José Guerra, el último albardero
José Manuel Guerra, el último albardero de Gran Canaria, mantiene viva una tradición artesanal en Tunte que combina paciencia, destreza y amor por los animales. Aunque este oficio nunca le dio de comer, su pasión por fabricar albardas le ha permitido preservar un legado cultural y rural que parece destinado a desaparecer

José Manuel Guerra, fabricando una albarda en su taller en Tunte, en San Bartolomé de Tirajana.
Hace varias décadas, en el campo, las manos de quienes vivían allí eran el tesoro más valioso, capaces de ejecutar casi cualquier tarea. Hoy, aunque la tecnología ha reemplazado muchas de esas labores, todavía hay quienes, con paciencia, amor y destreza, pueden transformar simples materiales en auténticas obras de arte.
José Manuel Guerra, natural de Tunte, ha mantenido viva desde joven su pasión por fabricar albardas, un oficio que combina tradición, creatividad y maestría artesanal. Hoy en día, es el único albardero que queda en toda la isla, un guardián de un arte que parece destinado a desaparecer.
No obstante, este oficio nunca le dio de comer. En sus primeros años, José Guerra trabajó en la construcción y, más tarde, se incorporó al servicio de recogida de basura del Ayuntamiento de San Bartolomé de Tirajana, donde condujo los camiones durante 40 años. Pero, pese a la rutina diaria, nunca abandonó su verdadera pasión: crear albardas.
Siempre encontraba un hueco para sus animales y los de sus amigos, transformando sacos, palos, telas de sacos, hilo y paciencia en piezas únicas que reflejan tradición, destreza y amor por lo hecho a mano.
Guerra explica que cada albarda tarda aproximadamente dos días en confeccionarse y se realiza a medida de cada burro o mula, adaptándose al animal para garantizar comodidad y funcionalidad. Una vez terminadas, se utilizan para llevar la carga sobre la parte superior de los animales.
«Siempre me han gustado los animales y he tenido caballos y burros en mi casa desde que era pequeño, por eso me gusta tanto hacer albardas», subraya.
Aunque este no fue el trabajo que le permitió ganarse la vida, sí lo fue para su tío, quien le enseñó todo lo que hoy sabe sobre el oficio y le transmitió su pasión por fabricar estos accesorios para los animales.
«De él aprendí todo lo que sé, porque desde que tenía aproximadamente 20 años, siempre que podía iba a su finca para observar qué materiales utilizaba y cómo los transformaba», recuerda.
A pesar de tener tres hijos, Guerra asegura que ninguno ha decidido seguir sus pasos en el oficio, ni siquiera de manera creativa o como pasatiempo. Según comenta, todos han elegido sus propios trabajos y, hasta ahora, ninguno ha mostrado interés por el mundo del campo.
Para él, la dedicación que requiere construir albardas es mucho más que habilidad. «Para dedicarle tiempo a construir albardas, te tiene que gustar. De lo contrario, no hay nada que hacer», afirma, dejando claro que la pasión es tan importante como la técnica en este arte tradicional.
Sin embargo, el albardero asegura que la profesión no está mal pagada, ya que si se trabaja con dedicación y constancia, en una decena de horas de trabajo continuado se puede llegar a cobrar alrededor de 300 euros por una albarda.
«Antiguamente sí que era un negocio, porque todas las familias que vivían en el campo tenían, como mínimo, un burro», argumenta, recordando la importancia que este oficio tuvo en tiempos pasados.
Aunque es evidente que ya nada es lo que era, aún así hay algunas personas que le siguen haciendo encargos. Al mes, más o menos, suelen comprarle tres o cuatro, aunque otras muchas veces también las regala a sus amigos por gusto.
«Ahora, para las Navidades, ya tengo algunos encargos de personas que quieren regalarlas a amigos o familiares que tienen animales», destaca.
Guerra tiene claro que, aunque los años sigan pasando y ya no disponga del mismo número de animales que tenía en su juventud, su dedicación al oficio de albardero no disminuirá.
Para él, fabricar albardas no es solo un trabajo ni un simple pasatiempo, sino también una manera de mantener viva una tradición, de conectarse con sus raíces y de expresar su amor por la artesanía.
«Voy a hacer albardas hasta que me muera, porque esto es lo que me da vida», manifiesta con convicción.
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