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Inocencio, el de Pino Santo, memoria viva de una guerra silenciada

Participó en aquel conflicto como soldado de segunda clase en una compañía de infantería, adscrito a la sección de asalto, y su testimonio es una de las pocas voces que quedan de ese episodio

Seis suboficiales españoles posan en la playa de Sidi Ifni, en Marruecos, instantes después de desembarcar el 31 de diciembre de 1957.

Seis suboficiales españoles posan en la playa de Sidi Ifni, en Marruecos, instantes después de desembarcar el 31 de diciembre de 1957.

Entre 1957 y 1958, las tropas españolas libraron el que sería su último conflicto colonial, un episodio casi borrado de la memoria colectiva. Enfrente estaba el Ejército de Liberación Marroquí, una fuerza que actuaba como brazo armado de un Marruecos que acababa de recuperar su soberanía y aspiraba a extenderla sobre todos los territorios que consideraba propios. Aquel choque, conocido como la Guerra de Ifni y el Sáhara, dejó en el desierto un saldo doloroso: 198 soldados españoles muertos, 574 heridos y 80 desaparecidos, además de un número nunca concretado de combatientes marroquíes.

El sacrificio, pese al valor de quienes participaron, apenas logró aplazar lo inevitable. España terminó abandonando Tarfaya e Ifni en 1958, Sidi Ifni en 1969 y, finalmente, el Sáhara Occidental en 1975. Sin embargo, medio siglo después del asalto inicial a Ifni -el episodio que encendió la mecha del conflicto- aún sobreviven algunos de aquellos jóvenes combatientes. Hoy son ancianos, algunos de ellos canarios, que fueron enviados como soldados de reemplazo a un escenario hostil, duro y casi olvidado por la historia oficial.

Inocencio Talavera Talavera, vecino de Pino Santo, de 90 años.

Inocencio Talavera Talavera, vecino de Pino Santo, de 90 años. / La Provincia

Uno de ellos es Inocencio Talavera Talavera, vecino de Los Lomitos del barrio de Pino Santo, en la Villa de Santa Brígida. A sus 90 años conserva una lucidez admirable. Vive junto a su esposa Amada, de 83, y es padre de cinco hijos, uno de los cuales murió, abuelo de diez nietos y bisabuelo de seis biznietos. Participó en aquella guerra silenciada como soldado de segunda clase en una compañía de infantería, adscrito a la sección de asalto. Su testimonio, aún vivo y nítido, es una de las pocas voces que quedan de un capítulo que España prefirió olvidar.

El mando de su unidad recaía en el capitán Lorenzo Orihuela Domínguez y el teniente Jesús Campos Campos, nombres que aún pronuncia con respeto. Talavera recuerda con claridad las operaciones de hostigamiento y respuesta contra las fuerzas marroquíes. Su sección solía ser trasladada en helicópteros, un recurso todavía novedoso en las Fuerzas Armadas españolas, para ejecutar maniobras de sorpresa sobre posiciones enemigas. Aquellos vuelos eran breves pero tensos: el zumbido de las hélices se mezclaba con el polvo del desierto, y al tocar tierra sabían que podían encontrarse con fuego enemigo en cualquier momento.

Entretanto, el silbido de las balas, los cuerpos que caían, la sangre y el dolor los rodeaban por todas partes. A los muertos se los evacuaba a la Península, aunque las familias debían guardar silencio ante el vecindario y la prensa sobre el lugar en que habían fallecido. A veces resultaba casi imposible defenderse de las emboscadas de los marroquíes, que se camuflaban con pieles de oveja y reptaban hasta acercarse a los linderos de las posiciones españolas con la intención de degollar a cualquiera en un momento de descuido. El temor a aquellos ataques sigue siendo, aún hoy, una imagen imborrable en su memoria.

El conflicto entre Ifni y el Sáhara dejó en el desierto un saldo doloroso: 198 soldados españoles muertos, 574 heridos y 80 desaparecidos

Las condiciones de vida, relata, eran extremadamente duras. El calor abrasador durante el día, el frío cortante por las noches, el desierto y las largas esperas entre combates marcaban la rutina de los soldados entre chinches, pulgas y piojos. A ello se sumaban la escasez de material, la improvisación y el desánimo creciente de unas tropas que intuían que su presencia en Ifni tenía los días contados. Aun así, Talavera recuerda también la camaradería y la solidaridad entre aquellos muchachos que, lejos de sus hogares, se apoyaban mutuamente para sobrellevar el miedo y la incertidumbre. Cada patrulla, cada vuelo y cada repliegue fortalecían unos lazos que, en algunos casos, durarían toda una vida.

Hoy, cuando la Guerra de Ifni permanece rodeada por un silencio casi total, testimonios como el de Inocencio Talavera permiten recuperar la memoria de quienes la vivieron en primera línea. Su voz, cargada de años pero firme, es un recordatorio de que aquel conflicto -por mucho que la historia lo relegue a un rincón- dejó una huella profunda en miles de familias españolas y marroquíes, y marcó el final de una era en la presencia colonial española en África.

Del mismo modo, rememora los hechos dantescos de aquella campaña en la que participó con solo 22 años, durante la evacuación de los cuerpos sin vida de los paracaidistas caídos de la III Bandera Paracaidista, al mando del teniente Ortiz de Zárate. Habían sido acribillados en su intento de liberar a los soldados cercados en Telata Sbuia. Cuando la compañía de Inocencio consiguió abrirse paso para socorrer a los paracaidistas, ya apenas quedaban supervivientes de aquel destacamento: de los quince hombres desplegados en la zona, solo seguían con vida un teniente y un sargento.

Recuerda asimismo el reguero de sangre y los cuerpos acribillados de aquellos soldados que habían permanecido cercados durante tantos días. La mayoría de los hombres de su compañía eran de origen peninsular; solo él y un vecino de Arucas, Juan Quintino Gil -quien también logró sobrevivir a aquella contienda- eran canarios. Más tarde, junto a un sargento natural de Teror que, pese a pertenecer a la Benemérita, había pasado al ejército en África porque allí se pagaba mejor, fueron destinados a un puesto de vigilancia fronteriza, en un momento en que las acciones del ejército español habían pasado a ser meramente defensivas ante la situación internacional.

Allí debían extremar las precauciones ante la presencia constante de marroquíes que podían asaltar el puesto y acabar con sus vidas. Pasaron varios meses de relativa calma, lejos del estruendo de los combates, pero no libres de los sobresaltos diarios propios de quien ignora lo que puede suceder en el minuto siguiente.

Varios de sus compañeros murieron en combate, y él también fue testigo de cómo un buen número de soldados marroquíes caían bajo las armas españolas, todos víctimas de una guerra sin registros oficiales y silenciada por las autoridades. Don Inocencio recuerda la estricta orden impuesta por los mandos de guardar absoluto silencio sobre todo lo acontecido al regresar a casa, así como la prohibición de mencionar cualquier detalle en sus cartas, que eran abiertas y censuradas por los superiores si lo consideraban necesario.

Al concluir su servicio en Sidi Ifni -su mili duró 16 meses-, se les entregó un diploma firmado por el teniente coronel del regimiento, certificando la finalización de su servicio, acompañado de la advertencia de no hablar con nadie sobre los acontecimientos vividos en tierras africanas. Hoy, en su hogar de Pino Santo, don Inocencio rememora aquellos acontecimientos, escandalizándose por todo lo que vivieron: la sed, el aislamiento de las familias, el miedo constante, el dolor por la muerte de sus compañeros, y, sobre todo, el olvido en que cayeron todos aquellos sacrificios, junto al inútil derramamiento de sangre.

Sidi Ifni representó el gran sueño colonial del franquismo: un territorio concebido como pieza estratégica y emblema del poder español en África, hasta el punto de convertirlo en la capital de la llamada “África española”. Pero aquel sueño tuvo un precio devastador. Su defensa costó innumerables vidas, marcadas por combates, sufrimiento y sacrificio, hoy casi borrados tanto de la memoria oficial como incluso de la propia Ley de la Memoria.

Todo ello ocurrió en un contexto donde uno de los rasgos más característicos del régimen franquista fue la sistemática negación de la realidad y la construcción de un entramado de mentiras destinado a ocultar su inmoralidad, su mediocridad y la perversidad ejercida sobre la mayoría de la población. Durante décadas se impuso un relato oficial que distorsionaba los hechos y relegaba al silencio a quienes vivieron en primera línea una historia que, medio siglo después, aún lucha por ser reconocida.

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