del barrio para hacer un censo de niños y determinar cuáles eran sus necesidades educativas porque para ella la prioridad era la formación, y eso la obligó a hablar con cada uno de los padres para que enviaran a sus hijos al colegio y no a trabajar. Rosa Martín Cabrera tenía un férreo compromiso con el futuro de los más pequeños y durante toda su vida se dedicó en cuerpo y alma a enseñar dentro y fuera de las aulas, hasta el punto en que cuando veía que un alumno se retrasaba, se lo llevaba cada tarde a su casa para darle clases de apoyo de forma gratuita. Su labor profesional ha sido reconocida por el Ayuntamiento de Mogán, cuyo Pleno aprobó por unanimidad incorporar el nombre de esta docente, fallecida en agosto a los 87 años, a la denominación del CEIP Playa de Arguineguín, el centro educativo en el que ejerció durante años.

Rosa Martín Cabrera.

Rosa Martín Cabrera. / LP/DLP

Natural de Carrizal, donde nació un 30 de mayo de 1936, Rosa fue la primera de su familia que se marchó a estudiar a Las Palmas de Gran Canaria. Perseguía su vocación, pues desde que era una niña ella misma enseñaba las distintas materias a sus compañeras de clase. Al terminar sus estudios opositó para profesora de EGB y su primer destino fue el colegio de Artenara, donde realizó una sustitución, luego trabajó en una academia en Triana e incluso más adelante, junto a su marido Fernando Lorenzo, montó el colegio privado Buen Pastor. «Pero con el paso del tiempo y tanta burocracia, se aburrieron de tantos papeles», recuerda su hijo Fernando.

Fue en ese momento cuando deciden cerrar el centro y cuando Rosa optó buscar una escuela pública en la que ejercer como funcionaria de Educación del Estado, una búsqueda que la llevó desde Las Palmas de Gran Canaria hasta Tasarte, Tauro y Arguineguín, donde decidió establecerse porque allí tenía familiares. Corría el año 1975 y llegó para ser la profesora de una escuela unitaria en un enclave que por entonces vivía de la agricultura y la pesca.

Rosa daba clases de apoyo por las tardes en su casa a los niños que se retrasaban en clase

De aquella escuela unitaria, ya inexistente, pasó al CEIP Playa de Arguineguín, donde fue directora durante una década. Allí se preocupaba por que los niños del barrio accedieran al sistema educativo y progresaran en él, y para evitar el fracaso escolar les daba clases particulares en su casa. Pero no solo a ellos, pues aquella casa por la noche se convertía en una escuela de adultos a los que Rosa enseñaba a leer y escribir, y también se trasladaba a otros barrios o ayudaba a prepararse las oposiciones a quien lo necesitaba. «Para ella era muy importante que todos tuvieran un buen futuro, y en eso peleó toda su vida y lo consiguió», relata su hijo, «eso le dio muchas gratificaciones personales cuando veía que los niños pasaban al instituto o llegaban a la universidad, o cuando alguien aprobaba una oposición». «Ella siempre decía que cuando llegó a a Arguineguín no había ningún niño en el pueblo que fuese a la universidad y luego se fue creando una cantera», añade, «había tardes en que llegaba a tener a 15 chiquillos en casa, les daba de merendar y les enseñaba de forma gratuita, y luego sus padres se lo agradecían con una bolsa de tomates, plátanos, mangos o un bonito».

Rosa utilizaba juegos para enseñar a los niños los verbos, el uso de las tildes o las tablas de multiplicar. «Ella siempre ponía en las notas un bien, muy bien o requetebién, era muy difícil que pusiera a algún alumno una nota negativa porque aunque ella sabía que no estaba bien, era su forma de incentivarlos», recuerda su hijo. El punto fuerte de Rosa era la motivación a sus alumnos. «Ella te hacía creer que lo que tú querías lo podías conseguir; llegaba a clase llamando a los estudiantes sus caperucitos y caperucitas, porque ella creía firmemente en la igualdad».

Rosa Martín junto a su esposo Fernando Lorenzo.

Rosa Martín junto a su esposo Fernando Lorenzo. / LP/DLP

Pero su labor iba más allá de la educación, pues Rosa también mostró una gran preocupación por que los niños de las familias con menos recursos pudieran tener una buena alimentación. Así, desde su puesto de directora luchó todo lo que pudo para conseguir un comedor para el centro. «Cuando lo consiguió no había profesores porque llegar hasta Arguineguín en aquella época era una odisea, y ella solucionó el problema con su prima Lili, que trabajó durante años como cocinera del comedor del colegio», cuenta Fernando. Pero además también contribuía a la alimentación de sus familias, pues sufragaba compras para que los vecinos comiesen.

Tras más de dos décadas en el colegio pasó a formar parte de la plantilla del instituto

Después de más de dos décadas en el CEIP Playa de Arguineguín, Rosa abandonó el centro en 1996 y entró a formar parte de la plantilla de docentes del nuevo IESArguineguín, donde impartió clases hasta su jubilación en 2007. Tras retirarse, la maestra continuó dando clases de apoyo incluso a los hijos de los campistas que iban a disfrutar de El Pinillo. Rosa también colaboró en la difusión de la palabra pues durante una época fue catequista al tiempo que su marido fue uno de los precursores de la construcción de la actual parroquia de Arguineguín.

Rosa y Fernando tuvieron cinco hijos, Rosi, Fernando, Nandi, Heriberto y Tomás, hoy orgullosos de una progenitora que deja huella como maestra y madre de Arguineguín.

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