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Análisis

Nemesia Vega Viera

Su memoria sigue caminando por los senderos de un sur grancanario que ya no existe

Nemesia Vega Viera.

Nemesia Vega Viera. / La Provincia

Pedro J. Franco López

Pedro J. Franco López

A sus 94 años, Nemesia Vega Viera conserva una lucidez admirable y una memoria que recorre con naturalidad los caminos del sur grancanario, muy distintos a los actuales (de cuando éramos, «una isla dentro de otra isla»); es por lo que, nuestro encuentro con Nemesia, más que una simple entrevista, se convirtió en todo un ejercicio de memoria viva.

Su relato evoca una época en la que las relaciones entre los pueblos cercanos, por ejemplo, entre El Tablero y Maspalomas, daban lugar a numerosos matrimonios que terminaron poblando buena parte del sur de Gran Canaria.

En aquellos tiempos, las familias superaban la decena de miembros; Nemesia, por ejemplo, creció entre ocho hermanos y, tras un largo «nomadismo local», llegó a vivir al pueblo de Maspalomas, en casa de sus suegros, Juanito Rodríguez y Pepita Maximina; y pasó que aquellas viviendas antiquísimas con tejados a dos aguas fueron derruidas por imperativos urbanísticos y la familia se trasladó al Poblado de San Fernando, donde Nemesia continúa aún.

Tuvo un solo novio formal: Daniel Rodríguez Sánchez –DEP–, miembro de una familia tradicional del pastoreo; su noviazgo comenzó mientras ambos trabajaban en el almacén de Quintana, en El Tablero, de manera sencilla, «mosiando», en casa los fines de semana. La boda, a la que fue de blanco y de corto, se celebró en la ermita de San Fernando; aquella tarde llovía con fuerza y el barranco de Maspalomas bajaba crecido, por lo que el camión con los invitados no pudo llegar a la celebración, en La Data.

La luna de miel fue tan sencilla que consistió en que, dos días después de la boda, fueron caminando desde Maspalomas hasta Las Moscas para visitar a sus suegros; como dote, Nemesia aportó una alcoba valorada en cinco mil pesetas y un comedor de dos mil; el matrimonio tuvo seis hijos: Daniel, Juan, Fidel, Olga, Pepa y Mary; y, con los años, la familia creció hasta sumar trece nietos, siete biznietos y dos tataranietos.

A Nemesia y a Daniel les gustaba mucho bailar, por eso acudían a los bailes de la casa de Cesarito en El Tablero y a los de Ayagaures. Sus recuerdos también retratan la vida laboral de aquel tiempo. Comenta Nemesia que los grandes terrenos de El Tablero fueron despedregados por los Vega, los Viera y los Álamos y, que los pastores trabajaban como medianeros del conde y cada semana se repartía la parte correspondiente en quesos y otros productos.

Las celebraciones eran pocas, pero intensas. En Carnaval, las máscaras recorrían los pueblos cercanos recogiendo huevos para tortillas y quesos pequeños. En Semana Santa: no se podía coser, tampoco la dejaban ir a la playa y, por las tardes, se rezaba el rosario en la ermita.

Nemesia apenas percibió la llegada del turismo. Estaba demasiado ocupada trabajando y criando a sus hijos. Aun así, recuerda ver la iglesia y la plaza del poblado llena de turistas durante la misa de los domingos.

Se muestra orgullosa de su vida construida con esfuerzo y de cada uno de sus hijos. Por ejemplo, Daniel –el mayor–, cuando ejercía de monaguillo y el cura le daba cinco duros, los empleaba en la tienda de Sisita, comprando para todos: una botella de Clipper para su madre, una caja de cigarros para su padre y un helado familiar para sus hermanos.

Hoy, desde la serenidad y la experiencia vivida, Nemesia sigue caminando por los senderos de una Maspalomas que ya no existe, pero con una mochila a rebosar de la memoria colectiva del sur grancanario.

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