La misteriosa mujer que vivió en Gran Canaria y se convirtió en un problema para Felipe II
Del proceso del Pastelero de Madrigal al último rastro documental de Clara-Eugenia de Austria

Felipe II, rey de España y Portugal, y Ana de Austria, su sobrina, implicada en el proceso del Pastelero de Madrigal. / LP/DLP

Un pastelero protagonizó uno de los episodios más extraños del reinado de Felipe II al hacerse pasar por el fallecido rey Sebastián de Portugal. Fue ejecutado en 1595, tras el llamado proceso del Pastelero de Madrigal, pero antes su caso alcanzó a la familia real española y se convirtió en un problema de Estado que obligó a la intervención directa del propio Felipe II.
El engaño no fue obra exclusiva del pastelero. Gabriel Espinosa contó con el respaldo decisivo de fray Miguel de los Santos, un religioso agustino que sostenía públicamente que el rey Sebastián no había muerto en la batalla de Alcazarquivir y que vagaba por el mundo como penitencia. El cuerpo del monarca nunca apareció, lo que ayudó a que prosperaran teorías como el sebastianismo.
El fraile dio al engaño una dimensión mucho más peligrosa. Según el proceso, convenció a doña Ana de Austria, sobrina de Felipe II e hija ilegítima de don Juan de Austria, de que Espinosa no era un simple pastelero, sino un personaje de sangre real, y de que los votos religiosos que la mantenían en clausura carecían de validez al haber sido impuestos sin verdadero consentimiento. Bajo esas premisas, los casó en secreto y le aseguró que el matrimonio no se haría público hasta después de la muerte del rey, para no alterar la paz del reino.
La niña que inquietó al rey
Felipe II, ya rey de Portugal y en los últimos años de su vida, comprendió de inmediato los riesgos políticos del caso y puso en él toda su atención. El proceso siguió su curso: Espinosa fue ejecutado y Ana de Austria recluida en un convento, pero el asunto aún no estaba cerrado.
Entre el papeleo judicial apareció entonces un detalle que elevaba definitivamente la gravedad del caso para un monarca tan celoso del control como Felipe II: una niña de apenas tres años, llamada Clara-Eugenia, que vivía en un convento, refugio habitual de algunos secretos incómodos. El rey temía que su existencia pudiera alimentar un relato que la presentara como hija de Sebastián y sirviera para cuestionar su legitimidad en Portugal.

Fotografía histórica de Las Palmas de Gran Canaria con la Catedral de Santa Ana como protagonista. / Fedac
Felipe II hizo entonces algo excepcional. Anotó de su puño y letra al margen del proceso que ese nombre constituía «uno de los grandes indicios» de que la niña podía ser hija de Ana de Austria, ya que el acusado no tenía motivo alguno para darle un nombre propio del entorno dinástico de los Austrias. No era un nombre habitual fuera de ese ámbito.
Los documentos añadían elementos aún más incómodos. Las monjas del convento afirmaron que la niña presentaba un notable parecido físico con miembros de la Casa Real. En un linaje de rasgos tan reconocibles, cualquier parecido resultaba sospechoso.
A partir de ahí, el rastro de Clara-Eugenia se vuelve difuso. No hay acta de defunción ni constancia clara de su destino. Ese silencio documental, tras el cierre del caso seguido de cerca por el rey, es el que siglos después daría lugar al misterio.
El sospechoso silencio documental
Durante años, Clara-Eugenia desaparece de los registros peninsulares. No vuelve a mencionarse en la Corte ni en la documentación vinculada al caso. Todo indica que la historia quedó sepultada como un asunto incómodo de Estado. Sin embargo, el nombre reaparece mucho tiempo después y muy lejos de la Corte.
En 1629, los archivos parroquiales de Las Palmas de Gran Canaria documentan la presencia de una mujer llamada doña Clara-Eugenia de Austria. No se trata de una referencia aislada: constan su matrimonio celebrado en la Catedral, detalles de su vida en la ciudad y, más tarde, su testamento notarial. El apellido de Austria figura expresamente en esos documentos, junto al tratamiento de «doña», lo cual no era nada común y sugiere un estatus singular, difícil de explicar sin algún tipo de protección de alto nivel.
No existe una prueba definitiva que permita afirmar que la niña del proceso del Pastelero de Madrigal y la mujer documentada en Gran Canaria fueran la misma persona, aunque la elección de Canarias como lugar de destino resulta coherente con la práctica habitual de alejar discretamente a figuras incómodas de la Corte, sin perder por completo el control sobre su situación.
La escritora e investigadora Mercedes Fórmica siguió hace décadas la pista y planteó que la coincidencia del nombre, la cronología compatible y el vacío documental intermedio son suficientemente contundentes como para atreverse a presentar una o varias hipótesis verosímiles. Podría incluso no ser aquella niña, sino su hija.
Hay constancia de que ambas mujeres existieron, compartieron un nombre difícil de encontrar fuera de la órbita real y la cronología acompaña. No puede asegurarse que fueran una sola persona, pero sí que el último rastro documental del caso apareció en Gran Canaria.
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