Gastronomía
La última comanda del Aeroclub: el emblemático restaurante cierra sus puertas
Con una trayectoria de más de tres décadas, el reconocido restaurante del sur de Gran Canaria apaga los fogones, dejando atrás un modelo de negocio basado en el trato familiar

Jorge Ramos, junto a la plantilla de trabajadores en la entrada del Restaurante Aeroclub. / LP/DLP
El domingo no fue un domingo cualquiera en el Restaurante Aeroclub. No lo fue aunque las comandas salieran como siempre, aunque el arroz llegara a su punto y las salsas mantuvieran el secreto que durante años hizo repetir a los clientes. Cada plato llevaba algo más que ingredientes: una despedida. Tras más de treinta años de servicio, el emblemático negocio cierra sus puertas dejando atrás miles de celebraciones, veranos junto a la piscina y clientes que dibujaron durante tres décadas la historia del establecimiento.
Jorge y Juan Ramos asumieron el negocio en los años noventa. Hermanos y compañeros de profesión, levantaron un proyecto que acabó siendo casa para muchas personas. «Queríamos que la gente se sintiera en familia», confiesan emocionados. El volumen de su negocio y la fidelidad de la clientela lo atestiguan: clientes que celebraron allí su comunión y, años después, su boda confiaron en el Aeroclub para compartir momentos que se recuerdan de por vida.
El restaurante, una gran familia
El restaurante fue testigo de cómo el tiempo pasaba en la vida de otros mientras, entre fogones y bandejas, el equipo mantenía el ritmo. En el Aeroclub no solo se servían almuerzos y cenas. Se celebraban bodas con bailes hasta la madrugada, bautizos llenos de fotos con abuelos orgullosos, comuniones con trajes recién estrenados, despedidas de soltero con risas contagiosas y cenas de empresa que cerraban el año entre brindis y promesas. También jubilaciones, graduaciones, cumpleaños sorpresa y despedidas de año que aún hoy alguien recuerda con detalle. No obstante, si el comedor fue el escenario de las más variadas celebraciones, la piscina fue el corazón de los veranos para muchas familias de Gran Canaria, días que sabían a poco para los más pequeños donde la rutina del verano se tejía entre toallas y el agua salada.

La piscina del Restaurante Aeroclub tras el cierre del local. / LP/DLP
El trato cercano al cliente y la variedad de espacios definen el modelo de negocio del restaurante
Hasta el último día, más de veinte trabajadores y trabajadoras hicieron funcionar el restaurante. Entre ellos, Manolo Suárez, cocinero veterano con más de 40 años entre fogones y 24 de ellos en el Aeroclub. Se emociona al hablar del cierre. «La cocina no se valora», dice sin reproche, como una constatación de la trastienda invisible que supone el trabajo entre fogones. Otro de los rostros reconocibles en el salón es el de Paco Sánchez, que empezó a trabajar en el Aeroclub con 28 años y ha visto crecer a generaciones entre las mesas del restaurante. Pasando de banquetes multitudinarios al servicio de carta, el trato cercano al cliente y el compañerismo del equipo explican una clientela que repetía año tras año. «Ha habido mucho trabajo, sí. Pero me he encontrado gente muy buena», reconoce emocionado. Hay otros que, aunque su etapa terminara, no han querido perderse el adiós. Jesica Viera trabajó siete años y medio en el local. Empezó cortando jamón en bodas y terminó celebrando allí sus propios eventos familiares. Estos días regresó para ayudar a desmontar, a recoger lo que durante años formó parte de su rutina. «Son muchas emociones», admite.
Espacio compartido de generaciones
El último servicio fue especialmente emotivo. Hubo abrazos en cocina y en sala, clientes que se acercaron a dar las gracias y fotografías improvisadas. Jorge y Juan agradecieron a trabajadores, proveedores, amigos y a sus familias. Cierran 'repletos de cariño', aseguran. Para Manolo, Paco, Jesica y el resto del equipo, queda la experiencia acumulada y el orgullo de haber formado parte de algo que trascendió lo laboral. Para Jorge y Juan, la satisfacción de haber cerrado una etapa acompañados por el cariño de quienes llenaron sus mesas durante más de tres décadas.

El salón principal del Aeroclub, durante el desmontaje del restaurante. / LP/DLP
Con el Aeroclub se pierde un referente gastronómico, pero sobre todo un espacio compartido. Se apaga el bullicio del salón y el eco de los chapuzones en verano, pero queda la memoria: el arroz en su punto, la mesa larga de Navidad, la boda que salió perfecta. La última comanda no fue solo un pedido en cocina. Fue el recordatorio de que los lugares importan por lo que ocurre en ellos y por las personas que los sostienen. Porque algunos lugares no se miden por su carta, sino por las historias que ayudaron a celebrar. Y en eso, el Aeroclub ya forma parte de la memoria colectiva del sur de la isla.
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