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Desde la ciudad arzobispal… (XCIV)

El profesor Antonio Rumeu de Armas, una biografía apasionante al servicio de la historia

El historiador tinerfeño, académico, docente y orador brillante, desarrolló una obra decisiva para la historiografía española y atlántica del siglo XX y dejó una huella profunda

Antonio Rumeu de Armas.

Antonio Rumeu de Armas. / LP/DLP

En enero de 1912 nació en Santa Cruz de Tenerife don Antonio Rumeu de Armas. Nacido en el seno de una familia de clase acomodada, sus primeros años de infancia y juventud transcurrieron entre su ciudad natal y la cercana de San Cristóbal de La Laguna. El niño, despierto y hablador, no gustó de escuelas y colegios en esos días. Según nos confesara nuestro propio biografiado, fue a partir de los 12 o 13 años cuando comenzara a interesarse por lo que de bueno le podría aportar la enseñanza reglada. Por aquel entonces la capital tinerfeña, lo era también de todo el Archipiélago y el pleito insular bullía por doquier en manifestaciones, artículos de prensa y posicionamientos personales.

Llegados los 15 años, marcha a estudiar a la por entonces Universidad Central de Madrid, siendo la capital de España su lugar de residencia a lo largo de buena parte de su vida. En Madrid, el joven canario se abrió a la sapiencia y a la excelencia de su formación universal. Las aulas, las tertulias entre amigos y profesores, además de las visitas a las academias y museos hicieron brotar de su interior un torrente inagotable de interés por todos y por todo.

Don Antonio es testigo excepcional de un convulso siglo XX. Junto a su biografía personal han coexistido hechos y gentes que jalonan la Historia General de España. Nacido bajo la monarquía de don Alfonso XIII, sus primeros años de estancia en la Villa y Corte coinciden con la dictadura del general Primo de Rivera. Algo más tarde será observador de la proclamación de la II República. La Guerra Civil marcaría su existencia como la de tantos otros jóvenes de su generación. El largo periodo de casi 40 años del régimen del general Franco, coincidirá con el periodo más activo de su producción como investigador e intelectual y, tras esos años, la monarquía instaurada en la persona de su majestad Juan Carlos I y el sistema democrático le han servido de acicate para profundizar aún más en la Historia y trabajar por ella desde la Academia, bien como miembro o como director de la misma. En pocos años el joven universitario Rumeu de Armas obtuvo las licenciaturas y doctorados en Filosofía y Letras, con Premio Extraordinario, y Derecho.

Como ya advirtiera el profesor Miguel Ángel Ladero Quesada, lo de historiador le viene a don Antonio por vocación, pues, teniendo otras posibilidades en el ejercicio profesional y dotado de una inteligencia nada común, lo lógico hubiese sido que se decantara por algunas oposiciones avaladas por sus estudios de Derecho. Pero no fue así y de ello nos tenemos que felicitar, pues gracias a esa decisión hoy podemos contar con una extensa bibliografía, fruto del trabajo y tesón de uno de los intelectuales más brillantes del siglo XX español.

La investigación histórica, aunque importante, no lo ha sido todo en la vida del profesor Rumeu de Armas. La familia, formada por su esposa y sus cinco hijos, y la docencia marcaron también el genio y la figura de este caballero de las letras. Casi 50 años avalan su meritoria labor como pedagogo en las enseñanzas medias y superiores, contándose por miles los alumnos que han bebido de su fuente inagotable de saber. En 1942 ejerció como Catedrático de Historia General de España en la Universidad de Granada, desde donde marcharía a Barcelona permaneciendo allí desde 1943 a 1949, año que se traslada a la Complutense en donde permanecerá hasta su jubilación. Profesor de Historia de España en la Edad Moderna, Rumeu abarca en cientos de artículos, ponencias, conferencias y libros periodos muchos más amplios que aquellos propios de su especialidad.

Junto a las aulas universitarias madrileñas va a desarrollar una extensa y brillante labor investigadora en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, institución de rango superior en la que dirigió numerosos trabajos. Director de su instituto de historia de España Jerónimo Zurita y de la Revista Hispania, también lo fue de su Escuela de Historia Moderna. Su vinculación fue tal que lo nombraron miembro de número de dos patronatos relacionados con las investigaciones históricas, el Menéndez Pelayo y el José María Cuadrado. Aquí, el doctor Rumeu tuvo su segundo campo de actuación, tal vez el más íntimo e inmediato, al que le supo imprimir carácter de magisterio y cercanía con sus alumnos.

Al llegar 1970, la Real Academia de la Historia lo hace miembro de número. Años más tarde y en dos ocasiones será elegido director. Entre 1986 a 1989 y de 1995 a 1998 su dirección acelerará el pulso de la bicentenaria institución. La Academia, anquilosada y frenada por la inercia de la edad de sus miembros y los tiempos pasados, se renueva tanto material como espiritualmente, adquiriendo en poco tiempo una gran proyección socio-cultural. El I Congreso de Academias Iberoamericanas de la Historia, llevado a cabo en Madrid y el dedicado a conmemorar el descubrimiento de América, son dos de sus aciertos más sobresalientes, pero no los únicos. Luchador incansable, cuando otros piensan en retirarse, don Antonio sigue trabajando en pro de la Historia y de su Academia, y, así, en breve verá la luz una de sus últimas obras que explica las actividades llevadas a cabo por la Academia de la Historia desde su creación, en pleno siglo XVIII hasta nuestros días.

Como ya señaláramos en la presentación de su libro El Obispado de Telde, misioneros mallorquines y catalanes en el Atlántico, tercera edición facsímil, don Antonio Rumeu ha sido de los grandes oradores que ha tenido este país. Su verbo cargado de rotundidades y siempre avalado por la comprobación pormenorizada del dato histórico, hacen de él un excelente comunicador. Saber lo que se cuenta, pero contarlo siguiendo las normas de la dialéctica y la pedagogía, lo han hecho acreedor de una fama de conferenciante excelso, no exenta de admiración por propios y extraños. Miles de veces ha sido llamado a conferenciar e impartir sus conocimientos históricos en lugares tan dispares como la Escuela Diplomática y la Escuela Naval de Madrid, en donde ha sido profesor en varias ocasiones. Asimismo ha impartido conocimientos históricos en la Georgetown University de Washington, siendo miembro de número de la prestigiosísima Hispanic Society de Nueva York. Su labor como historiador ha sido reconocida por academias de la historia de Portugal, México, Argentina, Perú, Chile, Colombia y otras.

Escribir sobre el profesor Antonio Rumeu de Armas es hacerlo de sus numerosos libros, pues en ellos está contenido buena parte de sus conocimientos profundos sobre el hecho histórico.

A todo lo dicho hay que sumarle su actividad como promotor, coordinador, en una palabra director de esos anaqueles de la Historia que son los Anuarios de Estudios Atlánticos, publicados por el Patronato de la Casa de Colón y el Cabildo de Gran Canaria desde hace ya cuarenta y cinco años. En sus páginas se pueden leer los artículos históricos especializados en el propio océano y las tierras que le circundan.

Una personalidad de actividad tan fructífera como la de nuestro biografiado es poseedora de la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio y la del Mérito Naval. La Universidad Complutense, su universidad por excelencia, le otorgó su medalla de oro. Posee además el premio Antonio de Nebrija del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, otorgado en 1945 y el Premio Nacional de Literatura de 1955. Su isla natal le ha concedido numerosos premios y distinciones, entre los que destacaremos el de Hijo Predilecto de Santa Cruz de Tenerife desde 1967 y Doctor Honoris Causa por la Universidad de San Fernando de La Laguna desde 1998. Gran Canaria, que es testigo fiel de su interés por la Historia Insular y sus desvelos para que ésta se conozca más allá de nuestros límites geográficos, le honró en el 2000 con el Can de Plata del Cabildo de Gran Canaria y el 20 de octubre de 2001, en un acto solemne en el Salón de Plenos de las Casas Consistoriales de la ciudad de Telde, se le entregó el título de Hijo Adoptivo de la ciudad de Telde, gracias a él, seis veces centenaria urbe.

Cuando concluimos el presente artículo todavía podemos oír las ponderadas y doctas opiniones que en nuestras largas conversaciones de estos días pudimos escucharle. También los muy apreciados consejos que nos dio sobre el futuro halagüeño de la Casa-Museo León y Castillo. Todo ello acompañado con un sin fin de anécdotas que guardaremos siempre en nuestro agradecido corazón.

Llegados aquí, debemos confesar, que el motivo principal de escribir todo esto no es, solamente, honrar a posteriori al magnifico profesor y caro amigo, sino además hacer partícipe a la ciudadanía toda de Telde.

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