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Hechicería, sexo y escándalo: la mulata que desató el miedo en la Gran Canaria del siglo XVI

Los documentos de la Inquisición recogen prácticas que hoy parecen inverosímiles

Recreación de una hechicera en el siglo XVI

Recreación de una hechicera en el siglo XVI / IA

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Las Palmas de Gran Canaria

En el Teror de finales del siglo XVI las habladurías corrían con la misma rapidez que el agua de sus barrancos.

Entre ellas destacaba la de una mulata casada a la fuerza con apenas nueve años, luego repudiada, encarcelada y, finalmente, señalada como alcahueta y “hechicera”.

Era tan buscada para obtener filtros de amor como temida y denunciada a escondidas por sus propios vecinos.

Prácticas inverosímiles

Los documentos de la Inquisición recogen prácticas que hoy parecen inverosímiles: filtros preparados con sangre menstrual, prendas de cama impregnadas con excrementos para arruinar matrimonios y, como episodio más oscuro, la sospecha de que había “chupado” a un niño, alimentando el pavor de toda la comunidad.

En 1608, el Santo Oficio decretó su destierro. Desde entonces, su memoria quedó marcada por la miseria, las murmuraciones y el peso de una sociedad profundamente misógina. Aquella mujer, convertida en símbolo de escándalo y superstición, se llamaba María García, conocida para siempre como la hechicera de Teror.

Peligro social

No solo es mujer de mal vivir, sino públicamente alcahueta de mujeres casadas y solteras, juntándolas en su casa con hombres solteros y casados. Y siendo causa de muchas decensiones y de gran escándalo y murmuración”.

Con esa frase, recogida en su expediente inquisitorial, la justicia eclesiástica resumía el “peligro social” que encarnaba María García, una mulata nacida en la década de 1560, vecina de Teror (Gran Canaria), detenida en 1607 y condenada en 1608 por hechicería, pactos con el diablo y sortilegios que, lejos de la leyenda, aparecen documentados en los archivos del Museo Canario.

23-06-20 GENTE Y CULTURA. MUSEO CANARIO.LAS PALMAS DE GRAN CANARIA. Exposicion 'Entre Brujas y Papeles', donde se mostrará una selección de documentos del archivo de la Inquisición de Canarias relacionados con la práctica de la brujería y las tradiciones de la noche de San Juan.. Fotos: Juan Castro  | 23/06/2020 | Fotógrafo: Juan Carlos Castro

Exposicion 'Entre Brujas y Papeles' / Juan Castro

Los documentos sitúan a María como hija de Luis García, “Prieto”, apelativo con el que entonces se aludía a los hombres de color. Fue casada con solo nueve años con el vecino Juan Estévez, quien acabaría repudiándola al acusarla de “andar con otro hombre”.

La ruptura la arrojó a la cárcel pública de Las Palmas durante dos años y, a su salida, volvió a la casa materna. Desde allí, con amantes e hijos ilegítimos, se transformó en una proscrita: vivía al margen del tejido social, pero todos sabían dónde encontrarla cuando necesitaban “remedios” o “consejos” para asuntos sexuales y sentimentales, los más demandados en la villa del siglo XVI.

Rituales escatológicos

Los rituales que le pedían y que ella misma practicaba estaban lejos de la brujería fantástica. Eran fórmulas domésticas, a menudo escatológicas, para encender pasiones o romper compromisos:

  • Hechizo de amor: “Cuando les bajase la regla, que tomasen de aquella sangre, lavando la camisa donde estuviese. Y le echasen de aquello en el vino y se la diesen a beber. Con aquello nunca las olvidarían”.
  • Hechizo de ruptura: Despechada porque su amante Amaro García la dejó para casarse con otra, pidió a Ana García (hermana del novio) un camisón del pretendiente. Lo sahumó “con un poco de mierda” de la futura esposa —que ella ya tenía guardada—, mientras recitaba: Así como esto hiede, así hieda María Gutiérrez a Amaro García.
Fragmento de una ilustración de Carla, 'Talamaletina', Fernández en la obra 'María García, la hechicera de Terore'

Fragmento de una ilustración de Carla, 'Talamaletina', Fernández en la obra 'María García, la hechicera de Teror' / Talamaletina

El niño “chupado”

El expediente también recoge el episodio más oscuro: el del niño Francisco, supuestamente “chupado” por María, acabando así con su vida.

La idea de infanticidio, muy presente en la imaginación colectiva europea, se repite en la cultura oral y en las denuncias ante el Santo Oficio.

La filóloga Sarai Cruz Ventura contextualiza este motivo en su ensayo Lo que callan los cuentos de brujas, el temor a que la bruja dañe al recién nacido explica por qué en Canarias se organizaban “velorios de paridas”, turnos comunitarios para vigilar al bebé hasta el bautizo.

Piden y luego denuncian

Pese a todo, lo cierto es que este tipo de conjuros se lo pedían las personas que, como en muchos otros casos de brujería, acabaron denunciándola ante la Inquisición.

Así, el Santo Oficio actuó más como depuradora moral que como verdugo: en Canarias, los procesos por hechicería solían concluir con penas “benignas” (multas, destierros, sanbenitos), no con hogueras.

El proceso la describe como mujer de más de cuarenta años. Declaró ser “cristiana vieja”, no saber leer ni escribir y desconocer por qué la habían apresado, aunque la acusación del fiscal la señalaba por “delitos contra nuestra santa fe católica”.

Como colofón, María fue desterrada de Gran Canaria y Tenerife tras abjurar “de levi” (forma leve de retractación). El expediente contra ella, abierto entre 1606 y 1608, dejó constancia de su drama personal y del clima social que la alimentó.

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