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Análisis

El caballero Juan Martel López

Todos los teldenses saben de los esmeros del sargento Martelito por mantener el prestigio del cuerpo de la Policía Local al que pertenecía

Policía Local de Telde, en la década de los años 50 del siglo pasado. |

Policía Local de Telde, en la década de los años 50 del siglo pasado. | / COLECCIÓN DE A.G.P. / FEDAC

Me dicen que el municipio de Telde, con sus aproximadamente 102 kilómetros cuadrados y una población de hecho que supera con creces los 100.000 habitantes, debería tener más de doscientos policías locales. Pero lo cierto es que solo recientemente ha superado la cota de los cien. Los lectores deben saber que nuestro territorio comarcal —del que excluimos por esta vez a Valsequillo de Gran Canaria por ser municipio autónomo– posee unos setenta barrios o pagos, distribuyéndose estos desde las más altas montañas, caso de Cazadores y La Breña, hasta una larga costa que va desde la desembocadura del barranco de Jinámar a la también desembocadura del barranco de Aguatona. Tenemos fronteras con los municipios de El Ingenio, el anteriormente mentado Valsequillo, Santa Brígida y Las Palmas de Gran Canaria. Esta diversidad urbanística/poblacional hace muy difícil el buen gobierno de nuestro M. I. Ayuntamiento.

Cuando yo era un jovenzuelo imberbe de once o doce años, todo era más asumible, empezando por que Telde y sus diferentes pagos alcanzaban tímidamente los 30.000 habitantes y, entre otros barrios, no existían ni el polígono de Las Remudas ni el de Jinámar. Los hoy populosos El Calero, Las Huesas, Casas Nuevas-Las Rubiesas, así como todas las urbanizaciones costeras que se extienden desde La Estrella a Las Salinetas se reducían a grupos escasos de casas unifamiliares. Dentro de los límites de la propia ciudad, la urbanización Ascanio comenzaba a desarrollarse y la llamada de Mayor era un proyecto de ensanche que pronto vino a aportar un gran desahogo a la zona comercial de Los Llanos. El Ejido, El Caracol, San José de Las Longueras, La Herradura, tímidamente iban tomando carta de naturaleza.

El sargento Martel, testigo de una época

Como han podido comprobar, nuestro Telde, más o menos ordenado, se acrecentó, de forma fulminante, en la década de los 70 y gran parte de los 80, no siempre de manera ordenada. Sirva este preámbulo como antesala a la biografía de don Juan Martel López, testigo como nadie de esa más que notoria evolución urbana.

Empecemos por asistir al nacimiento del sargento Martel o Martelito, como cariñosamente le denominábamos, en el ya lejano año de 1908. Para ello nos tendremos que trasladar al lugar conocido por La Breña, poblamiento humano de escasa importancia por entonces. Unas cuantas casas de paramentos de piedra y barro y con techumbre de tejas, combinadas con cuevas que tanto servían como habitaciones para sus moradores como alpendre para sus ganados. La totalidad de los breñeros o breñenses —no pasaban de veinte familias— eran agricultores, ganaderos y dentro de estos últimos, casi todos pastores de cabras y ovejas. Los pequeños bancales, levantados a fuerza de muchísimo sacrificio, producían escasamente para vivir. El millo, la papa, el trigo, la cebada, y poco más servían para llenar la olla cotidiana. Las mujeres se dedicaban a elaborar los riquísimos y bien afamados quesos, que cada domingo se vendían en la plaza de Los Llanos.

Apellidarse Martel o López era algo del común y ciertamente identificativo de las medianías y montañas teldenses. Entonces no había escuela por todos los alrededores y era realmente costoso adquirir cierto conocimiento de las letras y las cuatro reglas. Don Juan Martel fue de los pocos que tuvo la suerte de tener un nivel académico que le permitió, primero como vocero o pregonero, y, más tarde, como guardia municipal, salir de sus humildes orígenes, adquiriendo un empleo de funcionario y prestigio social. Todos los que hoy tenemos entre 65 y 90 años o más lo conocimos perfectamente. Hombre de notable envergadura tanto por altura como por anchura, veíamos en él una mole cargada de autoridad. Asumía el servicio público como algo realmente gratificante y así se desvivía por cumplirlo a la perfección. Hoy diríamos que Martelito, el sargento Martel o Don Juan Martel, como quieran llamarle, era un hombre entregado por entero a la búsqueda incesante de la excelencia profesional. Hombre de pocas palabras y muchos gestos, repetía sin cesar ¡que la ley era la ley! Sentenciando con esta corta frase que todos estábamos sometidos a la norma escrita, nos gustara o no. Ser bondadoso por naturaleza, sabía corregir sin imposiciones desmesuradas. Lo mismo a los niños que a los mayores les advertía en cuantas faltas cometieran y los animaba con un ¡ajo, a ver si la próxima vez lo hace mejor!

Al preguntar por él a muchos de nuestros conciudadanos, todos coinciden en su caballerosidad. Hombre honesto y cabal, jamás abusó de su cargo público para intimidar. Casi siempre el bueno de nuestro Martelito se encontraba en las inmediaciones de la plaza de San Gregorio de Los Llanos de Telde. A pie firme y sin relajarse se mantenía con postura escultórica, en el mismo lugar donde hoy se encuentra el Monumento al Exportador y al Betunero.

Desde la atalaya de sus ojos controlaba el ir y venir de la guagua de Melenara y La Pardilla. Sabía exactamente cuándo y hacia dónde partían los coches de hora y piratas. Avisaba al viandante, que algo despistado cruzaba sin mirar. Con un barrido visual atendía a la vigilancia de los múltiples comercios que allí abrían las puertas todos los días. El sargento Martel vestía pantalón azul y chaqueta blanca de grandes bolsillos superpuestos. Para dirigir el tráfico usaba unos impolutos guantes blancos y su testa permanecía siempre cubierta con una gorra de visera que lo diferenciaba del resto de sus subordinados, los cuales vestían el mismo uniforme, pero portando en la cabeza un salacot.

Turno de noche

Cuando asistía al turno de noche, cambiaba su indumentaria por un terno de pantalón-chaqueta de idéntico diseño al diurno, pero de color azul oscuro, casi negro. Su obsesión era el orden y la limpieza, que se reflejaba en una especie de tic recurrente cuando una y otra vez se reajustaba la corbata.

El conocimiento extremo de las gentes y de la propia ciudad le hacía imprescindible a la hora de adquirir información sobre las unas y la otra. Todos los teldenses saben de sus esmeros por mantener el prestigio del cuerpo al que pertenecía. Su saludo militar cargado de honorabilidad era algo que todos esperaban, para contestarle: ¡Siempre a sus órdenes, mi sargento! A lo que él socarronamente respondía: ¡Más te vale, pollo!

Mucho más podríamos decir del sargento de la Guardia Municipal, como se le denominaba por aquel tiempo, pero valga lo dicho hasta ahora para recordarle. Nuestro biografiado al que expresamos el mayor de los reconocimientos, murió en 1987, dejando tras sí una onda pena entre todos los que tuvimos la suerte de conocerle. Casado, sin hijos, nos dejó como herencia a sus sobrinos, que han sabido honrar su memoria.

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