Medio Ambiente
Rafael Molina, presidente de Adapa Canarias: «Un árbol no es un adorno, es una infraestructura climática básica»
Un nuevo manual técnico busca corregir errores históricos en el cuidado del arbolado urbano de Gran Canaria, promoviendo una gestión más eficiente y sostenible

Rafael Molina, presidente de Adapa Canarias. / LP/DLP
¿De dónde nace la necesidad de llevar a cabo este manual?
En Canarias, la cultura del árbol ha sido importante en algunos sectores, pero en los entornos urbanos ha quedado muchas veces en un segundo plano. La falta histórica de agua hizo que durante mucho tiempo el árbol se considerara un elemento marginal en la ciudad, salvo en casos excepcionales. Además, con frecuencia se ha tratado al árbol urbano con la misma lógica que un árbol frutal o forestal, y eso ha provocado muchos problemas. Se han dado podas excesivas, plantaciones en espacios inadecuados, marcos de plantación demasiado pequeños o una mala planificación del desarrollo de las raíces. Todo eso ha terminado enfermando a muchos ejemplares y, en no pocos casos, ha obligado a cortarlos. El manual nace precisamente para ofrecer, de forma científica, criterios sobre poda, plantación, abonado, tratamiento y elección de especies adecuadas para los entornos urbanos de Gran Canaria, evitando errores que se han repetido durante años.
Usted insiste en que el árbol urbano no puede tratarse igual que un árbol no urbano. Para quien piense que “un árbol es un árbol”, ¿cuál es la diferencia clave?
La diferencia está en la función que cumple. En un aprovechamiento forestal, por ejemplo, lo que se busca es maximizar la producción de madera. En un frutal, lo que interesa es obtener más naranjas, más limones o más peras. Ahí las podas y los cuidados responden a una lógica productiva. En cambio, el árbol urbano cumple otra misión: aporta calidad de vida, oxígeno, belleza, tranquilidad, sombra y bienestar. Por eso sus tratamientos deben ser distintos, tanto en la poda como en la plantación y el mantenimiento. La arboricultura moderna va precisamente en esa línea: no se puede tratar a un árbol urbano como si fuera un frutal.
«El árbol urbano tiene efectos positivos sobre la salud, el bienestar y la economía».
Más allá del paisaje, ¿qué beneficios aporta un árbol en la ciudad?
Muchísimos. El árbol urbano tiene efectos sobre la salud, el bienestar y también sobre la economía. Está demostrado que vivir en un entorno arbolado mejora la calidad de vida, reduce el estrés y ayuda a disminuir el cortisol. Además, los árboles filtran contaminación, producen oxígeno, capturan dióxido de carbono y contribuyen a refrescar el espacio urbano. También hay un componente psicológico y emocional. Un entorno con árboles genera sensación de calma, de refugio y de bienestar. Y desde el punto de vista económico, una calle bien arbolada aumenta el valor de las viviendas y mejora la imagen general de la ciudad.
¿Cuál es la situación actual del arbolado urbano en Gran Canaria?
Tenemos un déficit importante. Históricamente, la escasez de agua condicionó mucho la presencia de árboles en nuestras ciudades. Se apostó por especies pequeñas y de bajo consumo hídrico, y eso ha dejado unos entornos urbanos con menos sombra y menos masa arbórea de la que sería deseable. Ahora el contexto ha cambiado. Tenemos otros recursos hídricos, como el agua de potabilizadoras y depuradoras, y además afrontamos el reto del cambio climático. Eso obliga a replantearse la ciudad. Debemos avanzar hacia espacios más frescos, con más sombra y más vegetación. Hoy se habla de renaturalizar las ciudades, y ese es también el espíritu de este manual.
Plantar y mantener mejor los árboles puede parecer un gasto añadido para los ayuntamientos. ¿Cómo se justifica esa inversión?
Es una inversión rentable. Hay estudios que apuntan que una vivienda en una calle bien arbolada puede valer hasta un 20% más. Pero, además, el retorno no es solo económico. Está en la salud, en la tranquilidad, en el bienestar y en la calidad de vida. Una ciudad con árboles vale más como ciudad y vale más para quien la habita. Basta pensar en las grandes capitales europeas con parques amplios y arbolado maduro: esos espacios elevan el valor del entorno y mejoran la vida cotidiana de la gente.
En una ciudad como Las Palmas de Gran Canaria, ¿esa integración de más arbolado es realmente posible?
Sí, totalmente. De hecho, ya se están introduciendo algunas prácticas mejores: se están reduciendo podas muy agresivas y hay una voluntad de reverdecer la ciudad. También se está trabajando en corredores verdes, que me parece una idea estupenda. Tenemos además un gran activo, que es el agua. Tanto la procedente de potabilizadoras como de depuradoras puede destinarse a usos como la agricultura urbana y al mantenimiento de espacios verdes. Creo que el futuro puede ir a mejor si se sigue por ese camino.

Rafael Molina Petit, presidente de Adapa Canarias. / LP/DLP
Da la impresión de que muchas veces buscamos naturaleza fuera de la ciudad porque no la encontramos dentro.
Exactamente. Muchas personas sienten que necesitan salir, ir a la cumbre o a un gran espacio natural para respirar mejor o relajarse. Si las ciudades tuvieran más parques frondosos y más arbolado, esa necesidad también se podría atender en el propio entorno urbano. En Gran Canaria tenemos la ventaja del mar, que también tiene un efecto beneficioso, pero si aumentáramos la presencia de árboles en la ciudad mejoraríamos muchísimo la calidad de vida y reduciríamos parte del estrés que caracteriza a la sociedad actual.
«Tenemos que afrontar el cambio climático y eso nos obliga a replantearnos el modelo de ciudad».
¿Cuánto tiempo han trabajado en este manual?
La gestación del documento ha llevado casi un año. Además, queremos darle continuidad con una jornada técnica, previsiblemente en el Jardín Canario, para reunir a técnicos municipales y empresas que trabajan con arbolado e intercambiar conocimientos sobre la aplicación práctica del libro. La intención es sumar esfuerzos para mejorar la calidad de vida en las ciudades canarias.
¿Hasta qué punto el árbol puede ser una herramienta frente al calor?
Muchísimo. Está estudiado que debajo de un árbol puede haber entre ocho y diez grados menos que a pleno sol. Y no es solo sombra: un árbol crea un microclima. El calor se disipa entre las ramas y entra el fresco. No tiene nada que ver con una sombrilla o un toldo, que actúan más como una barrera y no generan ese efecto de frescor. Por eso, en un escenario de aumento de temperaturas, el árbol urbano debe entenderse como una infraestructura climática básica, no como un simple adorno.
¿Cuál cree que es hoy la peor práctica que se comete con el árbol urbano?
La primera, cortarlo. La segunda, hacer podas agresivas para convertir los árboles en algo parecido a muñones. Y diría incluso que a veces el mayor error es no plantarlos. Tenemos que asumir que los árboles son seres vivos. Muchas veces los tratamos como si fueran un muro o un elemento inerte, y no lo son. Igual que hemos avanzado mucho en la sensibilidad hacia los animales, también debemos hacerlo con los árboles y aprender a convivir mejor con ellos.
¿Qué papel deberían asumir las empresas, los técnicos y la propia ciudadanía?
Todos tienen un papel clave. La ciudadanía es fundamental, porque al final los responsables públicos reaccionan ante lo que la sociedad demanda. Hace falta que la gente tome conciencia de que el árbol es un ser vivo que merece respeto y cuidado. Eso significa exigir a las administraciones más árboles y mejor plantados, pedir más entornos verdes urbanos y periurbanos, denunciar las malas prácticas y entender que la conservación del arbolado es una responsabilidad compartida. También hemos preparado materiales divulgativos para ayudar a extender esa conciencia entre la población.
¿Cuál sería para usted la señal de que este manual está funcionando?
Que los técnicos lo asuman, que lo compartan y que se note en las prácticas cotidianas. En esta ciudad ya empieza a verse cierto cambio: esa imagen del árbol completamente rebajado, casi convertido en un palo, empieza a desaparecer y se está tratando mejor a algunos ejemplares. Pero también sería una señal de éxito que la ciudadanía sintiera orgullo por los árboles de su ciudad, igual que siente orgullo por sus edificios o por sus espacios emblemáticos. Que haya un vínculo real con ese patrimonio verde.
¿Y qué lugar deben ocupar las especies endémicas en la ciudad?
Siempre que puedan usarse, mejor. Las especies endémicas se adaptan bien y deben formar parte de la planificación. Ahora bien, en los entornos urbanos no siempre basta con ese criterio, porque estamos hablando de espacios muy transformados por la acción humana. A veces, si lo que buscas es sombra o un refugio climático, necesitas árboles de mayor porte o de crecimiento más rápido. Por tanto, hay que combinar criterios: apostar por especies adecuadas, incluidas las endémicas cuando sea posible, pero entendiendo que la ciudad tiene necesidades específicas.
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