Cómo era Sardina del Sur: tres personas mayores te lo explican con sus recuerdos vivos
Cada jueves se reúne en el Centro de Mayores de Sardina del Sur un grupo de personas de edad que comparte recuerdos de su municipio. Todas guardan en la retina los tiempos de zafras y de vidas humildes que afrontaron con esfuerzo, el mismo que les ha hecho llegar hasta estos tiempos como testigos del desarrollo

Ángela Rodríguez Báez, Sebastián Bordón Cabrera, Francisco Alemán Castro y Juana Guedes Guedes. / LP/DLP

Antes de que Vecindario se poblara hasta tener el aspecto de ciudad que guarda en la actualidad, el pueblo de Sardina era el principal núcleo poblacional del municipio de Santa Lucía de Tirajana. Los invernaderos donde se cultivaban tomates y otras hortalizas invadían el horizonte desde las medianías hasta la costa. Así lo recuerdan Ángela Rodríguez Báez, Sebastián Bordón Cabrera, Francisco Alemán Castro y Juana Guedes Guedes.
Los cuatro participan, junto a otras personas de edad, de la actividad ‘Recuerdos vivos’, que forma parte de la programación de Acción Comunitaria con Mayores, que impulsa la Concejalía de Promoción de la Autonomía Personal del Ayuntamiento de Santa Lucía. Cada jueves se reúnen por la tarde en el Centro de Mayores de Sardina para rememorar cómo era el lugar donde crecieron, levantaron sus casas con sus propias manos y echaron adelante a sus familias. Ahora, desde la visión que da el tiempo, recapitulan sobre aquellos tiempos de zafras interminables, de vidas en cuarterías, de poca comida a repartir entre muchas bocas, pero también de una vida alegre que la necesidad nunca frenó. Estas personas mayores se han convertido con el paso de los años en testigos del desarrollo social, urbano y cultural de un municipio, que junto con Ingenio y Agüimes, recibió la denominación de ‘Triángulo de la pobreza’, por sus bajas rentas familiares y su elevado déficit de infraestructuras. Contra todo eso estaban las ganas de superarse, de ganar futuro, de la solidaridad entre familias, de los tenderetes, de la alegría contra la precariedad, y de otro tiempo. «Aunque teníamos poco éramos más felices que la gente de ahora a la que no le falta de nada», aseguran.
Trabajar con solo seis años
Francisco Alemán, de 87 años, llegó a Sardina desde Temisas (Agüimes) cuando tenía solo seis años, la misma edad con la que empezó a trabajar en la tierra. «Mi familia vino hasta aquí a buscarse la vida, plantando tomateros para poder alimentar a una familia de once hijos y sin apenas recursos», explica Alemán. Hoy, ya mayor, recuerda una infancia de trabajo duro, hambre y precariedad, pero también de comunidad y dignidad, en un municipio que ha cambiado de forma «incalculable» con el paso de las décadas.
Alemán confiesa que la vida antes «era muy dura, muy sacrificada», subraya, y además «no había muchos alimentos», lo que convertía la comida diaria en una preocupación constante. Francisco apenas pudo ir al colegio: acudió «muy poco» y lo que aprendió lo estudió de noche, de la mano del cura del pueblo, don Policarpo Báez, que daba clases porque muchos niños no acudían a la escuela. «Los padres no tenían poder adquisitivo para mantenerlos y lo que había era trabajar, cuidando una cabra o haciendo lo que hiciera falta», resume. También recuerda que tuvo sus primeros zapatos con 13 años.
El ocio de los domingos pasaba por el parque de Sardina, donde se organizaban «paseos» en los que hombres y mujeres daban vueltas a la plaza. Se miraban y se buscaban como novios. También salían de parranda y cantaban serenatas a las puertas de las casas, con folías y canciones canarias como banda sonora. Pese a la dureza de aquellos años, la frase con la que resume su vida es paradójica y clara: «vivíamos felices de aquella manera, porque no teníamos otra cosa». Todas esas necesidades hace que su generación, activa todavía, valore más las cosas. «La juventud de ahora no entiende nada de eso, lo tiene todo; uno les habla y dicen que eso es una historia pasada», lamenta, aunque insiste en que «había que vivir esa historia para poder contarla» como él lo hace ahora.
Ángela Rodríguez, de 76 años, también habla desde la experiencia vivida. Lo suyo es un relato de resistencia y transformación que sigue latiendo en el corazón de Sardina. Según cuenta con esa lucidez que dan los años, el paisaje que hoy conocemos como un núcleo urbano bullicioso fue, en su origen, un vecindario de toda la vida donde Sardina era el auténtico centro de gravedad. Ángela, la tercera de once hermanos, recuerda una infancia donde no existía el concepto de aburrimiento porque el tiempo no alcanzaba para ello.
Al salir del colegio, la jornada continuaba entre habichuelas, zanahorias y el ordeño de las cabras. Su padre, que trabajaba como ranchero gestionando el agua, a menudo enviaba a sus hijos a ayudar a vecinos pudientes que los utilizaban como mano de obra gratuita. Ángela no lo cuenta con rencor, sino con la honestidad de quien comprende que así funcionaba el mundo entonces: se trabajaba duro, pero el dinero a menudo no pasaba por las manos de quienes más sudaban.
Cultura del esfuerzo
Esa cultura del esfuerzo la llevó a empezar a trabajar formalmente a los trece años, fabricando cajas de madera en un almacén, antes de dar el salto al duro mundo del empaquetado de tomates con mister Pilcher, cerca del aeropuerto. Aquella etapa fue de una exigencia casi inhumana. Salían de casa los lunes para regresar los sábados, durmiendo en cuarterías y enfrentándose a jornadas que empezaban a las siete de la mañana y terminaban, en ocasiones, a las tres de la madrugada.
Ángela recuerda coger el agua en la acequia para llevarla a casa portándola en vasijas que se colocaban en la cabeza, o cómo la ropa se lavaba también en la acequia, donde también en muchas ocasiones se bañaban el cuerpo. La mujer sardinera mira hacia atrás y define su vida como «feliz». Su historia es el testimonio de una generación que construyó el presente de Sardina y de Santa Lucía.
Sebastián Bordón Cabrera, con 74 años, ha sido testigo en primera persona de la profunda transformación del municipio en las últimas cinco décadas. Recuerda cuando se casó en la ermita con Juana Guedes en los setenta. Entonces, el entorno de Sardina y la zona de costa de Santa Lucía apenas contaban con servicios. Para Bordón, uno de los grandes avances sociales ha sido la creación de clubes y centros de mayores, que considera «un servicio incalculable» para una población envejecida en la que muchas personas viven solas. Para ellos estos espacios se han convertido en una auténtica válvula de escape. La misma que le sirve a ellos para mantener la memoria viva.
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