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Desde la ciudad arzobispal… (LXVII)

Antonio López Botas, la coherencia

Antonio López Botas, la coherencia

Antonio López Botas, la coherencia / La Provincia

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En diferentes espacios públicos de la Isla de Gran Canaria se erigen varios monumentos en honor a tan preclaro prócer. A la entrada misma de la Noble y muy Hospitalaria Ciudad de Telde, tras pasar sobre el Puente de los Siete Ojos, que salva el ancho cauce del Barranco Real, hay un lugar conocido popularmente como El Cubillo, y es en éste fue donde mis paisanos colocaron una pétrea imagen de don Antonio. Concebida por su autor, el galdense Juan Borges Linares, como una mole o bloque, viene a significar la fuerza espiritual del homenajeado. Gracias a don Diego Cambreleng Mesa, por entonces director de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Gran Canaria, lo que era una idea compartida por todos los teldentes, se hizo realidad. Y a pesar de los lustros pasados sigue allí saludando al viandante de forma ejemplarizante.

Denostado por unos pocos y admirado por casi todos los que le conocieron, mucho más por todos los que con el tiempo hemos bebido de sus fuentes ideológicas, basadas en un amor extremo a la Isla de Gran Canaria, a nuestro Archipiélago, a España entera y por ende, a la Humanidad. Así de grande fue su corazón, que, henchido de nobleza, supo dar mucho más de lo que recibió a cambio.

Antonio López Botas nació en Las Palmas de Gran Canaria, (por entonces, sólo Las Palmas) el 18 de diciembre de 1818 y murió setenta años más tarde, el 11 de abril de 1888, en La Habana, Cuba.

Las siete décadas vividas en plenitud por don Antonio, fueron decisivas en la Historia de España y su Imperio de Ultramar. Su generación vendría a ver la luz en las postrimerías de la Guerra de La Independencia contra el invasor francés. Sus abuelos (alguno de ellos originarios de Telde) y padres les enseñaron, desde su más tierna infancia, los valores defendidos por la Ilustración, basados en los principios de Igualdad, Fraternidad y Legalidad, los mismos que coreaban los revolucionarios franceses cuando tomaron La Bastilla. Su decisiva toma de consciencia sobre los males que acuciaban a la Patria Grande (desmoronamiento del Imperio Español en América y Guerras Carlistas, entre otras horrendas situaciones) y de la Patria Chica (pobreza extrema y obligada emigración, y tantas otras que marcaban la vida cotidiana insular), hizo de él un combatiente nato por trocar tales nefastas situaciones. Así abogó por las ideas liberales que favorecían la democracia y el libre comercio, bases fundamentales del desarrollo económico, social y cultural de los pueblos.

En el ámbito insular fue un claro defensor de la división provincial para devolver a Las Palmas de Gran Canaria su primacía sobre el resto de las ciudades del Archipiélago, poniendo así freno al desmesurado y egoísta centralismo santacrucero. Las Islas Orientales del Archipiélago: Gran Canaria, Fuerteventura, Lanzarote y el Archipiélago Chinijo (La Graciosa, Alegranza, Montaña Clara, Roque del Este y Roque del Oeste) junto al Islote de Lobos, debían permanecer unidas en lo administrativo, en contraposición con las Islas Occidentales (Tenerife, La Palma, Gomera y El Hierro).

Licenciado y más tarde Doctor en Derecho, perteneció al grupo de universitarios grancanarios, conocidos aquí por Los Niños (chicos) de La Laguna), ya que formaban parte de la primera hornada de graduados en dicha universidad tinerfeña. Su vida política se desarrolla a la par que la de jurista, de gran prestigio. Fue diputado a Cortes por Santa María de Guía y alcalde benemérito de su ciudad natal, a la que dedicó buena parte de su salud y el total de su fortuna personal. Pero mucho antes de su actividad política, destacará como pedagogo, siendo fundador, director y profesor del prestigiosísimo centro de enseñanza Colegio de San Agustín, en donde se educaron hombres de la talla de Juan y Fernando León y Castillo, Benito Pérez Galdós

Al adjurar de la Masonería, fue perseguido por sus antiguos hermanos, que hicieron todo lo posible porque se le negara el agua y la sal. El Gobierno Central apiadándose de él, le concede el empleo de Fiscal de los Tribunales de Justicia en la Isla de Cuba, en donde vivirá sus últimos años entre continuas enfermedades y escasos recursos económicos. Aunque al fallecer, hubo intenciones de repatriar sus restos, estos tuvieron que esperar en la Isla caribeña, varios años. Después de su repatriación se le dio sepultura en un simple nicho para vergüenza de la sociedad grancanaria, allí permaneció varias décadas. Hoy descansa en un magno y destacado mausoleo en el mismo cementerio católico de Vegueta. Al final se hizo justicia con un ser adornado con los más dignos valores que puede portar hombre alguno. El anteriormente mentado don Diego Cambreleng Mesa, dignísimo descendiente de don Antonio y como él excelso patriota, en una loa memorable, reseñó: ¡Gloria eterna a aquel que supo anteponer los valores de la Patria a los suyos propios!

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