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Procesión del día grande de la Concepción en Jinámar: malagueña para la Virgen, caña dulce y mucha devoción

El barrio se llenó este lunes de nostalgia y fe mientras vecinos y visitantes se reencontraban con familiares y disfrutaban de la feria de ganado

Procesión de la virgen de la Concepción

La Provincia

Elena Montesdeoca

Elena Montesdeoca

Telde

El día grande de las fiestas en honor a la Virgen de la Concepción volvió a convertir este lunes a Jinámar, en Telde, en un pequeño viaje al pasado. Muchos vecinos aprovecharon la jornada para rememorar cómo se celebraba antiguamente esta cita tan señalada, cuando las calles estaban repletas de puestos de caña de azúcar, las familias se reunían desde primera hora y una alegría compartida llenaba cada esquina del pueblo. Para los más veteranos, la procesión de este lunes poco se parece a aquellas celebraciones que marcaron la vida del barrio décadas atrás. Sin embargo, sí han perdurado los cantos que los vecinos entonaban a la virgen desde las azoteas que bordean la carretera general al verla pasar.

Adrián Cubas, desde minutos antes de que el reloj marcara las 13.00 horas, ya esperaba en el balcón de la primera vivienda donde la imagen se detendría para recibir los cánticos. Para la ocasión, el joven eligió interpretar una malagueña. Lleva cinco años consecutivos cantándole a la patrona de los jinameros, pues es de la zona y siente un profundo apego y cariño por estas fiestas. Aunque en cuestión de minutos cientos de personas se congregarían frente a él para escucharlo, Cubas aseguró que no sentía apenas nervios. «A mí lo que me llena y me satisface es escuchar los aplausos de la gente al finalizar», señaló.

Luis González junto a sus dos ovejas de raza canaria Lucio y Luana.

Luis González junto a sus dos ovejas de raza canaria Lucio y Luana. / Andrés Cruz

Para los vecinos del barrio, lo más especial de esta celebración son los reencuentros familiares con aquellas personas que, por trabajo o circunstancias de la vida, se han marchado a otro municipio o incluso a otra isla, y que aprovechan este puente para regresar y celebrar junto a los suyos las fiestas de la Concepción. Frente a la iglesia, y con ganas de revivir una vez más la tradición, esperaba Carmen Martel, una vecina de 83 años que lleva, nada más y nada menos, que medio siglo sin faltar a esta cita.

Puestos de caña dulce

Madrugó para asistir a la misa de las 09.00 horas y, después, regresó a casa para almorzar y arreglarse antes de salir a disfrutar de la procesión. Con abrazos, besos y alegría saludó a su nieta y a su hija, pilares fundamentales para que esta celebración sea, un año más, un momento especial. Con la mirada al frente y fijada en la fachada de la iglesia y con muchísima nostalgia, Martel afirmó que esta es una de las ediciones en las que más gente ha visto en los últimos años, aunque reconoce que «ya nada es lo que era antes». No obstante, Jinámar lleva días convertido en un ir y venir constante de personas, un ambiente que a ella, personalmente, le «encanta».

Justo al lado de Carmen Martel, a apenas unos pasos, se encontraban Sebastián Castro y Domingo Santana en el único puesto de caña dulce instalado en la plaza. Un detalle significativo, pues estas fiestas también son conocidas como las fiestas de la Caña Dulce, en reconocimiento a las plantaciones de caña de azúcar que comenzaron a asentarse en los terrenos de la zona alrededor del año 1857.

Santana, de 86 años, acudió como cada año a disfrutar del ambiente, aunque esta vez sin montar su tradicional chiringuito de caña de azúcar.«Me da mucha pena, pero ya estoy mayor», destacó con nostalgia, recordando aquellas épocas en las que la plaza se llenaba de decenas de tenderetes dedicados a este producto.

Futuro en el aire

«Estas cañas las cultivo en un terreno que tengo justo al lado de mi casa, en el mismo barrio», explicó Castro, quien recordó que, antiguamente, muchos vendedores traían este producto desde Mogán, por lo que no eran cañas de azúcar originarias de Jinámar. «Las que tengo hoy aquí miden hasta cinco metros», señaló mientras mostraba una de ellas. Castro, que también lleva más de medio siglo asistiendo a la celebración, admitió que duda si volverá el próximo año. «Cada vez viene menos gente a comprarlas y tampoco valoran el trabajo que requiere cultivarlas, porque necesitan mucha agua», resaltó.

Cuando el reloj marcó las 13:02 horas, con una puntualidad casi exacta, la imagen con un manto de color azul comenzó su recorrido hacia la salida del templo, tras una eucaristía presidida por el obispo José Mazuelos. Este año, la celebración era aún más especial, ya que el templo cumple 500 años desde su construcción, un aniversario que añade un valor histórico y emotivo extra a las fiestas de la Virgen de la Concepción.

Domingo Santana y Sebastián Castro cortan las cañas de azúcar en su puesto en la plaza de Jinámar.

Domingo Santana y Sebastián Castro cortan las cañas de azúcar en su puesto en la plaza de Jinámar. / Andrés Cruz

Entre aplausos, lluvia de pétalos y el acompañamiento de la Banda Municipal de Música de Telde, del taller de folclore gomero a cargo de la A.F. Entre Amigos y del cuerpo de baile de la A.F. Umiaya, la Virgen estuvo arropada en su día grande por música, flores y los elogios de todos los vecinos de Jinámar.

Feria de ganado

Sin embargo, las fiestas de la Concepción de Jinámar no se limitaron solo a la misa y la procesión. Los vecinos y visitantes también se acercaron a la feria de ganado, que este año reunió a unos 40 ejemplares entre vacas, ovejas, cabras y toros, convirtiéndose en un colorido escaparate de la tradición agrícola y ganadera que todavía late con fuerza en el barrio.

Sin lugar a dudas, este era el rincón favorito de los más pequeños de la familia, que podían pasar horas acariciando y disfrutando de todos los animales presentes en la feria. Allí estaba Luis González, natural de San Gregorio, acompañado de sus dos ovejas de raza canaria, Lucio y Luana, que seguían al dueño como si fueran perros. Ambas lucían un pelaje largo, liso y blanco, que volvía locos a los niños, quienes corrían a su alrededor para acariciarlas, aunque fuera por unos minutos.

González entregaba a todo aquel que quisiera un puñado de millo para alimentar a las ovejas y así facilitar que los niños se acercaran a ellas. «Voy a todas las ferias de ganado de la zona porque me hace ilusión que los niños y niñas puedan acariciar y estar cerca de animales que en su día a día no tienen la oportunidad de conocer», resaltó. Además, el pastor reveló que el impecable pelaje de Lucio y Luana requiere bastante trabajo antes de salir a la calle. «Para que luzcan así llevo peinándolas varios días», añadió con una sonrisa.

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