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Análisis

Selfi nocivo en las dunas de Maspalomas

Dromedarios humanos, los Lawrences de Arabia de la autofoto, no perdonan la experiencia narcisista de cerrar el año con un retrato en la reserva natural de Maspalomas

Turistas camino o de vuelta  de las Dunas de Maspalomas. Arriba, grupos de adolescentes.

Turistas camino o de vuelta de las Dunas de Maspalomas. Arriba, grupos de adolescentes. / La Provincia

Javier Durán

Javier Durán

«¡Aperol, champi, champán, water, water, water... Ufff, qué calor..!» Así una docena de veces, de un lado para otro, compartiendo el pasillo de las hamacas con la pesadez de los masajistas o sobadores de espaldas. Una segunda versión globalizadora de aquel “¡barquillooo, barquillooo!” o “¡helados Kalise...!”, en unos setenta de la disolución del tomate aparcero y el abracadabra consiguiente de los apartamentos. Se consume el último día de 2025 y la gallina de los huevos de oro flota sobre la placenta del éxito. Un euro por descargar la vejiga en el baño público, toda una desgracia para los hiperpróstatas. En Maspalomas se sabe algo de la tormenta Francis, pero a media mañana brilla el sol, el faro imperturbable busca a Colón para guiarlo y las familias españolas que huyen de la nieve peninsular no paran de hacerse selfis mostrando a sus destinatarios la España de los confines.

Bordeando la charca, una caravana de dromedarios humanos asciende hacia las dunas para pisotearlas, dejar restos orgánicos e inorgánicos, y si cuadra, echar hasta un polvo (homo, bi, tri...) sobre el calorcito de la arena o construir un túmulo de piedras. La adolescencia local y foránea hace también su precopa dunar antes de las uvas. ¡A la mierda la reserva natural! La tropa invasiva mantiene cual expedición guiada por Lawrence de Arabia el orden hasta llegar a la cima, sin que nadie ni nada le impida alcanzar el pleno más absoluto: retratarse el último día del año sobre un vestigio natural que la industria turística, en su perfil más compasivo, no ha querido zamparse. O bien lo tiene en la buchanga a la espera de que lleguen los que aspiran a fumigar el proteccionismo medioambiental.

El horizonte divisado por encima de la hilera de sombrillas muestra en el fondo los cambios de tono de las montañas grancanarias, que dependiendo de la luz acaban siendo negras, verdes o marrones. A punto de penetrar en 2026, el sistema dunar (que no incluye el pisoteo) está abierto como una jarea al sol, ni un mísero motorista guardián que se dedique a poner multas. Si esta romería fuese en tierras nórdicas o teutonas seguro que ya hubiese caído la sanción correspondiente o algo más. Pero el turismo parece ser intocable.

Sigue el espectáculo: veloz aparece en la arena un aprendiz (por ponerle una categoría) de crooner, que micrófono en ristre ofrece sus canciones melosas a la espera de recompensa. Apenas está un par de minutos, la mujer que lleva a sus espaldas un verdadero manantial de refrescos y alcohol para calmar la sed turística alerta del paso de un jeep de la policía. Hay huida general. Tras desaparecer el peligro, de nuevo al «¡aperol, champi, champán, water, water, water... Ufff, qué calor...!»

Una vez en lo más alto, los dromedarios humanos, según sus condiciones físicas, se lanzan a mayor o menor velocidad arena abajo. Queman, no mucho, las calorías ganadas en ese pantagruelismo que se practican en los comedores del todo incluido. De paso, con esas pisadas que se hunden trituran los cientos y cientos de informes científicos –un verdadero arsenal de advertencias– realizados para la conservación de las dunas, las perspectivas que les aguarda para el próximo siglo, las variaciones de su volumen, la repercusión de los ciclos marinos y los efectos del flujo de peatones de toda calaña en esa fiebre individual para obtener (o encapsular) el mejor momento narcisista de la vida. Es el aprovechamiento enloquecido junto a la naturaleza que impacta.

El sol entra a raudales. Sin pista alguna de Francis, aunque el cielo es una geometría de estelas que dejan tras de sí los motores de los aviones. Nos encontramos en la zona cero del equilibrio más frágil, donde todo está a punto de romperse, pero una dialéctica interna frena el desastre. El estrés de las aves, la vegetación oscilante, el pez superviviente de la charca y la duna descrestada hace tiempo que se acogieron al estatuto de refugiado. Son capaces de depurar el veneno. Sostenerse en el fango de la hiperactividad que tienen a su alrededor.

¿Pero estos paseantes saben realmente que están en un territorio sensible, único, el resto de un ecosistema asediado por la urbanización? Dicen (oficialmente) que los informan en sus hoteles, o que están en ello, pendientes de un convenio. En los años 60/70 en las dunas se entraba como Pedro por su casa. Hasta se acampaba en una especie de semichabolismo entre los matorrales. Una permisividad canariona, atacada a golpe de un magisterio preecológico que tuvo su hito más ejemplar en 1989 con la voladura de la estructura de un hotel. Una sociología que sí están dispuestos a atravesar sus hijos y nietos resacados (o no) que quieren un minuto culmen de paz (vuelve Dios) antes de echarse a la madrugada.

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