Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Gastronomía

Una bienvenida con sabor a 'ras el hanot' y a menta: así es el restaurante familiar Marhaba

En San Fernando de Maspalomas, Mustapha y su equipo de Nador traen los aromas, los sabores y la hospitalidad de Marruecos a cada plato, desde el cuscús y el tajín hasta la pastela y el té moruno

Mustapha Kanfhour muestra algunos de los dulces marroquís.

Mustapha Kanfhour muestra algunos de los dulces marroquís. / LP/DLP

Elena Montesdeoca

Elena Montesdeoca

San Bartolomé de Tirajana

Marruecos es sinónimo del sabor a ras el hanot, una mezcla de 20 especias diferentes, aromas que te envuelven y una hospitalidad que se siente en cada gesto. Allí la palabra marhaba resuena como un abrazo, siempre lista para dar la bienvenida a quien llega de lejos, y ese mismo espíritu se encuentra nada más cruzar las puertas del restaurante familiar Marhaba, en San Fernando de Maspalomas. Cada plato y cada sonrisa está hecha con el corazón por manos que vienen de Nador, en la región rifeña, llevando consigo la tradición de un auténtico soco marroquí. Desde el cuscús de cordero hasta el tajín de kefta, pasando por la pastela de pollo y un sinfín de platos típicos, los aromas recorren el local de un lado a otro, mientras Mustapha, el dueño, reparte ilusión y sonrisas: con este restaurante ha convertido un sueño en un pedacito de Marruecos que cualquiera puede visitar.

Mustapha llegó a la isla hace unos 20 años con una mochila llena de ilusión y la esperanza de construir una vida mejor. Desde entonces ha probado suerte en un sinfín de trabajos, pero siempre guardó un sueño: tener su propio negocio en el mundo de la restauración. No importaba que fuera repostería o cualquier otro tipo de gastronomía, lo que de verdad quería era dedicarse a crear, cocinar y recibir a la gente con el corazón abierto.

Fue tras investigar y estudiar el mercado cuando Mustapha se dio cuenta de que en San Fernando de Maspalomas no existía ningún restaurante que ofreciera la gastronomía de su tierra. Fue entonces, tras hablar con su mujer y el resto de su familia, también originaria de Marruecos pero de la ciudad de Tánger, en el norte del país, cuando recibió el impulso definitivo para lanzarse y abrir por fin Marhaba, un proyecto que combinaba su sueño, su cultura y la pasión por la hospitalidad de su gente.

Su suegra, el cimiento

De esto hace ya, nada más y nada menos que 11 años, un tiempo en el que Mustapha ha tenido muy claro quién fue el verdadero cimiento de su cocina: su suegra, que impregnó los fogones con los aromas auténticos del norte de Marruecos. «Fátima, mi mujer, fue una de las personas que más me apoyó para abrir este restaurante», explica Mustapha, con una sonrisa que ilumina su rostro de un lado a otro. «Le hemos querido llamar Marhaba porque en Marruecos, cuando alguien llega a una casa, el anfitrión le dice siempre dari w’darek, que significa mi casa es tu casa, y después sigue la palabra marhaba, que es bienvenido», recalca. Para él, la hospitalidad y la acogida son valores fundamentales de su cultura, y son precisamente los que ha querido trasladar a cada rincón de su restaurante.

El restaurante es, además, marroquí en todo su esplendor porque todas las manos que preparan la comida, la sirven y se aseguran de que cada detalle esté perfecto también son de Nador, amigos y «familia», como los llama Mustapha desde hace muchos años, lo que hace que la experiencia sea todavía más auténtica y cercana, un verdadero reflejo de la tradición de Nador y, por supuesto, tangerina.

Desde que abrieron sus puertas todos los platos de la carta han tenido una excelente acogida, especialmente entre «la población canaria», uno de los principales retos que la familia afrontó al abrir el establecimiento. El paladar europeo no está acostumbrado a ese viaje de especias y aromas, pero desde el primer momento los comensales locales se dejaron seducir por los sabores auténticos de Marruecos.

Broche de oro

Y no es para menos, porque la carta es una auténtica locura, y para bien. Desde el pan marroquí recién horneado hasta la harira, esa sopa típica tanto en Ramadán como en cualquier época del año, pasando por el cuscús de cordero, el animal sagrado de Marruecos y uno de los favoritos de los locales, el tajín de kefta lleno de sabor, la pastela de pollo con su miel y almendras, y, por supuesto, el hummus, cada plato es un viaje directo a los sabores y aromas al mismísimo mercado ubicado en el centro de la medina de culaquier ciudad marroquí.

Y para poner el broche de oro a una auténtica comida marroquí, a una conversación con amigos, un paseo o incluso a una cita no hay nada mejor que un buen té moruno, capaz de cerrar cualquier momento y hacer que los problemas se olviden, o al menos por unos minutos. A esto se suma la gran despedida de Mustapha con un shukran —que significa gracias en árabe y en darija marroquí— y una sonrisa que contagia, dejando, además del delicioso sabor de boca a menta, la sensación de haberte sentido como en una casa familiar ubicada en cualquier ciudad del país vecino.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents