La Musa, una tasca a medio camino entre Galicia y Canarias
En la tranquila calle La Peregrina, un pequeño local ha construido su identidad a base de producto, constancia y cercanía. Al frente están Javier Barreiras y María Cabrera, un matrimonio que reparte el año entre las Islas y Galicia y que ha hecho de la sencillez y el picoteo compartido la esencia de su proyecto gastronómico

María Cabrera y Javier Barreiras, propietarios de la tasca La Musa, en Las Palmas de Gran Canaria. / ANDRES CRUZ

Hace once años, Javier Barreiras y María Cabrera decidieron dar un giro a sus trayectorias profesionales y abrir La Musa sin apenas experiencia previa en hostelería. «Veníamos de sectores distintos y no queríamos seguir en ellos», explica Javier, que trabajaba en seguros mientras María lo hacía en el ámbito de la vivienda. «Nuestra edad ya no permitía mucho buscar trabajo y optamos por crear nuestra tasca», añade.
El proyecto comenzó casi por intuición. Primero, trayendo productos de la Península, especialmente de Galicia, para vender a hoteles y restaurantes. Sin embargo, las dificultades logísticas les llevaron a cambiar de rumbo. «Decidimos empezar ahí e introducir esos productos en el local», relata Javier. Así nació un espacio que ellos mismos definen con claridad: «No lo vemos como un restaurante, lo vemos como una tasca».
Una carta con lo mejor de Galicia y Canarias
La carta de La Musa es el reflejo directo de esa vida a caballo entre territorios. Desde hace varios años, el matrimonio abre por temporadas y reparte el año entre Gran Canaria y Galicia, donde gestionan una casa rural. «Aprovechamos que aquí esta temporada está más floja y nos vamos para allí», explican, una dinámica que también influye en la propuesta gastronómica.
Cada viaje se convierte en una búsqueda de producto. «Siempre que vamos con el coche, paramos por los pueblos», cuenta María. De esas rutas personales llegan a la cocina conservas gourmet gallegas, lacón, cecina de León o embutidos de Extremadura. «Intentamos poner algo distinto a lo que hay aquí», resume, sin perder de vista la adaptación al tamaño y posibilidades del local.
La carta ha ido cambiando con el tiempo, pero mantiene una idea clara: platos sencillos pensados para compartir. «Es una carta de picoteo, para compartir con el vinito y la cerveza», explica Javier. Entre las propuestas más demandadas destacan «la carrillera de buey», el codillo, la morcilla de Burgos o el lacón a la gallega, «que por aquí no lo pone prácticamente nadie», comparte María.

Exterior de la tasca La Musa, en Las Palmas de Gran Canaria. / ANDRES CRUZ
Un espacio acogedor
El producto canario también tiene un peso fundamental. «El queso canario, las papas arrugadas… nuestros platos llevan papas arrugadas», detallan. A ello se suman incorporaciones puntuales fuera de carta, como setas o ceviche de navajas. «Vamos incorporando cosas que no tenga todo el mundo», señala, pensando en una clientela fiel que repite desde los inicios.
El tamaño del local marca muchas decisiones. «Es muy pequeño y no queremos jaleo», reconoce Javier. Por eso han optado por no servir copas y cuidar especialmente el ambiente. «Queremos que la gente vaya a comer tranquilamente», afirma, explicando que priorizan mesas pequeñas y un entorno calmado, más familiar que nocturno.
Esa filosofía ha creado una clientela estable. «Tenemos clientes desde el principio», cuenta con orgullo. Muchos conocen ya sus horarios, sus idas y venidas y esperan cada temporada para descubrir qué hay nuevo en la carta. El boca a boca ha sido clave en una calle que, según Javier, «no tiene el glamour de otras», pero que ha sabido encontrar su público.
Comunidad reconocible
La organización del trabajo también responde a esa idea de equilibrio. El local abre de viernes a lunes, con horario de 14.00 a 23.00 horas. Fuera de esos días, Javier y María adaptan el calendario a reservas concretas de clientes habituales. «Si es una mesa de ocho o diez personas y son clientes de siempre, abrimos para ellos», explica Javier, subrayando una flexibilidad basada en la confianza y el trato cercano.
Esa relación directa con la clientela ha ido construyendo una comunidad reconocible con el paso de los años. «Ya casi sabemos lo que va a pedir cada uno», comenta Javier, que destaca cómo muchos clientes conocen incluso las fechas en las que el local cierra por temporada. El regreso tras cada estancia en Galicia se convierte así en un reencuentro, marcado por la curiosidad por los nuevos platos incorporados a la carta.

Algunos platos destacados de la carta. / ANDRES CRUZ
Mezcla cultural
La experiencia acumulada en ambos territorios también sigue alimentando su forma de cocinar. Durante los meses en Galicia, lejos de entenderlos como vacaciones, continúan vinculados al sector. «Allí también trabajamos», señala Javier, explicando que colaboran puntualmente en otros restaurantes y siguen aprendiendo. Un aprendizaje constante que luego se traslada, de forma sencilla y sin artificios, a la pequeña cocina de La Musa.
Javier y María trabajan solos, sin plantilla fija, y eso también define el proyecto. «No estamos aquí para hacernos ricos», afirma él. «Lo único que queremos es trabajar tranquilos y sin volvernos locos». Por eso no se plantean ampliar horarios ni crecer. «Ya tenemos una cierta edad y preferimos que funcione así», explican.
Cuando piensan en lo que les gustaría que el cliente recuerde tras pasar por La Musa, Javier lo resume con sencillez: «Que hacemos todo lo máximo para que se sienta bien allí», tanto en el trato como en la comida. «Lo hacemos con cariño», dice, consciente de que pueden equivocarse, pero con una idea clara: mantener un espacio honesto, cercano y sin artificios.
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