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Honores y distinciones del Cabildo: Hijo Predilecto

La intimidad brutal de Alonso Quesada

El escritor grancanario es nombrado Hijo Predilecto de Gran Canaria en el año en el que se cumple el centenario de su muerte

Es recordado por obras como 'El lino de los sueños', 'La Umbría' o 'Crónicas de la ciudad y de la noche'

El escritor Alonso Quesada en el Puerto de las Nieves.

El escritor Alonso Quesada en el Puerto de las Nieves. / LP/DLP

Martina Andrés

Martina Andrés

Las Palmas de Gran Canaria

Alonso Quesada fue un adelantado a su tiempo al que el tiempo se le adelantó. Su poesía rebosaba cotidianidad en una época en la que la voz rimbombante del modernismo -influenciada por Rubén Darío, entre otros autores- se había apoderado de los versos de muchos. Aunque su pluma, que desapareció demasiado pronto, no solo conoció el arte de la poesía: sus dedos redactaron algunas de las crónicas más divertidas de la época, textos ligeros que sacan la carcajada fácil porque la idiosincrasia del isleño sigue estando ahí, casi cien años después, entre relajos e ilustrativos y anecdóticos paseos por los barrios de Triana y Vegueta. 

Tantas cosas que cambian y otras que siguen igual, demostrando que la vida es cíclica y que todo vuelve, así como retorna el legado quesadiano en un año en el que se le ha dedicado el Día de las Letras Canarias, celebrado el pasado 21 de febrero, y el Cabildo lo ha nombrado Hijo Predilecto de la Isla, una distinción que permite acercar la universalidad de su obra a las nuevas generaciones y blindar su producción literaria a partir de las bellas ediciones que la institución insular ha hecho de El lino de los sueños y Crónicas de la ciudad y de la noche, dos de sus obras más relevantes.

En esta primera, publicada en el año 1915, se puede ver entre verso y verso la dualidad que atraviesa la producción literaria de Quesada. Por un lado, el influjo modernista -inevitable por el contexto- que resuena en su estética, con imágenes delicadas y una cuidada musicalidad y, por otro, la sensibilidad introspectiva con toques de cotidianidad que le caracteriza. 

Conformidad de toda pesadumbre:/ ¡Mañana moriremos!... Los gusanos/ todo nos quitarán menos la risa/ petrificada en nuestra calavera! En estos versos del poema titulado La oración de todos los días se puede apreciar la facilidad para la imagen bien construida de este atento observador de la realidad que era en realidad un hombre profundamente insatisfecho al que a momentos le comían las ansias por salir de la Isla que lo recogió entre sus cumbres y su mar. Isla a la que volvió después de una estancia en Madrid -que tampoco le llenó- y que vio el nacimiento y la temprana muerte de un hombre que, a pesar de una tuberculosis que lo acompañó durante más de diez años, no dejó de esconder un mensaje de esperanza en sus obras, sobre todo en lo que respecta a su faceta de dramaturgo.

En su obra teatral más conocida, La Umbría, Quesada cuenta la historia de una familia de tuberculosos que lucha por sobrevivir y «refleja que la vida puede ser simplemente un momento, un contacto con la naturaleza y, que ese mínimo instante, hace que todo lo demás valga la pena», tal y como describe la profesora y escritora Beatriz Morales Fernández, que integró la comisión de expertos que eligió al escritor como protagonista del Día de las Letras Canarias.

Quesada se inspiró en esa umbría que se ponía todas las tardes por la zona del Valle de Agaete para hacer esta pieza que ha inspirado obras de arte, teatrales o escultóricas en la actualidad. Fue en la casa de su amigo -y también escritor- Tomás Morales, en la que vivió para aliviar su enfermedad, donde observó este fenómeno que le daba el paisaje allá por las montañas de Tirma. Su amistad con este literato y también la que mantuvo con Saulo Torón, es otro de los aspectos que se recuerdan de su vida. No tanto, quizá, como la que forjó con Luis Doreste Silva plasmada y registrada en una correspondencia en la que no duda en hablar de esa ciudad que le quema el alma, plasmando la sensibilidad que los distintos acontecimientos que vivió en la vida le llevaron a tener.

Quesada, que en realidad se llamaba Rafael Romero, se quedó huérfano al mando de su madre y sus hermanas. Y la profesión con la que sustentó a su familia estaba muy alejada de cualquier impulso literario o creativo: el escritor era contable en la empresa del británico  Alfredo L. Jones, donde su cargo fue jefe de cartera bancaria. 

Fueron los números y no las palabras, en aquel momento, los que le permitieron tener algo que llevarse a la boca para comer, mientras escuchaba hablar inglés y se fijaba en la idiosincrasia de los ingleses que lo rodeaban, a los que admiraba por su carácter pero «odiaba porque eran sus jefes, eran demasiado rectos», tal y como explica el profesor y también escritor José Luis Correa, que conoce en profundidad la obra y la vida de este poeta, cronista, periodista, dramaturgo y narrador enorme que fue Quesada.

¡Bendita la pobreza de mi casa!/ Hoy la comida ha sido más humilde.../ Mi madre ha sonreído tristemente,/ pero había una paz en su mirada.../Yo gano el pan de una infeliz manera/ porque yo no nací para estas cosas:/ hago unas sumas y unas reducciones;/ y así me consideran y me pagan... 

Sus versos plasman sus inquietudes, la cotidianidad de su existencia, sus pesares escondidos entre líneas. Un legado, que al igual que el resto de su obra, queda más que blindado gracias a este reconocimiento.

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