Semana Santa
Las playas del sur recobran el pulso tras la borrasca y la calima
El primer festivo fuerte de la Semana Santa devolvió al sur su liturgia más conocida, aunque este año la playa comparte protagonismo con la cumbre, las presas y los barrancos

Las playas del sur recobran vida en Semana Santa / José Carlos Guerra
Después de la tempestad, la calma. Y después, en Canarias, casi siempre queda también la calima, aunque sea en retirada. El sur de Gran Canaria volvió a parecerse este Jueves Santo a esa imagen que tantas veces sostiene su fama: cielo despejado, temperatura amable, toallas al sol y grupos que, con neveras, termos y sombrillas, encontraron en la orilla la mejor manera de inaugurar los días festivos. A mediodía, el tiempo ya había dado un respiro evidente tras el reciente paso de la borrasca Therese y el episodio de calima de las últimas jornadas. La Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) ya había anticipado para Canarias una estabilización progresiva tras el temporal, y este jueves esa mejoría se dejó notar en la calle y, sobre todo, en la costa.
La escena, sin embargo, no fue idéntica en todas las playas. Ni siquiera en todas las playas del sur, donde el turismo marca el pulso económico de la isla y donde cualquier festivo funciona como una especie de termómetro. Aunque el sur volvía a ofrecer una imagen reconocible, de esas que sostienen su mito en los días festivos, el lleno no era del todo rotundo. Lo decían algunos bañistas y también lo sugería el paisaje: huecos todavía visibles en la arena, grupos dispersos a mediodía y la impresión compartida de que parte de los más curiosos cambiaron este jueves el litoral por la cumbre, las presas y los barrancos para mirar de cerca la huella de las lluvias.
Como es habitual, muchas familias aprovecharon el buen tiempo para pasar el día en la costa
La playa, una apuesta segura para las familias
En la playa de Arguineguín la jornada arrancó con una estampa serena, casi de transición. A primera hora del mediodía apenas había gente. El mar estaba manso, «como un plato», y las primeras sombrillas y pequeños campamentos familiares comenzaban a colocarse sobre la arena, todavía con ese aire de quien llega tanteando el día. A pocos metros, además, seguía muy presente el recuerdo reciente de la lluvia, justo en la zona donde desembocó el barranco tras las últimas precipitaciones. El contraste con los días de borrasca era evidente: donde hace poco mandaban el agua, el arrastre y el cielo cerrado, este jueves mandaban la claridad y la calma.

La familia Negrín, en la Playa de Arguineguín. / José Carlos Guerra
Esa playa, precisamente por su abrigo, su accesibilidad y sus servicios, volvió a reunir a quienes la buscan como refugio tranquilo. La familia Negrín, llegada desde la capital grancanaria, contaba que este era su primer día de playa «de verdad» después del mal tiempo. Eligen Arguineguín porque es cómoda, familiar y mucho más segura frente al oleaje que otras zonas del litoral del sur. Aquí, explicaba Laura, pueden pasar el día entero: montan su sombra, traen café, algo de picoteo, quizá una pizza o comida de casa, y estiran las horas hasta que el cuerpo aguante. Vienen todos los años y, cuando el tiempo acompaña, alargan la temporada casi hasta noviembre y, de no ser por las fiestas de Navidad, se reunirían también el mes de diciembre a ras de la arena. Este jueves eran siete, aunque normalmente se juntan ocho, diez o hasta doce familiares y amigos, todos ellos dispuestos a disfrutar del buen tiempo y hacer familia fuera de casa.
Quienes conocen bien la playa son quienes trabajan a pie de costa. Javier (nombre ficticio), un hamaquero de la zona, resumía el día como una jornada muy de Semana Santa: más presencia de residentes que entre semana y un reparto bastante equilibrado entre extranjeros y canarios. En su experiencia, cuando llegan estas fechas «es como verano», hasta el punto de que en algunas playas las hamacas quedan prácticamente alquiladas hacia las doce o la una del mediodía. La rutina empieza temprano, a las ocho, limpiando accesos, arena y pasarelas, alineando hamacas y sombrillas y retirando, estos días, también restos de algas y suciedad acumulada por el temporal.
Un enyesque bajo la sombrilla o vacaciones sobre ruedas, entre los planes elegidos
El viento no da tregua
En Playa del Inglés, en cambio, el día tenía otro pulso. La temperatura rondó los 22 grados, había sol y claridad, pero también más viento y más oleaje, como si el tiempo se resistiera a entregarse del todo. Aun así, la playa seguía cumpliendo con una de sus funciones esenciales: servir de punto de encuentro. Allí, un grupo de trece amigos jóvenes había conseguido cuadrar agendas, procedencias y trabajos para verse justo este jueves. Vienen de distintos lugares de España y aprovecharon el festivo como excusa perfecta para reencontrarse. Hablaban, jugaban a la pelota y se reían del viento, que no era el que habían ido a buscar después de huir de la calima. Entre bromas, Marta, llegada de Murcia, resumía una diferencia que hizo gracia al grupo: mientras los peninsulares pueden pasarse tres días organizando una jornada de playa, los canarios bajan con cualquier cosa. Quizá, en el fondo, porque para los canarios la cercanía del mar convierte lo extraordinario en una bonita costumbre.

Vista general de Playa de Inglés. / José Carlos Guerra
En la misma playa estaban también Mar y Ramón, acompañados por otra pareja amiga. Ellos llegaban desde Telde y sus amigos, desde La Aldea. Habían mirado la previsión el día anterior para asegurarse de que merecía la pena bajar a la costa, pero el viento inesperado les estropeó los planes. Aun así, decidieron quedarse. Para ellos, la playa es una forma de verse y de compartir tiempo sin tener que hacer un gran gasto. «Los precios de los hoteles en el sur se han encarecido tanto que pasar unos días alojados ya no es una opción asumible para muchos», contaban con claridad. Por esta razón, ellos han optado por otra fórmula: «turismo de día». Bajan a la playa, pasan allí la jornada, comen, se ríen, charlan y regresan a casa por la tarde. También así, defendían, se disfruta de la Semana Santa. En el caso de Mar, además, el día tenía un componente emocional añadido: en espera de un trasplante de riñón, agradece especialmente poder seguir sumando ratos así con los suyos.
Vacaciones sobre ruedas
Castillo del Romeral ofrecía otra postal del mismo festivo. Allí el viento también soplaba, pero las piscinas y la zona más resguardada permitían ganarle la partida al mar abierto. Bajo la sombra de un árbol, Florencia, Ángela y Leo tejían, conversaban y se reían con la tranquilidad de quien no necesita hacer nada extraordinario para estar bien. Habían llegado con sus caravanas y sus maridos; en total, seis matrimonios mayores procedentes de distintos lugares de la isla, como Teror, La Feria y Maspalomas. Leo llevaba la voz cantante, pero no eclipsaba a las otras dos: más bien les prestaba el impulso, mientras Florencia y Ángela la secundaban con esa mezcla de pudor y complicidad tan reconocible. Allí estaban, quitándose sin querer importancia, aunque no les faltaba ninguna.
Su plan de Semana Santa cabía en pocas palabras: sol, conversación, tejido, compras en el pueblo y sancocho canario para el viernes, con pescado salado comprado en el Mercalaspalmas. También una pequeña reivindicación. Saben que hay vecinos que miran con recelo a los caravanistas, pero ellas insisten en que no molestan, consumen en el municipio y hacen vida tranquila. «Solo nos reímos de nosotras mismas», resumía Ángela. Y en esa frase parecía caber todo: el humor, la resistencia, la compañía. Para Florencia, que afronta un cáncer, y para Ángela, que arrastra problemas cervicales y lumbares, estar allí no era solo ocio. Era también alivio.

Caravanas en Castillo del Romeral. / José Carlos Guerra
El sur, en definitiva, recuperó este jueves su respiración habitual tras días de barro, cielos turbios y avisos meteorológicos. No fue un lleno rotundo ni una romería playera de las de agosto. Fue, más bien, una vuelta paulatina a la normalidad: familias que regresan a su playa de siempre, turistas que buscan sol incluso con viento, amigos que convierten la arena en punto de encuentro y jubilados que hacen del litoral una casa provisional. En una isla donde el turismo es economía, paisaje y costumbre, pocas escenas dicen tanto como una orilla volviendo a llenarse. Sea con el mar en calma, con viento en la cara o con la calima todavía resistiéndose a marcharse del todo.
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