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El Bar El Perola cierra sus puertas tras 33 años como alma de Agaete

Baja la persiana tras más de tres décadas siendo un templo del humor, la ropavieja y deja tras de sí una historia imposible de clonar

Bar El Perola

Bar El Perola / La Provincia

Diego R. Moreno

Diego R. Moreno

Agaete

En un rincón del noroeste de Gran Canaria, en Agaete, ha cerrado un lugar que no era simplemente un bar, sino una forma de estar en el mundo. El Bar El Perola, ese refugio analógico, fiel a las esencias de los años 50 y 60, ha bajado la persiana tras 33 años de vida. No es solo un cierre. Es una despedida que deja a toda Canarias con un nudo en la garganta.

"Hoy nos encontramos en un momento muy especial y emotivo, ya que después de 33 años compartiendo risas, historias, celebraciones y momentos inolvidables, llega el momento de decir adiós", anunciaban en sus redes sociales. Y con esas palabras, se detenía un pequeño universo donde la lógica moderna nunca tuvo cabida.

Porque El Perola no fue nunca un bar como los demás. En su fachada, un aviso inolvidable: “Único bar del mundo donde el cliente nunca tiene la razón”. Y no era un eslogan: era una declaración de principios. Quien lo entendía, repetía. Quien no, simplemente no estaba listo para esa experiencia.

Entrar allí era como viajar en el tiempo. No había pantallas ni TPV, pero sí una libreta con rayas donde se apuntaban las consumiciones —y antes de eso, los cartones de tabaco hacían de facturas improvisadas—. El proceso de datos del bar era la cabeza privilegiada de Pepe, El Perola, y su sistema operativo no fallaba nunca… siempre que no se le presionara.

Gracias por su lealtad, por su cariño y por hacer de este bar un lugar tan especial y lleno de vida”, continuaba la emotiva despedida. Cada palabra escrita por el equipo resonaba como un eco en los corazones de quienes convirtieron aquel local en su segunda casa.

A Pepe, dueño y figura central del bar, no se le podía clonar. Y eso lo sabía todo el pueblo. Su manera directa de decir las cosas, su risa contagiosa y su infinita generosidad lo convirtieron en un personaje irrepetible en la vida social de Agaete. Bastaba un gesto o una mirada para saber si tu pedido iba en camino o si era mejor no insistir.

Quien cruzaba la puerta del bar no solo pedía una cerveza: entraba en un universo donde el alma contaba más que el algoritmo. Y ese fue siempre su mayor éxito… y su mayor limitación: no se podía replicar en ningún otro lugar.

A lo largo de estos años, El Perola fue mucho más que un simple bar, fue un espacio de encuentro, de charlas interminables, de risas compartidas y de recuerdos que permanecerán en nuestros corazones”, reconocía el comunicado de despedida. Y no exageraba.

Ropavieja, botellines y manises

El bar nació de una tienda de aceite y vinagre que se convirtió, gracias al ingenio y al tesón de Pepe, en uno de los lugares más queridos del municipio. Un lugar donde la ropavieja canaria era religión, donde los botellines se servían acompañados con un puñado de manises dados a mano, y donde cada mesa era un capítulo de historias vividas.

El Perola fue el "meeting point" de Agaete, el punto de reencuentro cada agosto, el escenario de amores, bromas, discusiones políticas, canciones compartidas, e incluso una manifestación espontánea en defensa de su dueño cuando fue injustamente acusado.

También queremos agradecer a quienes a lo largo de todos estos años han formado parte del equipo del Bar El Perola, que con dedicación, esfuerzo y pasión ayudaron a que cada día fuera único y especial”. Detrás de Pepe, hubo siempre un equipo que hizo posible esa magia diaria.

Tal fue su huella que Mestisay y Olga Cerpa le dedicaron una canción, y su historia cruzó las fronteras de Agaete para ser conocida en casi todo el Archipiélago. El Perola se convirtió en leyenda en vida, y su despedida marca un antes y un después en la historia reciente de los bares con alma en Canarias.

Nos despedimos con el corazón lleno de gratitud y cariño, reiterando que El Perola siempre será un capítulo hermoso en nuestras vidas”. Y quienes lo conocieron, saben que es cierto.

Con su cierre, El Perola deja un vacío difícil de llenar. En un mundo cada vez más estandarizado, su existencia fue una bofetada de autenticidad, un canto a lo sencillo, a lo imperfecto, a lo profundamente humano.

Gracias por estos 33 años de recuerdos, amistad y buena compañía. Nos quedamos con la certeza de que el espíritu de El Perola seguirá vivo en cada uno de ustedes”.

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