Mogán
Arguineguín, el muelle que interpela al poder
La posible visita del papa León XIV al muelle de Arguineguín, aún sin confirmación oficial por la Santa Sede, situaría por primera vez a un jefe de Estado en el enclave donde ya comparecieron ministros, dirigentes europeos y líderes políticos ante uno de los grandes símbolos canarios del drama migratorio y de la ruta atlántica

La alcaldesa de Mogán, Onalia Bueno, junto al ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska y la comisaria europea de Interior, Ylva Johansson, en el muelle de Arguineguín en 2020. / Efe
El muelle de Arguineguín tiene algo de paradoja trágica: se convirtió en uno de los lugares más conocidos de Canarias no por su tamaño ni por su actividad portuaria, sino porque obligó a la política a mirar hacia el drama humanitario. Allí, donde desembarcan hombres, mujeres y menores con la sal pegada al cuerpo y el miedo todavía sentado en la mirada, han ido compareciendo en los últimos años ministros, comisarios europeos, presidentes autonómicos y jefes de partidos. Ahora, la posibilidad de que el papa León XIV lo visite en junio —todavía no confirmada oficialmente por la Santa Sede— añade una dimensión inédita a esa cadena de visitas: la de un jefe de Estado interesado en conocer de primera mano uno de los puntos más críticos de la llegada de migrantes en Canarias.
No sería una visita cualquiera. Tampoco sería una visita leída solo en clave religiosa. En Arguineguín, el significado del gesto lo impone el lugar. Porque este muelle dejó hace tiempo de ser solo una infraestructura costera para convertirse en un espacio político de primer orden: aquí se ha medido la capacidad de respuesta del Estado, se ha evaluado el respaldo europeo y han acudido dirigentes de distintos signos cuando la presión migratoria convirtió el enclave en noticia nacional e internacional. Si León XIV acaba pisándolo, lo hará después de una secuencia muy concreta de visitas institucionales que ya forma parte de la historia reciente de Canarias.
Políticos, como Marlaska, Ylva Johansson o Pablo Casado han visitado el muelle
2020, el colapso del muelle
El punto de inflexión fue en 2020. La llamada crisis del muelle transformó Arguineguín en una imagen incómoda para las instituciones: miles de personas retenidas en un espacio improvisado, en plena pandemia, hasta alcanzar picos de unas 2.600. A partir de ese momento, el muelle dejó de ser solo un lugar de desembarco y pasó a ser un examen de conciencia. Cada visita política tenía algo de inspección, algo de reacción y algo de promesa. Quien iba a Arguineguín sabía que no entraba en un escenario neutro, sino en un símbolo del desborde y del retraso institucional ante una emergencia humanitaria.
En noviembre de aquel año llegó una de las imágenes más significativas de esa dimensión política: el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, visitó el muelle junto a la comisaria europea de Interior, Ylva Johansson. Todo ello después de que la alcaldesa de Mogán, Onalia Bueno, denunciara el colapso y obligara a dirigir la mirada hacia el sur de Gran Canaria. La escena no era menor. El Gobierno de España y Bruselas comparecían en el mismo lugar donde Canarias, rostro de la emergencia humanitaria, venía reclamando auxilio, medios y una estrategia más amplia que la mera contención. A esa visita se sumó también el entonces presidente canario, Ángel Víctor Torres, que hizo del cierre del campamento y de la derivación de migrantes una de las grandes exigencias de su discurso político en aquellos meses. También lo visitó José Luis Escrivá, entonces ministro de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, en plena búsqueda de una respuesta más estructural.
Aquellas visitas tenían una lectura evidente: Arguineguín se había convertido en el punto físico donde se cruzaban tres escalas de responsabilidad. La municipal, porque el sur de Gran Canaria soportaba el impacto inmediato; la estatal, porque el control de fronteras y la acogida dependen del Estado; y la europea, porque la ruta canaria no puede entenderse al margen de la política migratoria de la UE. El muelle obligaba así a posar para la foto, pero sobre todo obligaba a pronunciarse. Cada dirigente que lo pisaba asumía, al menos durante unas horas, que la crisis ya no podía ser contada en abstracto.

El ministro José Luis Escrivá, junto a la alcaldesa Onalia Bueno y el entonces presidente de Canarias, Ángel Víctor Torres, en el muelle de Arguineguín en 2020. / Juan Carlos Castro
El deseo de Francisco de viajar a Canarias
Asimismo, la oposición quiso convertir Arguineguín en escenario político. Pablo Casado visitó el muelle en noviembre de 2020 y utilizó el enclave para cargar contra la gestión del Gobierno central y reclamar otra política migratoria. Aquella parada confirmó algo que ya era evidente: el muelle había dejado de pertenecer solo a la geografía del rescate para formar parte también de la geografía del debate partidista español. Allí se discutía sobre repatriaciones, derivaciones, dispositivos de acogida, presión fronteriza y relaciones con Marruecos y con la Unión Europea. El drama humano seguía en primer plano, pero alrededor de él crecía también la disputa política.
El papa Francisco reiteró su intención de viajar a Canarias para conocer la realidad migratoria
En ese contexto es donde la presencia de León XIV adquiere relieve. Si finalmente se produce, no será la visita de un gestor que supervisa, ni la de un dirigente que confronta, ni la de una autoridad europea que promete apoyo: sería la de un jefe de Estado que escoge mirar de frente el lugar donde la ruta canaria se hace tangible. Sería, además, una forma de recoger la sensibilidad que ya había expresado Francisco, quien manifestó su deseo de viajar a Canarias para conocer de primera mano el drama migratorio. La continuidad y el compromiso entre ambos pontífices se sitúa precisamente ahí: en la voluntad de poner el foco sobre la frontera atlántica y sobre quienes la cruzan en condiciones extremas.
La ruta canaria, una de las más mortíferas del mundo
No obstante, sería un error leer esa posible visita solo desde la excepcionalidad del visitante. La verdadera singularidad de Arguineguín sigue siendo la misma: es el lugar al que llegan personas que no emprenden la travesía por aventura, sino por necesidad. Mientras unos pisan el muelle durante unas horas, otros lo hacen después de días en el océano, deshidratados, con hipotermia, con familiares desaparecidos o con compañeros de viaje fallecidos. En enero de este año, de hecho, fueron desembarcadas en Arguineguín 107 personas rescatadas junto a dos fallecidos. Ese dato basta para recordar que el muelle no es un símbolo vacío, sino un lugar donde la frontera sigue produciendo dolor real.

Vista general del muelle de Arguineguín. / Juan Carlos Castro
Además, aunque 2025 y el arranque de 2026 hayan dejado un descenso respecto al récord precedente, la ruta no ha dejado de ser central. Canarias cerró 2024 con 46.843 llegadas por vía marítima, máximo histórico, según el balance anual del Ministerio del Interior. Asimismo, la letalidad de la ruta sigue siendo estremecedora: Caminando Fronteras cifró en 9.757 las muertes en la ruta atlántica hacia Canarias durante 2024. Por eso, Arguineguín es el lugar que obliga a distinguir entre el ruido político y la realidad humana.
Incluso si finalmente el papa León XIV pisa Arguineguín, el sentido profundo del gesto no será confesional, sino social: reconocer que este muelle, pequeño en el mapa, se ha convertido en uno de los lugares donde mejor se explica la gran herida contemporánea de la migración. De confirmarse la visita, Arguineguín volverá a ocupar titulares, pero convendría no olvidar que la noticia real lleva años repitiéndose. No es la llegada de un coche oficial. Es la llegada de un cayuco. No es el protocolo. Es el rescate. No es el rango de quien pisa el muelle desde tierra, sino la fragilidad de quien lo pisa por primera vez después de haber sobrevivido al mar para luego enfrentarse a la mirada deshumanizada de tierra firme.
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