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Mogán

La tienda de Faina, una venta para cien vecinos y cientos de ciclistas en Gran Canaria

En Barranquillo Andrés, la tienda de aceite y vinagre Víveres Hernández resiste entre la despoblación rural y el auge de las rutas ciclistas, un pequeño negocio familiar que lleva más medio siglo abasteciendo a los vecinos, mientras que se convierte en una parada obligatoria para coger impulso y divisar el barranco

Faina Hernández Cruz, dueña de la tienda de aceite y vinagre ‘Víveres Hérnández’ en Barranquillo Andrés.

Faina Hernández Cruz, dueña de la tienda de aceite y vinagre ‘Víveres Hérnández’ en Barranquillo Andrés. / LP/DLP

Las Palmas de Gran Canaria

La carretera que serpentea hacia la presa de Soria dibuja un paisaje que se impone al tiempo. Curvas abruptas que suben cada vez más y más en una carretera infinita a la que mejor no alongarse. Entre pinares que se alzan al borde de la carretera, se dibuja Barranquillo Andrés, un pequeño barrio del municipio de Mogán donde la vida transcurre despacio y donde todavía sobrevive uno de esos negocios que durante décadas formaron parte de la estampa canaria: una tienda de aceite y vinagre.

El cartel de Víveres Hernández recibe a quien pasa por la carretera. Para los vecinos y vecinas es algo más que un comercio: es un punto de encuentro, un lugar donde comprar el pan o la fruta y, en muchos casos, una pequeña garantía de que el pueblo sigue teniendo servicios. Para los ciclistas que suben a Soria, una parada reconfortante donde comprar agua, plátanos o un buen puñao de frutos secos antes de continuar la ruta. 

Detrás del mostrador está Faina Hernández Cruz, que heredó un negocio que comenzó mucho antes de que la carretera existiera. La historia de la tienda se remonta décadas atrás, en unas cuevas cercanas donde vivían sus abuelos con sus cinco hijos. El padre de Faina, Juan Hernández Pérez, tomó el relevo de su hermano Pedro que empezó a vender alpargatas y cigarros que tenía en una caja en el año 1953. Dos años más tarde, Juan se hizo con el negocio y bajaba hasta Cercados de Araña en una burrita para traer alpargatas, lo que la familia llama cabresto -cuerda que servía para amarrar la pinocha- y otros productos básicos para trabajar la tierra. Faina cuenta que, en aquel entonces, su padre guardaba la mercancía debajo de la cama, porque era lo único que tenía. Alentado por un señor llamado Santiago Marcos y con su apoyo económico, Juan pudo montar su tienda en 1959, un rincón que, aunque alejado del bullicio, fue testigo de la vida social de Barranquillo Andrés. Faina cuenta que su padre no sabía leer ni escribir, pero aprendió a manejar los números suficientes para sacar adelante la tienda.

«Mi padre empezó guardando las cosas debajo de la cama porque no había dinero para un local»

2013, un nuevo comienzo

Poco a poco la tienda fue creciendo. Llegaron los calderos, las cafeteras, los juguetes colgados de una cuerda que cruzaba el techo. En 1972, Juan conoció a su mujer y madre de Faina, Flora Cruz Valentín, quien empezaría a trabajar en la tienda cuando Juan tuvo que dedicarse a la construcción. Durante años, el establecimiento fue algo más que una tienda: también funcionaba como punto de encuentro, donde se servían copas, bocadillos y, con la confianza propia de los pueblos, muchas familias compraban fiado. «Había gente con ocho hijos y no tenían dinero. Mi padre les fiaba y pagaban cuando podían», explica Faina. Su madre regentó la tienda hasta su jubilación en 2012. Cuando cerró, parecía que la historia del negocio terminaría en ese momento, pero pocos meses después Faina decidió intentarlo. «No tenía trabajo y pensé: voy a probar seis meses. Aunque nadie pensaba que esto fuera a funcionar», añade. Sin embargo, trece años después sigue abriendo la puerta cada mañana.

La antigua pesa de Víveres Hernández, con un homenaje a Juan Hernández Pérez, dueño inicial de la tienda.

La antigua pesa de Víveres Hernández, con un homenaje a Juan Hernández Pérez, dueño inicial de la tienda. / LP/DLP

A pesar de continuar con el negocio familiar, Faina introdujo algunos cambios en la tienda: eliminó las copas y estableció un horario para poder conciliar con sus dos hijas. También amplió la oferta con fruta y verdura fresca y pan, que los fines de semana llega de una panadería artesanal y que incluso vecinos de Soria se acercan a comprar. Entre ambos pueblos, apenas suman un centenar de habitantes, muchos de ellos personas mayores. En un tiempo en el que los supermercados han acabado con la mayoría de las tiendas de aceite y vinagre, este pequeño comercio resiste gracias a algo que no se puede medir solo en precios: la cercanía. No obstante, un rumbo inesperado llegó por carretera.

El negocio de Faina ha encontrado un aliado en los ciclistas, que son el 75% de sus clientes

Hace aproximadamente una década el sur de Gran Canaria se convirtió en uno de los destinos preferidos para los ciclistas, especialmente en invierno. Cientos de personas en bici suben desde la costa hasta Soria, Ayacata o el centro de la isla y la carretera que atraviesa Barranquillo Andrés forma parte de muchas de esas rutas. Así, muchos ciclistas hacen una parada obligatoria en la tienda de Faina para avituallarse de bebidas, chocolatinas o plátanos. Sin ellos, reconoce Faina, sería muy difícil mantener la tienda. «Ahora mismo el 75% de los clientes son ciclistas», añade. Ese flujo constante ha terminado convirtiéndose en el principal motor económico del negocio. Sin él sería difícil mantener abierta una tienda en un núcleo que apenas supera el centenar de habitantes. Aun así, los vecinos siguen siendo una parte esencial de la clientela, especialmente las personas mayores. 

La historia de la familia Hernández Cruz

La tienda continúa cumpliendo así una función similar a la que tenía hace décadas: ser un pequeño punto de abastecimiento para el barranco. Además, con el tiempo se ha convertido también en un lugar de encuentro para niños y niñas del pueblo, que en verano suelen pasar por allí para comprar golosinas y helados y pasar el rato jugando a las cartas en las mesas que aún conserva. El negocio es también una forma de continuar la historia familiar. Faina cuenta que su padre terminó perdiendo la vista a causa de un glaucoma, pero alcanzó a ver que la tienda seguía abierta y que su hija había tomado su testigo. «Le costó dejarlo porque fue su vida, pero después se quedó contento», explica Faina emocionada. Juan falleció en 2020, en plena pandemia, y no pudo tener velatorio. En su homenaje, vecinos y familiares colocaron una placa en su honor que Faina conserva a la vista de quien entra en la tienda, apoyada sobre la anacrónica pesa roja que usaban sus padres y que hoy es testigo de más de medio siglo de historia.

Faina Hernández Cruz, dueña de la tienda de aceite y vinagre ‘Víveres Hérnández’ en Barranquillo Andrés.

Faina Hernández Cruz, dueña de la tienda de aceite y vinagre ‘Víveres Hérnández’ en Barranquillo Andrés. / LP/DLP

El trabajo, sin embargo, exige una dedicación constante. En trece años Faina apenas ha podido tomarse vacaciones y, cuando lo ha hecho, han sido pocos días seguidos. A pesar de ello asegura que no siente el negocio como una carga. Trabajar en la tienda le permite permanecer cerca de su casa y de su familia, en el mismo lugar donde se crió. «Estoy tranquila, estoy en lo mío y nadie me manda», resume

En el barranco que marca la frontera entre Mogán y San Bartolomé de Tirajana, la tienda sigue abriendo cada mañana. Para los vecinos, que encuentran allí lo que necesitan sin salir del pueblo. Para los ciclistas, que descubren en mitad de la subida un lugar donde detenerse unos minutos antes de continuar la ruta. Entre unos y otros, Víveres Hernández sigue cumpliendo la misma función que hace décadas: mantener encendida una pequeña luz en medio del barranco donde los pueblos todavía se reconocen.

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