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La lana en Gran Canaria: de recurso valioso a residuo que preocupa al sector ganadero

El descenso del precio y la falta de demanda dificultan la gestión de miles de kilos de lana cada año, una situación que afecta a los pastores de la Isla

Rebaño de ovejas y sus pastores en San Lorenzo

Rebaño de ovejas y sus pastores en San Lorenzo / José Carlos Guerra

Elena Montesdeoca

Elena Montesdeoca

Las Palmas de Gran Canaria

El valor de la lana en Canarias ha descendido en los últimos años. Antiguamente, en la Edad Media, la materia prima era conocida como el «oro blanco» debido a su atractivo económico y comercial. Ahora, es considerada un residuo. Esta situación, alargada en el tiempo, ha supuesto un quebradero de cabeza para los ganaderos y trashumantes de Gran Canaria que, cada vez que esquilan a sus rebaños, ven cómo kilos y kilos de lana se almacenan en sus fincas y terrenos. Nadie quiere pagarla, no la pueden tirar a la basura y, además, tarda entre uno y cinco años en biodegradarse.

Ruymán Mena es ganadero, pastor y el único trashumante de Telde. Tiene alrededor de 450 ovejas y lleva toda su vida dedicándose al sector primario. Desde que tiene uso de razón, la lana siempre ha supuesto un problema para él. Como es habitual, a las ovejas las esquila una vez al año pero, al tener un rebaño tan grande, llena camiones del producto. «Muchas veces me reúno con un grupo de amigos y lo hacemos con tijeras para mantener la tradición pero, en ocasiones, tengo que llamar a un esquilador para que me ayude». El precio que se cobra por trasquilar a una oveja es de cuatro euros por lo que, a veces, el total a pagar asciende hasta los 1.800 euros. «Luego, con esa lana, no gano ni un duro».

La lana es un material muy complejo de trabajar. Mena asegura que este es, sin duda, uno de los motivos por el que la sociedad no la compra y opta por otros tejidos. «La lana tiene mucho trabajo porque hay que lavarla, limpiarla de impurezas, hilarla y tejerla», destaca. El ritmo de vida de los isleños es cada vez más acelerado y, a menudo, recurren al «fast fashion». «Actualmente, las personas que siguen trabajando la lana son, por desgracia, únicamente los artesanos», lamenta.

Bajada de precio

Hasta hace tres años, cuando los precios ya eran bajos, el kilo de lana merina se vendía a casi 3 euros. Ahora, su precio no alcanza ni los 0,50 céntimos por kilo. «Las personas ya no quieren gastar dinero en algo tan laborioso, ahora optan por otros materiales sintéticos», insiste. Desde que se dedica al sector primario no recuerda haber vendido, ni una sola vez, el producto. Es más, desde hace varios años la dona a amigos, artesanos y organizaciones que se dedican a trabajar la lana. «Hace tres años se la regalé a una señora que tenía una finca ecológica para ponerla en los árboles y mantener la humedad», recuerda.

Otras veces, Mena le dona parte de los vellones de su rebaño a la Agencia de Extensión Agraria de Telde. «Contactan conmigo y yo les doy la lana a diferentes agricultores para que hagan pruebas con sus cultivos», argumenta. El pasado año, también se la regaló a un agricultor y jardinero que trabaja en Mogán. No obstante, muchas de las veces no consigue deshacerse de ella y «es ahí cuando empieza el problema». «Este año aún no tengo claro qué va a suceder». En este momento, se convierte en un residuo pero, sin embargo, no puede tratarse como tal.

Lesly Bohncke trabaja con la lana en su taller

Lesly Bohncke trabaja con la lana en su taller / Yaiza Socorro

Los vertederos son municipales y no permiten dejar allí la lana que, a pesar de ser orgánica, tampoco se puede quemar. «Es cuestión de ir deshaciéndose de ella poco a poco y como se pueda». A veces, la desesperación lleva a los pastores y ganaderos a enterrar el producto que no han conseguido regalar para, así, ahorrarse un espacio en la finca.

Lesley Bohncke es una de las artesanas de la Isla que trabaja y «ama» la lana. «Las ovejas que tenemos aquí no han sido seleccionadas por su lana sino que, por el contrario, ha sido por su leche o por su carne», acentúa. El pelaje de los rebaños del Archipiélago, por este motivo, no tiene tanta calidad como, por ejemplo, el de una oveja merina. «Es extra fina y no pica en el cuerpo».

La micra es la medida que utilizan tanto ganaderos como artesanos para conocer el grosor de la lana. «Los vellones aquí tendrán entre 27 y 35 micras, mientras que una lana merina tiene 18 micras», desvela. Bohncke cree que, en la Isla, muchas personas se niegan a usar este material porque no hay fábricas que agilicen el proceso de obtención del producto final, como sí sucede en otras zonas del país. «Las personas que trabajan en Gran Canaria consiguen el producto gratis pero, a cambio, deben realizar todos los pasos de limpieza», continúa. «También le doy a este material otras salidas tanto en la agricultura como en la construcción, a modo de aislamiento en los techos», concluye.

La lana, que un día fue riqueza, hoy se amontona sin uso ni destino. En manos de unos pocos, aún sobrevive la idea de que no todo lo que se pierde carece de valor.

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