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Obituario

Muere Nicolás Falcón, el labrante de la última piedra de la 'catedral de Arucas'

El municipio despide a 'Colacho', quien puso las últimas piedras de la torre campanario allá por los años setenta del pasado siglo

Imagen de Colacho hecha por el fotógrafo también fallecido Manolín Santana.

Imagen de Colacho hecha por el fotógrafo también fallecido Manolín Santana. / Manolín Santana

José A. Neketan

José A. Neketan

Las Palmas de Gran Canaria

Las campanas de la iglesia de Arucas sonaron esta mañana 'a difunto' durante cinco minutos en honor a Nicolás Falcón Acosta, conocido popularmente como 'Colacho', uno de los labrantes más conocidos del municipio y de la Isla. Colacho fue quien labró y puso las últimas piedras de la torre campanario allá por los años 70.

Las piedras de la Iglesia de Arucas, ese gigante de basalto que es el orgullo de Arucas y de Gran Canaria, parecen pesar un poco más y guardar un silencio distinto. El investigador de los labrantes y de la piedra de Arucas, David Cabrera, se refirió a su amigo como "un hombre bueno y maestro del cincel que dedicó cincuenta y tres años de su vida a dialogar con la piedra".

Aunque nació en el municipio de Firgas hace 87 años, fue en el barrio de La Goleta donde echó raíces y donde se consagró como uno de los últimos grandes labrantes, siguiendo una tradición que empezó a los doce años de la mano de su padre. Su ética de trabajo era tan sólida como el material que tallaba: como él mismo solía decir, trabajó hasta el día exacto en que cumplió los sesenta y cinco años, ni un solo día más, cerrando un ciclo de entrega absoluta al oficio.

Su huella queda en edificios ilustres

Su legado no es solo memoria, sino que está tallado en la piel de la isla. Las manos de Colacho participaron en obras monumentales como la restauración de la Catedral de Santa Ana, la Casa de Colón o el Obelisco de la Plaza Tomás Morales. Sin embargo, su nombre quedará unido para siempre a la silueta de Arucas; fue él quien, en la década de los setenta, ayudó a elevar los últimos doce metros de la torre campanario. A pesar de su humildad, que le llevaba a veces a admitir sus logros casi a regañadientes, no podía ocultar el orgullo de haber colocado aquellas últimas piedras que coronaron el templo, transformando definitivamente lo que nació como iglesia en la "catedral" que todos admiramos hoy.

Tras su jubilación, Nicolás cambió la dureza del basalto por la ternura de la tierra y el cuidado de su familia. Dedicó sus últimos años a su esposa Juana y a atender sus animales y sus cultivos, disfrutando de los placeres sencillos de un buen potaje canario y el queso hecho en casa. Pese a su salud delicada, nunca faltó a los actos donde se reconocía la labor de los maestros labrantes, recibiendo apenas en diciembre de 2023 un diploma de manos del Alcalde de Arucas por su incalculable aportación al patrimonio de la ciudad. Con su partida en este 2026, despedimos a una pieza fundamental de nuestra historia, un artesano que demostró que el esfuerzo y la dedicación pueden elevar el espíritu de un pueblo hasta el mismísimo cielo. Cada vez que alguien levante la vista hacia las torres de San Juan, allí estará el rastro eterno de su maceta y su cincel.

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