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El pueblo de Gran Canaria que prefería comerciar con Tenerife

Durante siglos, La Aldea de San Nicolás encontró en Santa Cruz de Tenerife su puerto más accesible

Fotografía antigua de la playa de La Aldea de San Nicolás.

Fotografía antigua de la playa de La Aldea de San Nicolás. / FEDAC

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Héctor Rosales

Héctor Rosales

Las Palmas de Gran Canaria

Sus habitantes vivían en una isla dentro de otra isla, escribió el cronista Francisco Suárez Moreno en El Pleito de La Aldea. Encajada en el extremo occidental de Gran Canaria, La Aldea de San Nicolás vivió durante décadas su propia versión de la insularidad. Rodeados de escarpadas montañas, acantilados y barrancos, sus pobladores permanecieron prácticamente aislados durante siglos del resto de la isla.

El asentamiento comenzó a consolidarse a mediados del siglo XVI, en torno a un pequeño núcleo al que sus primeros habitantes llamaban El Barrio. La sequedad del terreno y las altas temperaturas, propias del clima semidesértico, hacían de la vida cotidiana una constante prueba de resistencia. Solo la cuenca hidrográfica de Tejeda-La Aldea permitía el desarrollo de una agricultura que se convirtió en el verdadero sostén económico y social del municipio a lo largo de los siglos.

La Aldea tiene, además, una historia peculiar: durante mucho tiempo fue administrada desde la isla vecina. Tras la conquista de Gran Canaria, la Corona concedió estas tierras a Francisco de Lugo, uno de los capitanes castellanos. Poco después, dividió el territorio en dos grandes lotes, un acto que sentó las bases para futuros conflictos de gestión y propiedad. A comienzos del siglo XVII, la familia Grimón, afincada en Tenerife, adquirió ambas partes, devolviendo la propiedad a un solo patrón.

Barranco de La Aldea de San Nicolás.

Fotografía antigua del barranco de La Aldea de San Nicolás. / FEDAC

Tomás Grimón, figura destacada de la élite tinerfeña y —según recoge Suárez Moreno— veterano de las guerras de Italia al servicio de Carlos I, residía en La Laguna. Desde allí, él y sus descendientes gobernaron sus propiedades mediante administradores locales, una práctica que, con el tiempo, generó nuevas tensiones entre los vecinos y acabaría desembocando en el llamado Pleito de La Aldea: un conflicto que se prolongaría durante siglos por el control de las tierras y los recursos. Pero esa es otra historia.

Comercio con Tenerife

Más allá del conflicto jurídico, los aldeanos afrontaban otro desafío aún más implacable e inmediato: adaptarse a un entorno hostil. La agricultura de subsistencia y el pastoreo eran prácticamente las únicas vías de supervivencia. Centraban su economía en el cultivo de cereales como millo, trigo y cebada, y exportaban sus excedentes por mar ante la imposibilidad de hacerlo por tierra.

El destino predilecto era Tenerife. Aunque la distancia marítima directa entre La Aldea de San Nicolás y Santa Cruz de Tenerife ronda los 70 kilómetros, las conexiones entre ambas localidades fueron, durante largo tiempo, relativamente frecuentes. Esta elección no respondía solo a una relativa cercanía geográfica, sino también a factores como las condiciones de navegación, más favorables en esa ruta. Esto era especialmente importante en una época en la que los desplazamientos se hacían en barquillos particulares, con medios técnicos muy limitados. A ello se sumaban, además, los vínculos comerciales sostenidos entre ambas zonas.

No puede descartarse que la preferencia por comerciar con Tenerife se viera favorecida por el hecho de que los señores de La Aldea, la familia Grimón, residían allí.

Complicaciones marítimas

Navegar desde La Aldea hasta Las Palmas de Gran Canaria no era tarea fácil. La vertiente norte, abrupta y expuesta a los vientos alisios, obligaba a los marineros a bordear la isla por el sur: una ruta mucho más larga, pero también más segura. Conviene recordar que las primeras embarcaciones eran precarias, pequeñas y a vela, por lo que no estaban preparadas para afrontar travesías especialmente exigentes.

Con los años, comenzaron a explorarse otros destinos, como Agaete. Aunque más cercano, llegar allí seguía siendo difícil debido a las condiciones que hacían insegura la navegación por el norte.

En cuanto al transporte por tierra, la orografía del lugar convertía cualquier intento de conexión interior en una empresa ardua, lenta y, en la mayoría de los casos, inviable. Hasta bien entrado el siglo XX, los caminos eran escasos y peligrosos, lo que hacía imposible establecer una red de comunicación terrestre funcional.

No fue hasta casi mediados del siglo XX cuando llegó la carretera general que unió La Aldea con Agaete. A pesar de ser una vía precaria, estrecha y plagada de curvas, con frecuentes desprendimientos, marcó un antes y un después: rompió con siglos de aislamiento y abrió, por fin, una conexión regular con el resto de Gran Canaria.

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