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Aguacates de Mogán: la savia que llevó a Tino a cambiar la mecánica por la agricultura

Agustín Sánchez dejó de lado su taller de mecánica en 2023 para dedicarse en pleno a la pasión que el acompaña desde pequeño: la agricultura. En 2008 compró un terreno en el Barranco de Mogán donde sólo había «cañas y piedras» y hoy lucen unos 200 aguacateros que le reportan unos dos mil kilos al año

Agustín Sánchez, en su finca de aguacateros en Mogán.

Agustín Sánchez, en su finca de aguacateros en Mogán. / LP/DLP

Mogán

Agustín Sánchez Jiménez (Mogán, 1969), más conocido como Tino, cambió hace año y medio su vida de mecánico por la de agricultor. Una pasión que le ha acompañado desde pequeño cuando iba a ayudar a su madre en las fincas pequeñas del pueblo con unos frutales y dos o tres cabras para alimentarse en las casas. «Empecé obligado y ya después de viejo me he acabado dedicando a esto», resalta.

Con la afición por la agricultura acompañándole toda la vida, en 2008 decidió comprar un terreno junto al Barranco de Mogán para tener sus propios aguacates, mangos y naranjas. Una tierra «de mil leches, con sólo piedras y cañas» que poco tenía de agrícola y a la que dedicó tiempo y esfuerzo para dejarla en condiciones para plantar. Hace año y medio decidió dejar su taller de mecánica para dedicarse a la agricultura «al cien por cien». El resultado: unas 200 matas de aguacates y otras 300 de mangos que le reportan unos dos mil kilos de cada fruta al año.

«Cambié las manos de grasa del taller por esto, que siempre me ha gustado», reconoce Agustín, quien explica que el oficio «te puede dar para vivir, pero hay que trabajar». Para que salgan las cuentas, señala que «en esto no se puede sacar la cuenta mes a mes, hay que hacerlo por lo menos a tres años porque hay unos que te dan mucho y otros que no y hay que compensar de un año para otro».

El orgullo de los moganeros

En su finca, Tino tiene plantados unos doscientos aguacateros pero de más de diez variedades diferentes, con sólo cuatro tipos de ellas comerciales, de mejor venta. «No hay nada que más le guste a un moganero que una pipa», comenta para hablar de la afición local por experimentar y sacar nuevas variedades. Los agricultores locales plantan una pipa y esperan años para comprobar el resultado, con resultados dispares «por amor al arte». No son comerciales porque son débiles más allá de Mogán ya que, una vez madurados, o se comen o se pierden. Ese es el caso del ‘antillano’, el favorito de los moganeros, traído de Cuba en el siglo XIX, en el pueblo puede llegar a venderse a diez euros el kilo pero en Mercalaspalmas se queda en euro y poco porque tienen que darle salida cuanto antes para que no se echen a perder.

Otra de las variedades endémicas es el ‘verruga’, bautizado como el aguacate «para los médicos». Tino recuerda que cuando sus padres tenían que ir hasta Las Palmas para visitar al médico era el tipo de aguacate que llevaban para regalar «o para quien necesites que te haga un favor», recalca. Otro agricultor más mayor Pedro Saavedra, barranco arriba, cuando le preguntan sobre qué variedad da uno de los árboles cerca de su casa responde que «el aguacate de los regalos».

El problema del agua

«El aguacate es un mato que, como pase sed un poco, ya va para atrás, ya se muere», explica Agustín. «Tiene que estar muy mimado con el agua», reconoce. En ese sentido, habla de los problemas a los que se enfrentan los agricultores del Barranco de Mogán con la escasez de agua. «Aquí sacamos agua de los pozos, el agua de la presa de El Mulato llega hasta aquí pero es pequeña y llevamos años que la tenemos restringida», señala. «A mí me están dando una hora y media de agua al mes de la presa, con eso no se hace nada. Saco de un pozo, del que tengo 18 horas pero en realidad me echa una hora porque no tiene agua», añade. Una situación común con sus compañeros y que provoca que se dispare el precio del preciado líquido. «Acabo comprando a otros pozos, todos de aquí, pero a veces tampoco te quieren vender el agua porque no quieren quedarse sin ella», concluye. Tino pone sus esperanzas en el aprovechamiento que pueda dar la nueva potabilizadora de Arguineguín para el proyecto de la futura central hidroeléctrica, pero reconoce que, aunque avanzado, es un proceso lento.

Plagas y olas de calor

Allá por 2006, cuando comenzó a plantar aguacates en su finca, «aquí no se hablaba de plagas», pero «hoy ya se está hablando que si una cochinilla o que si una araña». Apunta a Veneguera y la costa de Mogán donde están teniendo problemas con las plagas y reconoce que «es cuestión de tiempo» que lleguen barranco arriba. «Igual son matos de vivero o gente que va de viaje y se trae una mata de otro sitio que viene con sorpresa, es bastante peligroso», indica.

Sin embargo, lo que sí ha afectado a sus cultivos estos últimos años son las olas de calor y el aire caliente que viene con ellas. «Eso sí que hace daño al aguacate y a cualquier fruta, pero no hay nada que hacer más que sacar al santo para que se vaya», comenta. Esos picos de cuarenta grados son los que más afectan porque, de hecho, los 30 grados no sólo los aguantan, sino que les sientan muy bien a los aguacateros. «Esas temperaturas son buenas para el aguacate, el mango y la naranja, de ahí el sabor que tienen, entre otras cosas», añade.

Agustín reconoce que el precio del aguacate está caro, pero que tiene sus gastos, como el caso del agua. Precisamente esos precios son los que le hacen temer el intrusismo con el aguacate de fuera. «Con esos precios es tentativo», advierte. Aun así, reconoce estar de acuerdo con las palabras de la alcaldesa de Mogán, Onalia Bueno, en las que pedía a los que se quejaban de los altos precios «que no vengan a la Feria del Aguacate». Los dos mil kilos de media que suele sacar cada año acaban en su totalidad en las cercanías de Mogán. Una parte los vende a la cooperativa y otra, en las ferias agrícolas de la localidad. El próximo domingo, 14 de diciembre, como lleva haciendo desde 2025, Agustín Sánchez, Tino, volverá a montar su puesto en la plaza Pérez Galdós de Arguineguín.

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