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Análisis

El legado oculto del vacunólogo Antonio Sierra y Carbó en la Villa de Ingenio

Llegó al municipio del sureste en el año 1980 y fue contratado para atender de forma gratuita a los residentes de la zona y así evitar los desplazamientos a los centros hospitalarios de la capital

El legado oculto del vacunólogo Antonio Sierra y Carbó en la Villa de Ingenio

El legado oculto del vacunólogo Antonio Sierra y Carbó en la Villa de Ingenio / La Provincia

Bartolomé Domínguez del Río

La disposición de 1887 que instaba a los ayuntamientos de Canarias a contratar a un facultativo en Medicina para atender a los enfermos pobres —advirtiendo que, de no cumplirse en el plazo de un mes, sería la propia autoridad quien nombraría al médico en cada localidad— la hallé ordenando los datos sobre la sanidad en la villa de Ingenio. La carta, fechada el 19 de abril de ese mismo año, se encontraba entre los documentos del archivo familiar Ramírez-Juárez; en ella, el remitente, Juan de León y Castillo, comunica la orden emitida por el gobernador civil de la provincia de Canarias a José Ramírez y Ramírez, preboste del pueblo y miembro de confianza de su formación política: el Partido Liberal.

En otros documentos adjuntos figuraba que tanto Andrés Navarro —protegido del conde de la Vega Grande— como José Benjumea y Muñoz o Carlos Navarro Ruiz (médicos que gozaban del beneplácito de don Juan de León y Castillo) se interesaron por el cargo, sin que ninguno llegara a establecerse finalmente por diversos motivos. Don Juan delegó entonces la elección en manos de José Ramírez, quien, años más tarde, se decantó por Antonio Sierra y Carbó: un sevillano de origen, licenciado por la Universidad Central de Madrid, donde se especializó en diferentes áreas y ejerció durante algunos años como profesor.

Desde Madrid y Puerto Rico, hasta la villa de Ingenio. Sierra y Carbó destacó en España como un médico relevante del último tercio del siglo XIX, primero en Madrid y luego en San Juan de Puerto Rico, logrando cierta proyección internacional con sus trabajos. Su interés por las vacunas —especialidad en la que se formó a lo largo de una década y que dio lugar a una intensa actividad como conferenciante y autor de libros y artículos— fue el eje central de su trayectoria. Llegó a ser vacunador del Instituto Español de Vacunación del Estado en varias etapas desde su fundación en 1874 y, posteriormente, director del Instituto Práctico de Vacunación de San Juan de Puerto Rico, donde ejerció durante más de cuatro años; incluso mantuvo una consulta privada como homeópata y especialista en otorrinolaringología en aquella ciudad. Como anécdota, hay que significar que llegó a esa isla como jurista, ya que cursó estudios de derecho, pero inmediatamente volvió a ejercer de sanitario, llegando a vocal de la Real Subdelegación de Medicina y Cirugía de Puerto Rico.

Precariedad

La precariedad de la administración municipal de Ingenio en aquella época, era suplida por el apoyo de las entidades vecinales solventes, como la Sociedad de Pastos de Medianía, Costa y Lomo Caballo, quien contrata a Sierra y Carbó, según consta en su acta del 24 de febrero de 1890 : «…con la condición de que, a ningún individuo del pueblo pueda cobrar derecho alguno por las certificaciones de defunción y además tiene la obligación de prestar asistencia gratuitamente a todos los que el Ayuntamiento designe como pobres, y también tendrá la obligación de residir en este pueblo, aunque podrá ejercer en otro».

Curiosamente no existe en esta localidad recuerdo alguno sobre este señor, ni en la memoria colectiva ni en documentos o relatos del resto de facultativos que han trabajado en el pueblo o de quienes han ostentado cargos públicos en la jurisdicción.

Es fácil suponer que el doctor Antonio Sierra accedió a la plaza de esta villa con la intención de iniciar su trayectoria en la sanidad de Gran Canaria y llegar a ocupar un puesto en el Hospital Provincial de San Martín. El hecho de que Gran Canaria, y especialmente la villa de Ingenio fuesen los lugares elegidos para desarrollar su labor profesional, pudo deberse a la relación que mantuvo previamente con el madrileño Fernando Flores Iglesias, un farmacéutico que había solicitado con anterioridad a José Ramírez establecer su oficina de farmacia en Ingenio (cuando era titular de la botica de la calle del Obispo Codina, en Las Palmas). Dicho proyecto nunca se hizo realidad, e Iglesias terminó instalándose más tarde en Telde. Por tanto, Flores conocía la necesidad de cubrir la plaza en Ingenio y recomendó al facultativo ante Pedro Martín García y Juan A. Domínguez del Río Martín, miembros de la corporación del Ayuntamiento de Ingenio en aquel momento.

Estos señores le facilitaron a Sierra y Carbó dos habitaciones —una para despacho y otra para botiquín— en la casa propiedad de Luis Suárez Morales, en el número tres de la hoy calle del Arcediano López Cabeza. El doctor Sierra dispuso como auxiliar en su consulta a don Esteban Zumbado Pastrana, vecino de Telde.

Sierra era un hombre distinguido y de modales exquisitos, amante de la música, acostumbrado al trato con las más altas clases sociales; jamás hizo ostentación de sus títulos, cargos ni del saber que le adornaba -según notas halladas en papeles de la familia de Pedro Martín, consideradas hasta ahora irrelevantes-.

Era un jinete entusiasta, lo que le permitía desplazarse a caballo con facilidad para realizar la atención domiciliaria en cualquier pago de estas tierras. Contaba con cuarenta y siete años en aquella época y al tener ya cubiertas sus ambiciones, solo aspiraba a llevar una vida sana. Encantado con las costumbres canarias, elogiaba la seguridad del pueblo y el hábito de sus vecinos de dormir con la puerta abierta.

Sin desplazamientos

Se ha localizado poca información sobre su actividad profesional en la isla, salvo escasas anotaciones en archivos particulares. En su consulta comenzó a practicar la Medicina y la cirugía con éxito y destreza, evitando desplazamientos de los pacientes al hospital de Telde o al de San Lázaro, en Las Palmas. Sorprendió a los lugareños con sus tratamientos médicos al emplear, por primera vez en la zona, los inyectables. Destacó también su labor como médico -vacunador, pues se aprovisionaba de cepas víricas para elaborar y aplicar vacunas; para ello, inoculaba a un novillo facilitado por José Morales Ramírez, padre del que fuera después diputado provincial don Juan Morales Martín. Con estas actuaciones, comenzó a divulgarse el prestigio de esta figura médica que tanto favoreció la sanidad de la comarca.

Poco más de un año después, en noviembre de 1892, se trasladó a la ciudad de Telde para cubrir como sustituto la vacante que había dejado Carlos Navarro Ruiz cuando fue nombrado segundo médico del Hospital de San Martín. Pronto fue muy apreciado por la buena calidad de su trabajo en aquella localidad; sin embargo, casi de inmediato y en el ejercicio de su profesión, contrajo una grave infección por el contagio de una paciente, que acabó con su vida el 10 de julio de 1893. Sus restos descansan en el cementerio de San Juan de Telde.

Divulgación

En su fugaz paso por el Hospital de la Curación de Telde, Sierra y Carbó dejó el recuerdo de un médico investigador, faceta nada habitual en la práctica clínica de aquel tiempo. Está considerado por la medicina española como uno de los padres del término vacunología y entre sus publicaciones destacan los Cuadernos de vacunología (1885-1886), trabajos que fueron resumidos posteriormente en la revista La Veterinaria Española, traducidos al inglés en Estados Unidos y reseñados en los boletines de vacunas más importantes del país norteamericano. En ellos incluía los métodos de trabajo, desarrollo de técnicas, procedimientos de inoculación bacteriana en animales y su uso en campañas masivas.

Llegó a ser director de una revista científica sobre la viruela, Virus de la variola, en 1881; fue un divulgador social de la ciencia y, especialmente, de las vacunas; publicó trabajos también como higienista y acompañó en numerosos actos al doctor Cortejo en la Academia Médico-Quirúrgica (germen de la actual Real Academia Nacional de Medicina de España). Fue director de Baños en Madrid, profesor de la Escuela de Veterinaria, socio fundador de la Sociedad Anatómica y Ginecológica Española, también socio de honor de la Sociedad Española de Vacunas y formó parte de la directiva de la Sociedad Jenneriana Matritense - institución científica fundada en Madrid en 1882 con el objetivo de promover y perfeccionar la vacunación contra la viruela en España- junto a los doctores Montejo, Serret y Méndez Álvaro.

Fue considerado el más ilustre vacunólogo español de su tiempo. Se le recuerda tanto por sus intervenciones en debates públicos —que solían generar polémicas y réplicas entre otros sanitarios— como por su valentía ante la Administración del Estado, a la cual criticó las constantes e inapropiadas reformas a las que se sometía al Instituto de Vacunación.

Su efímera estancia canaria ha hecho que su quehacer sanitario no figure como destacado en la historia de la sanidad del pueblo; sin embargo, su trayectoria profesional en aquellos convulsos tiempos de finales del siglo XIX es digna de resaltar.

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