Cuando aprieta el jilorio (45)

La sabrosa travesía de El Cápita de Agaete

El emblemático restaurante ‘anclado’ al puerto de Las Nieves cumple 65 años de pescado fresco

Restaurante El Cápita, en Agaete

José Carlos Guerra

Juanjo Jiménez

Juanjo Jiménez

A medida que la mañana se va desperezando aparecen los primeros claros que iluminan hacia el suroeste la cola de un dragón de piedra emergiendo de una lámina de agua salada, en la que se aprecian dos pesqueros que, de tan quietos, a lo mejor son dibujados. Más cerca, en segundo plano, alongan los riscos de uno de los acantilados marítimos más altos del mundo, el de Faneque, un tenique monumental aliñado en su cocorota por los pinares de Tamadaba que arrancan a pie de mar por esa playa para náufragos de lo que hace 500 años fue el Redondo de Guayedra. Y, en primer plano, los callaos negros, las terrazas blanquiazules y el trajín de acarreo de nasas y pescados rumbo a las cámaras de la Cofradía de Agaete.

Esta película la echan todos los días desde el año 1959 en los ventanales de El Cápita, una ‘sala de cine’ asilvestrada por un cielo cuajado de helechas estalactitas en el que la propia visión abre el apetito.

Fausto Trujillo Benítez está al gobierno de su sala de máquinas, no en balde se diría que el restaurante también está amarrado a un noray de la bahía. Fausto explica el origen del establecimiento, en el que es tal el lío genealógico de sus propios antepasados, vinculados a la villa, que más que explicarlo sería de recibo hacer un diagrama. De hecho, y por resumir, solo basta decir que a los precedentes de su saga les llamaban los del Chorro, tanto por el lugar donde se expandió el fenómeno, como “por el chorro de ellos que eran”. Esto por la vía paternal.

Pero primero por partes, al origen fundacional, que viene a ser cuando a finales del siglo XIX llega al mundo vía Agaete el niño Juan Antonio González, en una villa en la que “en aquél entonces venía mucho lord inglés”, explica Fausto con retranca, para añadir que “con seis o siete añitos lo vistieron de marinerito y cuando llegó al muelle los extranjeros le decían mira el “pequeño captain”, y los locales fueron adaptando el apelativo a su criterio, “mejorando el tema”, hasta que Juan Antonio González fue más conocido como el Cápita, y tampoco les faltaban razón del todo porque disponía de barquillo -más un empleo en el Estado- con los que fue haciendo pella hasta que abre el establecimiento que luce con orgullo el ‘cargo’.

Vivitos y coleando

El Cápita se convierte desde el minuto uno en un lugar de encuentro en el Puerto de Agaete, presidido por una barra que ejerce de imán para la vida social y cultural de la villa, a la que se suman unos pescados vivitos y coleando que manejan con la soltura propia de los que conocen los tesoros que guardan los fondos del Atlántico.

El Cápita propiamente dicho deja el relevo a sus hijos Domingo, que falleció hace unos 40 años, y a Graciliano, más conocido como Tatani. «De chico decía a sus amigos, mi padre tiene un barco como el ‘tatani’», por el Titanic. Y así quedó.

Y Tatani ‘viene siendo’ el suegro de Fausto Trujillo Benítez, señor criado en Fuerteventura y también hijo de marinero de altura y restaurador, Sebastián, Chano, Trujillo González, célebre en la isla majorera por su Casa Chano de El Cotillo y hermano de los fundadores del no menos flojo Restaurante Los Lagos.

Al timón

Fausto, que según luego indaga tiene orígenes en Agaete, va y resulta que llega a la villa prendado de Nieves González en 2002 y cuando fallece Graciano, ocho años después, ambos se ponen al timón del emblemático establecimiento, junto a Juan José, hermano de Nieves, que opera en la sala de máquinas al mando de unos fogones que en realidad materializan la pequeña pero densa historia de la gastronomía turística de Canarias, que resume Fausto.

Así, en el ‘principio de los tiempos’ especialmente en los 70, visto que los guiris con estancia de varios días se iban cansando de entullo de papa arrugada, pescado y cabra, las cartas de El Cápita, como la de prácticamente todos los establecimientos virados al sol y playa, fueron introduciendo platos más ‘sofisticados’ como el cordon blue, los flambeados o los revueltos. Con la siguiente década llegan inventos como el pescado empanado, que El Cápita sigue sirviendo por demanda expresa de la clientela, y los pescaditos fritos. Y desde los 90 los pescados a la espalda, las parrilladas de pescado o los gofios escaldados, que se unen con los años al calamar sahariano, las puntitas o las croquetas.

Con retranca

Es con el caer del siglo pasado y la inauguración del nuevo cuando la carta introduce el arroz caldoso, el arroz negro, las paellas de mariscos, y los platos para celíacos.

Lo curioso de El Cápita es que su oferta sigue casi al pie de la letra todo ese elenco que, poco a poco, se ha ido convirtiendo en una suerte de gastronomía autóctona, y así, prácticamente todos los que se ofrecían desde los años 80 hacia ahora continúan vigentes, excepto «los huevos a la flamenca, que ya no están, y que no sé como alguien los puso», remata Fausto con la misma maravillosa retranca con la que parece que nunca ha roto un plato.

No en balde, como ocurre con buena parte de los restaurantes que merecen el apelativo de histórico, personas vistas allí tras hacer la primera comunión, ahora son los que llevan a sus hijos. Y así sucesivamente.

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Fausto presume de una carta en el restaurante El Cápita asequible, y con la que salir completo con platos de toda la vida, empezando por las lapas, por las sardinita fresca vivita y coleando o con los tacos de pescado. Toda la gama de sus preparaciones vienen, como manda la biblia turística, en cuatro idiomas. También es posible pedir un plato combinado, esa especie en vías de extinción, como el que ofrece para dos personas, entre otros, pulpo, calamares, croquetas y papas arrugadas con gofio escaldado o ensalada mixta por 25,90 euros, o toda una paella de marisco también para dos personas por 90 céntimos menos. Y sin olvidar las sopas, de la que aún existe la de pollo, y a la que se añade la de marisco, golosina marina que también viene en formato salpicón.