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Adiós al Bar El Perola

Cuando acabe este mes de noviembre, Agaete y por ende La Rama, perderán uno de los establecimientos más emblemáticos

Pepe Jiménez, 'el Perola', despacha un ron blanco en su bar de Agaete

Pepe Jiménez, 'el Perola', despacha un ron blanco en su bar de Agaete / José Carlos Guerra

Aníbal Santana

Vivimos tiempos de cambios profundos y urgentes, pocas cosas por muy ancladas que estén en la sociedad resisten este tsunami, ni siquiera El Perola. Cuando acabe este mes de noviembre, Agaete y por ende La Rama, perderán una de sus hojas más emblemáticas: treinta años de servicio con el maltrato más cariñoso hacia su clientela de todo el orbe occidental, marca de la casa, cierra sus puertas. A partir de ahora solo nos queda la nostalgia, además del sonido de “La esquina del Perola” musicada por Olga Cerpa.

“Único bar del mundo donde el cliente nunca tiene la razón” que me permitió que colocara con una sonrisa cómplice lo asevera; en ese juego de complicidades también me admitió otro que rezaba: “Centro de proceso de datos”, que era el lugar donde Pepe apuntaba con todo rigor, en los cartones de los paquetes de cigarrillos, las consumiciones de sus muchos clientes venidos de todos los rincones del archipiélago y más allá, y que, luego con la llegada de la IA, inteligencia artificial, los cambió por un bloc, rigurosamente pautado.

El caso no es que el bar fuera visitado por clientes masoquistas que disfrutaban con ese cariñoso maltrato, es que muy rápidamente descubrían que detrás de: “qué te pasa bobo, ya te oí” cuando le urgíamos la consumición, se escondía una bondad y un corazón tan grande como ese corpachón que lucía y que parecía salido del taller de Botero, de ahí su apodo. Pepe escondía tras esa mueca de enfado el gusto por atender, y pronto le salía esa sonrisa de niño malo que nunca perdió con el paso del tiempo.

Intentar resumir en esta líneas los maravillosos ratos pasados en esa vetusta tienda de aceite y vinagre reconvertida en el bar El Perola, es imposible; pero también es difícil olvidar las parrandas tanto de Felo y sus muchachos, así como de todos aquellos venidos de fuera que, guitarra en mano, disfrutaban y hacían disfrutar del folclor canario; y cómo no recordar las trifulcas, siempre dentro del buen ambiente peroliano, entre los culés y madridistas, en aquellos partidos del siglo restrasmitidos por televisión, así como las tertulias al cobijo de un botellín, un puñado de manises y un plato de chochos. No puedo preterir, lleno de nostalgia, la tertulia con mis amigos de fines de semana hoy casi todos desaparecidos por el paso del tiempo, en un rincón que Pepe con mucha reticencia, nos reservaba bajo la presencia de una romana venida de la tienda de aceite y vinagre, y, por supuesto, por ser el “meeting point “de la fiesta: Nos vemos en El Perola.

Para que se pueda conocer la importancia del bar El Perola en Agaete no me resisto a dejar de contar una anécdota de mis dos nietas, a las que le encanta comer en el Perola: hace aproximadamente dos años, llegaron a mi casa del colegio, escandalizadas, diciéndome, “¿tú puedes creer abuelo que una niña de nuestra clase, que ha vivido medio año en Agaete no conoce El Perola?”

El tópico dice que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer, en este caso Pepe fue tan afortunado que no tuvo una, sino tres, empezando por Ma, la matriarca de la familia, cocinera extraordinaria; de sus fogones salieron los platos emblemáticos del Perola como, el conejo frito, la ropavieja, las papas fritas con berberechos y el magnífico sancocho de los domingos entre otros muchos; luego Yaya, empleada para todo, no solo como ayudante de Ma en la cocina sino atendiendo también en la barra y la incomparable Guaci, la florcita del Valle como la apodamos en nuestro grupo.

Se cierra una etapa que dejará un vacío importante en la Villa y un gran hueco en la Rama, que ya me lo venía anunciando, cuando por primera vez hace dos años dejó de abrir por la fiesta; al comentarle mi extrañeza, me dijo con expresión triste, estoy cansado.

Lo bueno es que seguiremos disfrutando de la bonhomía de este entrañable personaje que se transmutó de vendedor ambulante de lotería en un mesonero inolvidable. Gracias Pepe por todos los buenos ratos que nos has hecho pasar.

Ánibal Santana es economista.

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