Entrevista a Marco Antonio Moreno Benítez
Marco Moreno, arqueólogo y gerente de Tibicena: «La Fortaleza revela mil años de la vida de los canarios»
«La rendición de Ansite no fue en La Fortaleza, Ansite está en un poco más arriba de la falda de Amurga»

Marco Antonio Moreno Benítez es arqueólogo y gerente de Tibicena, la empresa responsable de la investigación y gestión del yacimiento de La Fortaleza. Participó esta semana en el XII Encuentro de Genealogía Gran Canaria celebrado en la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Las Palmas.
¿Qué fue lo que despertó su interés por La Fortaleza?
Una coincidencia. Sale una doble licitación del Cabildo de Gran Canaria. Es el mismo proyecto, trabajar en Balos y trabajar en La Fortaleza. Y nosotros al que le teníamos cariño era al proyecto de Balos. Y nos presentamos a ambos y ganamos La Fortaleza y empezamos a trabajar. Era un proyecto bonito, La Fortaleza estaba bien. En 2011 empezamos a despedregar y ya vimos que aquello era mucho más gordo, esto es mucho más antiguo de lo que pensábamos. Pero en 2015 hacemos las primeras dataciones, por unos espolios, y nos salen los siglos VI y VII. Eso era la bomba, en un momento en el que todas las dataciones de Gran Canaria eran del siglo XII, siglo XIII. O sea, vemos y decimos: esto es antiguo que no veas. Y entonces es cuando empezamos a ver que el yacimiento tiene un recorrido histórico que no tenían otros. Empezamos a ver que hay diferentes espacios arqueológicos, que el estado de conservación es brutal, y las dataciones… Te dices, tenemos una joya aquí. Empiezas a trabajarlo, empiezas a publicar cosas, te empiezas a encariñar. Dices, este espacio está olvidado, hay que empujar, hay que empujar.

Un grupo de estudiantes visita el yacimiento de La Fortaleza, en Santa Lucía de Tirajana. / Tibicena
¿Qué es lo que convierte a La Fortaleza en un yacimiento singular en el contexto canario?
Lo que lo convierte en un yacimiento singular son las cronologías tan amplias que tiene, o sea, siglo V o VI al siglo XV. Casi mil años de ocupación continuada. El estado de conservación brutal que tienen algunos espacios, es decir, parece que se fueron ayer. Las casas, cómo están construidas... La existencia de diferentes momentos culturales que se ven claramente. Tenemos tres fases que distinguen a un yacimiento que camina, que evoluciona. Y eso en otros sitios no se ve; se ve una historia plana. En este caso vemos el cambio de la sociedad aborigen. La Fortaleza es el espejo de mucha parte de la arqueología de Gran Canaria.
¿Y cuál era el estado del yacimiento cuando Tibicena asumió su gestión e investigación?
Cuando entramos, aquello era Ansite y había mucha gente, muchos arqueólogos, que decían que eso estaba quemadísimo, que ahí no había nada. Vicente Sánchez Araña, don Vicente, hizo todo lo que pudo, todo lo que quiso, y parecía un yacimiento que estaba quemado. Pero cuando empezamos a trabajar en serio, empezamos a ver que no, que esto estaba intacto. Sánchez Araña no pudo profundizar como lo hicimos nosotros, él trabajó superficialmente. Y fue cuando nos dimos cuenta de la valía que tenía el espacio arqueológico. Al yacimiento todavía le queda. Queda mucho por hacer y conocer.
¿El sitio del que hablamos es La Fortaleza de Ansite?
No. La Fortaleza es el nombre, ¿vale? La Fortaleza siempre fue el nombre. De hecho, en la cartografía desde el siglo XIX, cuando se inicia la investigación se nombra como La Fortaleza. No hablan de Ansite; Ansite no aparece por ningún lado. Es Sánchez Araña, en los años 60 y 70, quien vincula el yacimiento de La Fortaleza con [la rendición de ] Ansite, y a partir de ahí surge ‘La Fortaleza de Ansite’. Ansite es el lugar donde los aborígenes se rinden el 29 de abril de 1483.

Marco A. Moreno Benítez, arqueólogo y gerente de Tibicena. / ALEJANDRO QUEVEDO
¿En La Fortaleza?
No, no, en La Fortaleza, no. Nosotros sabemos a través de las excavaciones y del conocimiento histórico e incluso administrativo, con las fuentes que hemos consultado, que Ansite estaba en otro sitio: estaba en San Bartolomé de Tirajana, estaba posiblemente en las faldas de Amurga, un poquito más arriba. O sea, La Fortaleza no es Ansite, Ansite es otra cosa. Y se vinculó durante los años 60 de forma interesada y nadie lo paró. Fue una campaña de marketing que funcionó a las mil maravillas.
Yo, por ejemplo, cuando paso por allí digo: «Mira, aquí, en este sitio, en La Fortaleza, se rindieron los últimos canarios».
Estás equivocado. Miras a derecha de La Fortaleza, ves esos riscos altos que están ahí, en Amurga. Fue ahí, no fue en La Fortaleza. Porque tú revisas la documentación… y se ve. Hoy sabemos que Ansite no es La Fortaleza.
¿Y esto no lo había rebatido nadie antes?
Santiago Cazorla, el sacerdote, lo intentó. Santiago Cazorla fue cronista oficial de San Bartolomé, un hombre muy ilustrado, que hizo varios intentos de explicarse en periódico o en su libro Los Tirajana, pero Sánchez Araña tenía mejores contactos que le sirvieron de altavoz. Participó de mil eventos y charlas, sobre todo pregones, dando a conocer su relato.
Aquella casa impresionaba.
¿Cómo?
El museo de la casa de Sánchez Araña impresionaba en aquellos tiempos, más si eras niño.
Claro, su casa era un museo, él transformó su casa en un museo. Era una persona a la que le encantaba la arqueología y el patrimonio. Vas al Nodo y cuando se habla de arqueología canaria, era él quien lo hacía. Fue el que llevó la arqueología canaria a la Televisión Española de la época. Él es el que vinculó La Fortaleza con Ansite y nadie le dijo nada. Pero incluso el arqueólogo oficial de la época, el comisario de excavaciones Jiménez Sánchez, le daba la razón. Quien único no le dio la razón —y yo creo que se aburrió de gritar en el desierto— fue Santiago Cazorla.
Hemos acabado con decenas de hernias por las toneladas de piedra que hemos tenido que sacar
¿Ha surgido algún descubrimiento que haya obligado a replantear teorías previas sobre la sociedad indígena grancanaria?
Cuando hablamos del poblamiento indígena es verdad que la investigación es pendular: hoy decimos una cosa, mañana pensamos otra, y dentro de 40 años volvemos a esto. Inicialmente se pensó que la sociedad de Gran Canaria era fruto de la llegada de diferentes grupos humanos, y cada grupo humano traía una cosa: unos vivían en cuevas, otros en casas,… Después se dijo: no, no, no, eran todos uno; llegaron una vez, crecieron mucho y un día les dio por enterrar de forma diferente, otro les dio por hacer las casas de forma diferente, otros vivían en cuevas… Se fueron diferenciando por un tema interno. Y ahora se está volviendo desde 2018 y 2019 a pensar o especular en la llegada de diferentes grupos humanos y que cada uno aporta algo al conjunto. Y eso lo tenemos en La Fortaleza. La gran riqueza de La Fortaleza es que es, la que en parte, ha ayudado a entender ha ayudado a entender que hay cambios muy gordos y con fechas muy precisas. El santuario que está en la parte alta, deja de funcionar en el siglo XIII. O sea, se deja de subir allí. Y en el siglo XIII entran las casas cruciformes —que no existían. Con lo cual, nos está diciendo que hay un cambio, que hay un cambio de mentalidad. Eso que en el resto de la isla no se ve tan claro, en La Fortaleza sí lo tenemos muy afinado.
Me conmueve imaginarlos charlar y jugar con unas fichas de restos de losa que hallamos
¿Qué evidencia material le resulta más sorprendente?
Aunque parezca una tontería, unas fichas para juegos. Restos de losa pulida. Imaginarlos jugar, conmueve. Porque pintaderas hay en todos lados. Hay una pintadera en La Fortaleza que es tremenda, que es triangular con tres vanos, tres agujeros triangulares... La mires como la mires, es siempre la misma. Es un ejercicio de geometría brutal. Y eso que dentro tiene círculos, cuadrados… da lo mismo. Siempre se ve igual. Pero las fichas… Yo las veo y veo a dos hombres, dos chicos, dos niñas, ahí, jugando, riendo. Tenemos la imagen del aborigen en blanco y negro, gris, como algo serio, una vida dura, gente que moría a los 40 años, enfermedades… Pero eso un momento de ocio, de juego, de distensión. Estamos teniendo una conversación, pero jugando a las damas. Quizás es una de mis piezas preferidas.

Piezas de losa con las que hugaban los antiguoos canarios. / Tibicena
¿Qué desafíos técnicos presenta excavar y documentar un espacio como este?
En el caso de La Fortaleza, el desafío sobre todo es físico. La cantidad de toneladas de piedra que hemos sacado… yo ya le perdí la cuenta. Nos salen las hernias. Ya empezamos a contar las hernias casi por decenas en todo el grupo. La gente ve la arqueología como una especie romántica, con la brocha… Y claro, cuando van y ven grúas sacando piedras de toneladas, dicen: «Esto de arqueología tiene poco». Es el trabajo previo. Pero el desafío es la conservación. Es un yacimiento que ha estado 300 o 400 años bajo tierra. Desde que le quitas la tierra, le quita lo que lo protegía. Cambias las condiciones de humedad, temperatura, insolación… Y empieza a degradarse. Es cuando tienes que tener cuidado. No podemos trabajar si no hay un plan de conservación.
El sitio habla de un tiempo donde no hay prisa, sus casas están ahí, las nuestras se caen a los 50 años
¿Qué revela La Fortaleza sobre la vida cotidiana, la espiritualidad o la organización social?
Habla de la imbricación de todo. El mismo poblado tiene los vivos, tiene los muertos y tiene el espacio religioso. El mismo poblado tiene un santuario, monumentos funerarios o cueva de enterramientos, tiene los túmulos por detrás,… Habla de una sociedad en conexión permanente con la muerte, no como nosotros que la ocultamos, metemos a nuestros muertos en cementerios encerrados tras una pared alta y los sacamos del lugar donde vivimos. Y una sociedad que…, no la quiero romantizar, porque le digo, las mujeres de 30 a 35 años de esperanza de vida y los hombres de 35 a 40. Pero es una sociedad, digamos… no sé cómo decirle. Quizás que la forma de vivir y medir el tiempo era distinto ¿Más tranquilos? ¿Qué te enseña? Te enseña que los tiempos son otros. Que no hay prisa. Un ejemplo serían las casas, que se están ocupando varias generaciones, se hacían bien. Ahora dejas una casa sin vivir y en cincuenta años está en el suelo. Quizás tendrían también más apego, más memoria y por eso más cuidado de cómo hacían y trabajaban los lugares que habitaban. Las cosas se hacían bien.
¿Existe consenso sobre la función principal del enclave?
No. Afortunadamente. Si no, los arqueólogos nos quedamos sin trabajo. Nuestro trabajo es hacer de notarios. Sale una cerámica, debo recogerla en condiciones para que quien venga detrás sea capaz de refutar lo que yo digo. No hay ciencia si no hay capacidad de refutación. Siempre debe existir capacidad para refutar. No creas que estamos excavando todo, no me interesa. Yo tengo que dejar un testimonio para próximas generaciones. Pero también tenemos que dejar espacio para que el que venga después —que será más listo, más guapo y seguro que con más dinero— excave e investigue; tenga su oportunidad de investigar. Si yo investigo todo y excavo, el que venga detrás no va a tener posibilidad de investigar: irá al museo a ver lo que yo he excavado. Y si ese material lo he tratado mal y no lo he gestionado bien, no va a poder decir nada más.
¿La Fortaleza es un ejemplo de yacimiento visitable?
Es un ejemplo de yacimiento visitable y espero que lo sea durante mucho tiempo, porque es un yacimiento que ya estaba, que ya la población local lo tenía asumido como algo suyo cuando era Ansite. O sea, la población local estaba orgullosa de que fuera Ansite. Entonces ya parte de una base. Es un yacimiento cuya carretera es accesible. Es un yacimiento que tiene espacios monumentales —la cueva, las casas,…— por lo cual, cuando lo ves, el «¡guau!» te sale solo. Es un yacimiento que tiene una historia propia. La investigación lo ha dotado de un discurso que puedes contar. Es un espacio donde ves múltiples restos arqueológicos diferentes: cuevas, casas, culturas, y elementos excepcionales como es la cueva túnel. Es un ejemplo de puesta en valor porque es sencillo. Es como si fueras cocinero y te dan los mejores ingredientes: es difícil que te salga una chapuza. En este caso, partimos con ingredientes muy, muy buenos.
¿Los canarios conocen la relevancia de este lugar?
No.Y es mi mayor pesadilla. Enfocamos todo el patrimonio al turismo, no a la población local. Posiblemente un alemán de Düsseldorf conozca mejor La Fortaleza que un vecino de Santa Lucía. Es así de triste. No activamos políticas para que sea interesante, para que sea atractivo. Quevedo, el cantante, ha hecho más por el patrimonio que todas las instituciones. Se puso una pintadera al cuello y mucha juventud empezó a interesarse, incluso en la península. Muchos no sabrán lo que es el triángulo, pero otros van a investigar qué es. Desde la emoción, desde el aspecto identitario, se puede descubrir el patrimonio, y creo que no se está trabajando desde esa perspectiva.
¿Qué papel juega La Fortaleza en la construcción de identidad y memoria para la sociedad actual?
La Fortaleza jugó un papel identitario muy potente porque fue como el nacimiento del mito de Ansite, del mito de Bentejuí, de la rebeldía, de la conquista. Claro, tú entras y dices que eso no es Ansite… parece que estás yendo en contra de la historia canaria. Ansite fue un episodio concreto. La Fortaleza tiene 1.500 años de historia. La Fortaleza, y muchísimos yacimientos —Cueva Pintada, Maipéz de Agaete, Arteara, los que hay en la cumbre Patrimonio de la Humanidad— nos hablan de un rico pasado. Y lo que no podemos hacer es quedarnos en capítulos concretos, casi románticos.
¿Hay algún momento concreto en La Fortaleza que recuerde como especialmente emocionante?
¿Yo? Pues no lo sé. Cabreos sí. Cabreos te puedo decir montones. La gente piensa que cuando aparece algo es que «¡descubrimos algo!». No. No descubrimos. A mí el mito del arqueólogo que descubre me toca bastante las narices porque es una idea romántica de la profesión. ¿Cuándo te pones contento? Cuando sabes que se protege. Ahí sí te pones contento. Pero el descubrimiento como tal… rara vez. Tú estás pendiente de que no se te escape nada, del proceso de trabajo. Cuando aparece una pintadera o lo que sea… documentar la fotografía, dónde apareció… No es «¡guau!» y empezar a aplaudir, es empezar a hacerte más preguntas y buscar cómo conservar lo que estás en ese momento recuperando.
¿Y qué espera que La Fortaleza represente dentro de 20 años, tanto para arqueólogos como para ciudadanos?
Un espacio de memoria, un espacio de recuerdos, de aprendizaje, de cultura, de economía también para la comunidad local, de actividad… pero sobre todo un espacio donde la gente disfrute de la historia, del paisaje. Es mi único anhelo: que los vecinos que están…, los chiquillos que están en Santa Lucía pueblo, al igual que los adultos que ahora dicen Ansite, dentro de 20 ó 30 años digan: «Oye, La Fortaleza, vete a verla, que merece la pena».
¿Es más importante La Fortaleza que la rendición de Ansite?
No, no. Ambos son capítulos. Lo que pasa es que tenemos esa idea romántica de aquellos episodios de la rendición como de heroísmo. Y al final, Ansite está marcando el fin de un momento y el nacimiento de otro: un momento muy concreto, que es la rendición y la muerte del Faycán y de Bentejuí al grito de Atis tirma y el nacimiento del sistema colonial. Pero La Fortaleza son 1.500 años de historia. Es como decir: oye, ¿tú con qué te quedarías, con tu último cumpleaños o con toda tu vida? Es complicado: los dos son importantes, pero tendemos a esa idea romántica de los grandes héroes, y lo demás se oculta. Por eso a mí las piezas de las fichas para jugar es algo que me encanta, porque es algo doméstico que te está hablando de una cosa que no ves, que es la normalidad.
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