Desde la ciudad arzobispal… (LXXXVI)
Francisco Luis Toledo, un maestro de la sastrería para caballeros

Francisco Luis Toledo, un maestro de la sastrería / La Provincia
En fechas pasadas recientes, durante el acto de inauguración de una placa conmemorativa, en el lugar donde nació la estudiosa del folclore y escritora teldense doña Pino Monzón Padrón, fui invitado por el Sr. alcalde a tomar la palabra. La casa en cuestión, edificio de nueva planta, luce un diseño totalmente contemporáneo y, a diferencia del humilde hogar que ocupaba con anterioridad el mismo sitio, hasta hace una treintena de años, tenía las puertas cerradas a cal y canto. Entonces hice partícipe a la audiencia de unos pensamientos recurrentes, que cada vez que paseo por mi barrio natal de Los Llanos, asaltan mi mente.
Para los que esto leen y no son oriundos de Telde, aclaro que nuestra noble ciudad, en su segunda y definitiva fundación, ocurrida a partir de la primavera–verano de 1483, fue erigida en torno a tres edificios religiosos: La Iglesia Parroquial Matriz de San Juan Bautista, la pequeña y humilde Ermita de Santa María de La Antigua y, la también Ermita de San Gregorio Taumaturgo y Ntra. Señora del Buen Suceso, esta última un poco mayor que la anteriormente mentada. El primer espacio urbano fue desde siempre dedicado a las sedes de las diferentes administraciones públicas (Casas Consistoriales, Juzgados, Notaría, Registro de La Propiedad…). La segunda quedó reducida a barrio marginal habitado por algún que otro artesano, aunque algo más tarde será sede franciscana, cuando en 1610, esta Orden se establezca aquí. La tercera fue la más favorecida por el tiempo, ya que de hacinar esclavos y ser denominado Barrio de Berbería, pasa a ser la zona comercial e industrial por excelencia del municipio. Decir Los Llanos, en el imaginario teldense es tener presente cientos de negocios de toda clase y condición, alimentados todos ellos por una frenética acción mercantil, así como por el trajinar de sus gentes, que no solo iban y venían por sus calles, sino también de los que como viajeros partían o regresaban en los famosos coches de hora y no menos populares piratas.
En Los Llanos era difícil, por no decir casi imposible que alguna puerta permaneciese cerrada a lo largo de la jornada laboral. Sastres, costureras o modistas, herreros, zapateros, vaineros, colchoneras, albarderos, latoneros y así un largo etcétera, mostraban sus excelentes dotes en los más diversos oficios. Las tiendas de aceite y vinagre y también las de venta al por mayor competían con las de tejidos, muebles, materiales de construcción…
En ese marco inolvidable de mi infancia y primera juventud conocí a nuestro biografiado: Don Francisco Luis Toledo, padre de mis amigas, las hermanas Juana María y Dolores Luis Florido y a su querido hermano Pablo Agustín, que más que un amigo al uso, siempre lo he considerado un hermano.
¿Qué sabemos del sastre Toledo, como popularmente se le conocía? Pues gracias a la memoria compartida de algunos teldenses, entre los que se encuentra su propio hijo y algún vecino, sabemos que don Francisco llegó a Telde como pollo–pera en la década de los cuarenta del pasado siglo XX. Trajeado y, nunca mejor dicho, de punta en blanco se nos presentó en el Casino La Unión para deslumbrar con un traje de corte magistral salido de sus propias manos. Allí conoció a varias jóvenes, entre las que se encontraban las hermanas Florido Suárez, hijas de un rico agricultor del pago de El Valle de Los Nueve, de donde también procedía su esposa, don Agustín Florido de la Nuez y doña María de las Mercedes Suárez Ramírez. El amor a primera vista fue para María Dolores, más conocida por Lola o Lolita. Su simpatía y modestia la hacían ejemplar y querida por todos.
Antes de ser presentado a sus futuros suegros, en la enorme casa que ellos poseían en el Parque León y Joven, hoy Franchy Roca, los hermanos varones Florido Suárez, indagaron sobre el pretendiente de Lola y éste resultó ser un joven nacido en la isla de Tenerife y llegado a Las Palmas de Gran Canaria con sus padres, don Pablo Luis Chico y doña Juana Toledo Suárez y con sus hermanos, Eutimio, Antonio y María. También supieron que sus progenitores procedían de la provincia de Valladolid y de la isla de El Hierro.
Como preguntando se llega a Roma, tuvieron constancia de la honradez extrema de la familia y de como el joven Francisco (Paco o Paquito para algunos) siendo un mozalbete entró en las Escuelas Laborales de Artes y Oficios que los Padres Salesianos poseían en Ciudad Jardín. Aprendiendo los secretos del oficio y magisterio de la sastrería, en los cuales deslumbró con luz propia. A finales de los cuarenta, montó su sastrería en la calle María Encarnación Navarro, numero 51, en cuya trastienda–taller, tuvo su hogar, hasta que una prematura muerte, ocurrida el 23 septiembre de 1967, cuando solo tenía 56 años, dejó viuda y huérfanos a sus hijos.
Aunque yo solo tenia doce años recuerdo asomarme a la puerta de su taller y verlo afanado, trabajando denodadamente para sacar adelante los encargos de su bien abigarrada clientela. Allí junto a sus máquinas de coser Alfa y Sigma, cuyo monótono traqueteo monorrítmico nos hablaba del carácter fabril y artesanal del lugar. También había una longa mesa que lo mismo servía para extender los patrones, que para marcar y cortar las telas. Pequeñas cajas con canutillos de hilos de diferentes colores y otras tantas con botones, acompañaban al jabón marcador y a los metros, todo ello bajo la luz artificial que le permitía al bueno de don Francisco, trabajar hasta altas horas de la noche. Un suave aroma a ternos bien planchados nos hacían valorar la destreza de esas manos profesionales, cuando, con suma agilidad, planchaba los más diversos tejidos. Primeramente las planchas eran de hierro o carbón, pero algo más tarde aparecieron las eléctricas. En todo caso el resultado siempre fue más que óptimo.
Hombre hogareño y amante de su mujer e hijos, compartía con ellos el poco tiempo que tenia libre, a veces con la alegría de llevarse a la boca unos higos pasados que en una caja de zapatos le enviaba su tía Baldoneara, desde la Isla del Meridiano. Eran momentos para recordar los veranos pasados en la tierra de sus ancestros maternos y como en la Villa de Valverde, siendo un jovenzuelo, empleaba los veranos en hacer camisas y pantalones con el fin de tener unas perras para asistir a los bailes.
Así y a grandes rasgos fue la corta vida de uno de los artesanos de la sastrería más queridos y respetados del barrio de Los Llanos de Telde.
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